Poco a poco, las ciudades se han ido convirtiendo en los lugares más habitados del mundo. Cerca del 55% de la población global ya vive en áreas urbanas —el 75% en Europa—, y la cifra seguirá creciendo durante las próximas décadas. Este cambio, irremediablemente, limita el acceso a la naturaleza de la población y puede incrementar la exposición a determinados peligros medioambientales, como la contaminación del aire o acústica. Muchas zonas urbanas sufren también la presión de la sobrepoblación, la escasez de recursos y el cambio climático.
En ese contexto, el desarrollo de espacios verdes en la ciudad —parques urbanos, jardines o calles arboladas— supone una herramienta muy útil y normalmente de bajo coste para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Tanto es así que el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) ha comprobado que vivir cerca de espacios verdes tiene numerosos beneficios para la salud: en personas adultas en general, reduce el estrés, eleva la esperanza de vida y ralentiza el declive físico; en mujeres, disminuye el riesgo de sobrepeso y obesidad y retrasar la aparición de la menopausia; y en niños, se relaciona con mejoras en la capacidad de la atención, el desarrollo emocional y el comportamiento.
Por si fuera poco la vegetación también absorbe dióxido de carbono y ayuda a enfriar el ambiente, por lo que es una buena opción para combatir el cambio climático y las olas de calor.
Razones, por tanto, no faltan para que los organismos públicos inviertan en expandir la masa verde en las zonas urbanas. Sin embargo, apenas un 27% de las ciudades del mapa del mundo cuenta con un nivel moderado o alto de espacios verdes, según los datos recopilados por The Lancet Countdown —el proyecto de investigación medioambiental impulsado por la revista científica The Lancet—.
La cifras son sensiblemente más altas que hace una década, cuando apenas un 14% de las ciudades del mundo contaban con suficientes espacios verdes. Pese a esto, existen diferencias notables entre los países por su nivel de desarrollo humano, un indicador de las Naciones Unidas calculado a partir de la esperanza de vida, la educación y el ingreso per cápita: en el grupo de Estados con un desarrollo bajo, el porcentaje de ciudades con un nivel de muy bajo o bajo de espacios verdes asciende al 83%, mientras que en el grupo de desarrollo humano muy alto es del 61%.
Para calcular el nivel de «verdor» —greenness en inglés—, The Lancet Countdown ha utilizado imágenes satelitales de 1.029 centros urbanos de más de 500.000 habitantes o, en su defecto, de la ciudad más poblada de 168 países.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que haya un espacio verde a al menos 300 metros en línea recta de cada domicilio. Una directriz que, de cumplirse, podría ahorrar 43.000 muertes prematuras al año en Europa, según un estudio de ISGlobal que abarcó más de mil ciudades de 31 países europeos.
En la lista de ciudades con mayores índices de mortalidad atribuible a la falta de espacios verdes sobresalen las de Italia, Grecia, Europa del Este y las repúblicas bálticas, así como la mayoría de capitales del continente.







