Pensilvania, como otros tantos territorios de Estados Unidos, fue creada de forma artificial a escuadra y cartabón sin que coincidan las regiones culturales, sociales o económicas con las políticas. La geopolítica de Pensilvania queda marcada por los Apalaches, que dividen el estado en diferentes regiones, cada una con sus propios intereses y dinámicas.
Es un estado rico en materias primas. Sus reservas de antracita y carbón bituminoso y de hierro impulsaron su industrialización e hicieron surgir muchas ciudades industriales y una numerosa clase obrera. Su posición, entre la costa atlántica y los Grandes Lagos, con puertos en ambas costas, dieron a Pensilvania una posición geoestratégica envidiable, y favorecieron aún más su desarrollo industrial. Sin embargo, tras la crisis de los setenta, el sistema industrial del estado se derrumbó y la divisoria de los Apalaches ha ido tomando mayor importancia.
Al este de los Apalaches queda Filadelfia, la mayor ciudad del estado y donde se firmó la Declaración de Independencia del país, una ciudad integrada en la megalópolis de Bos-Wash, un inmenso espacio urbano muy dinámico y en expansión que va de Boston a Washington, pasando por Nueva York y la propia Filadelfia. En esa zona atlántica del estado quedan también numerosas ciudades obreras que no han completado su transformación económica tras la crisis industrial, como Harrisburg —la capital—, York, Lancaster o Allentown, pero que van prosperando e integrándose en las dinámicas de la costa atlántica.
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