Ohio ha sido durante décadas un estado clave en la geopolítica electoral de Estados Unidos, el estado bisagra por excelencia, cuyos resultados eran capaces de predecir elecciones y dar la presidencia a uno u otro candidato. Sin embargo, la capacidad premonitoria de Ohio está desapareciendo.
Ohio fue uno de los motores industriales de Estados Unidos con una extensa cuenca minera al sudeste del estado donde se extraía carbón y hierro; grandes complejos siderúrgicos y metalúrgicos en torno a Cleveland; un arco automovilístico que se extendía desde Detroit, en el vecino Míchigan, hasta el interior del estado —si bien en la actualidad ha retrocedido hasta Toledo, sede de Jeep—; y una zona de industria mecánica en el área de Cincinnati, al suroeste. Pero era también una próspera región rural y agrícola con numerosas ciudades pequeñas.
Así, Ohio acabó convirtiéndose en un punto medio entre el Estados Unidos rural y conservador y las grandes ciudades industriales y liberales. Sus núcleos industriales atrajeron a numerosa población negra del sur durante la Gran Migración Afroamericana, y el estado terminó con una composición demográfica muy similar a la de los votantes en Estados Unidos. Esto le hacía muy próximo a la media del país a efectos económicos o demoscópicos, por lo que Ohio se convirtió en el centro de la geopolítica electoral estadounidense.
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