No hay duda de que las tribus nómadas de Etiopía que consumieron durante milenios las bayas de una planta desconocida para el resto de los mortales nunca vieran venir la revolución que llevaría al café a convertirse en la gasolina diaria de millones de personas. Desde el siglo XV, la semilla de café ha alimentado la expansión colonial de los imperios europeos, ha sostenido la Revolución Industrial, ha impulsado revueltas intelectuales y culturales y, por encima de todo, ha construido puentes entre culturas muy diferentes entre sí. Del expreso italiano al café turco o el tinto colombiano, la bebida es un símbolo de hospitalidad en casi todo el mundo, con más de 2.000 millones de tazas consumidas al día.
El café, de hecho, fue el propulsor de una globalización primitiva que rediseñó los flujos comerciales y dio forma a las dinámicas económicas globales. En el siglo XVI, mercaderes árabes se dieron cuenta del potencial del grano y lo transportaron desde África oriental hasta Yemen, donde los monjes sufistas hicieron un gran uso de él para sus plegarias nocturnas. De allí se extendió por Oriente Próximo, el norte de África, Persia y, finalmente, Europa. Para el siglo XVIII, los imperios británico, francés, español, portugués y holandés habían hecho del café uno de sus principales cultivos coloniales.
A pesar de la imparable expansión del consumo de café a lo largo de varios siglos, su producción está a día de hoy muy concentrada: apenas dos países, Brasil y Vietnam, cultivan casi la mitad de todo el grano del mundo, según datos de 2022 de la FAO. Todos los productores se agrupan en lo que se conoce como «el cinturón del café», una franja que tiene su eje en el ecuador y que se caracteriza por tener temperaturas suaves, humedad alta y tierras fértiles. América Latina, África subsahariana y el sudeste asiático son por tanto las grandes regiones cafeteras.
Los más de setenta países productores exportan la mayor parte de su cosecha, que ha aumentado un 75% desde 1990. Aunque en Occidente la demanda se ha estabilizado, en el resto del mundo ha aumentado de la mano de la urbanización y el crecimiento de la clase media. Como resultado, el consumo global de café sigue creciendo entre un 2% y un 2,5% al año y la industria arroja unos beneficios de más de 200.000 millones de dólares, una cifra similar al PIB de Perú. Sin embargo, la exportación de grano verde de café apenas genera 20.000 millones.
El verdadero negocio está en el tueste y en la comercialización, que suponen hasta el 90% del precio final de una taza de café. Los agricultores, mientras tanto, apenas se quedan con el 2,5%. Dos son las razones de esta asimetría: por un lado, el procesamiento de la semilla es caro, tiene altos costes energéticos y requiere de cierto grado de desarrollo tecnológico para que su sabor y olor se mantenga constante; por otro, el tueste se realiza cerca de los grandes centros de consumo —Europa y Norteamérica— para facilitar que el producto no vea alteradas sus propiedades.
En ese contexto, Italia, Alemania, Suiza y Países Bajos se han convertido en los grandes intermediarios del comercio de café, con empresas como Lavazza, Nespresso, Illy, Nescafé o Douwe Egberts a la cabeza del sector.
Distinto es el caso del café instantáneo, más barato al resistir mejor el paso del tiempo y en cuyo comercio sí compiten países como Vietnam o Ecuador. Para su producción suelen emplearse además granos de la variedad robusta, una especie con un sabor más intenso y amargo y más cafeína que la variedad arábica, así como con una mayor resistencia a temperaturas altas y enfermedades y una mayor productividad. Los consumidores suelen preferir la suavidad y complejidad de la especie arábica, que representa el 60% de la producción global frente al 40% de la robusta, por lo que el precio de esta última es más ajustado.
A pesar de su sólido crecimiento, el sector del café afronta un gran reto a futuro: sobreponerse al cambio climático, a cuyos efectos es especialmente vulnerable. Las plantaciones tendrán que hacer frente a temperaturas cada vez más cálidas y a lluvias más errantes, lo que a su vez aumentará la proliferación de plagas y enfermedades. Entre 2012 y 2013, por ejemplo, la combinación de altas temperaturas y lluvias en Centroamérica dio lugar a una plaga histórica que arrasó con la mitad de las plantas de café y los puestos de trabajo de 350.000 personas.
Lejos de ser un caso aislado, se trata de una amenaza cada vez más palpable y de impacto creciente. Según un estudio publicado en 2022 en la revista científica PLOS ONE, las áreas con condiciones óptimas para el cultivo de café se reducirán a la mitad para 2050. La gran damnificada será la variedad arábica, mientras que la robusta está llamada a aumentar paulatinamente su cuota de mercado. Mientras, la comunidad científica trata de crear hibridaciones más resistentes que permitan sostener la adicción global a la cafeína, la droga psicoactiva más consumida del mundo, de la población global.




Buenos días Álvaro,
muchas gracias por el artículo muy interesante (por ejemplo: la mitad de la exportación en manos de solo dos países). Una pregunta, como interpreto las diferencias de los porcentajes en el mapa y en la segunda gráfica? Aquí unas cifras son superiores y otros inferiores comparadas con el mapa. Saludos
Hola, Bartosz.
Muchas gracias por tu comentario. Con respecto a tu pregunta, el mapa refleja datos de producción y el segundo gráfico de exportación. Son piezas complementarias para tener una imagen más completa de cómo funciona el comercio del café.
Un saludo,
Álvaro.