Casi una quincena de modelos y apenas unas cuantas normas de estandarización internacionales. Más de un siglo después de que aparecieran los primeros enchufes, todavía existe una enorme variedad de clavijas y tomas de corriente en el mundo, con diferencias muy notables incluso entre países que comparten fronteras y apenas unos kilómetros de separación.
Hoy, una visita a Londres desde casi cualquier país europeo sigue exigiendo que los viajeros lleven encima un adaptador para poder conectar aparatos eléctricos tan básicos como un teléfono móvil o un ordenador. Algo parecido sucede si se viaja desde Colombia a Brasil, o desde esta última a Argentina. El motivo es tan sencillo como incómodo: en Reino Unido, el tipo de enchufe que se utiliza es el de tipo G, que apenas existe en una decena de países en África y alguno más del sudeste asiático. En el resto de Europa, por contra, los enchufes son tipo C y otras variaciones compatibles que incorporan tomas de tierra —como los tipos F, L o E—. Las clavijas de estos enchufes cuentan con una morfología distinta a los que se usan en Reino Unido, por lo que no encajan en las tomas de corriente de las islas británicas, y viceversa.
Pero no solo se trata de las tomas de corriente y de las clavijas, dos de las partes más conocidas y reconocibles de los enchufes. Tanto la frecuencia como los voltajes que se usan en las conexiones eléctricas también varían en función del país, y pueden suponer un inconveniente añadido si se dan determinadas circunstancias. En Estados Unidos, Canadá y algunos otros países de América los enchufes funcionan a una potencia de entre 110 y 120 voltios. En Europa y gran parte de Latinoamérica, por contra, las tomas tienen un voltaje de 220V-240V. Si no se tiene cuidado, podemos someter a determinados aparatos eléctricos una tensión eléctrica más elevada de la que están capacitados para soportar, provocando averías.
El mapa de los enchufes en el mundo se vuelve aún más complejo si se tiene en cuenta que en muchos países se usa más de un tipo de enchufe, en muchas ocasiones incompatibles entre sí. Así sucede, por ejemplo, en China, donde los tipos A, C e I están muy extendidos. Esto también es habitual en países de África o Latinoamérica. En Argentina, la estandarización de los años noventa exigió que los enchufes del país se homogeneizaran en el tipo I, pero todavía quedan muchos aparatos antiguos –o importados– que usan clavijas del tipo C, por lo que no resulta complicado encontrar tomas de corriente adaptadas para ambos tipos de conexión.
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De la misma forma, también existen países que ni siquiera cuentan con una homogeneización de los voltajes, que pueden cambiar según la región. Así sucede en Brasil, donde la potencia eléctrica de algunos estados funciona a 127V –como en Rio de Janeiro o São Paulo– y otros en donde es de 220V –Distrito Federal–.
¿Cómo es posible que en un mundo hiperconectado y sometido a las inercias de la globalización desde hace décadas todavía suceda esto? Aunque existen motivos históricos coloniales que explican esta situación, lo más habitual es que se trate de una conjunción de factores comerciales, de seguridad y de practicidad. La estandarización en Argentina, por ejemplo, se hizo para reducir los numerosos accidentes que provocaban los enchufes tipo C, pero también guardaba un sesgo proteccionista ante las mercancías asiáticas.
Europa, por contra, es uno de los pocos lugares donde existe algo cercano a una estandarización regional. El Europlug –el enchufe tipo C– apareció por primera vez en 1963, aunque no fue hasta 1990 cuando se generalizó en la mayoría de normas técnicas del continente.
Los primero enchufes surgieron a finales del siglo XIX en Reino Unido, mientras que en Estados Unidos fue el empresario Harvey Hubbell quien generalizado el sistema de clavijas y tomas de corriente, ya a principios del siglo XX. Poco a poco, el resto de países fue adaptando el sistema de clavijas y tomas a sus intereses, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial –cuando los británicos, entre otros, cambiaron el modelo de sus enchufes–.
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