La paradoja de las luces led: eficiencia energética a cambio de contaminación lumínica

La eficiencia energética y el reducido coste de las luces led ha llevado en los últimos años a reemplazar muchos sistemas de iluminación como parte de políticas más sostenibles. No obstante, estudios recientes indican que los ledes no son una tecnología tan sostenible como se creía: su uso extendido se considera una de las principales causas del aumento de la contaminación lumínica, que perjudica gravemente a las personas y los ecosistemas.
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La paradoja de las luces led: eficiencia energética a cambio de contaminación lumínica
Vista aérea de Manhattan. Fuente: Nasa (Unsplash)

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Las luces led no son un invento reciente, de hecho su uso ya era común en los años sesenta. Sin embargo, fue a principios de la década de 2010 cuando las ventas de ledes comenzaron a aumentar considerablemente y su uso se extendió a todo tipo de dispositivos e instalaciones. El aumento de la demanda incentivó mejoras en el producto para hacerlo más sostenible y abaratar los costes de producción. Además de ser eficientes los ledes han dejado de ser una opción cara, lo cual ha favorecido que sean utilizados cada vez más. Con un valor de 54.000 millones de dólares en 2019, se prevé que el mercado de las luces led crezca en un 13% entre 2020 y 2027. Uno de los países más beneficiados por el crecimiento de este mercado es China, que lidera la producción de ledes.

Las luces led tienen un sistema bastante diferente de las luces incandescentes o fluorescentes. Su nombre proviene de las siglas de light-emitting diode (‘diodo emisor de luz’), un diodo que se ilumina cuando la corriente eléctrica pasa por un microchip, y que dispone además de un sistema de disipación del calor que evita el exceso de temperatura. El led es mucho más eficiente, versátil y duradero que otras formas de iluminación como las bombillas incandescentes, las halógenas o las fluorescentes, lo cual ha llevado a los Gobiernos y usuarios privados a reemplazar la iluminación tradicional por ledes. 

La otra cara de las políticas verdes

Respaldados por los estudios sobre la eficiencia de los led, los Gobiernos han impulsado el reemplazo de la iluminación tradicional. Además de sustituir las bombillas del alumbrado público por luces led también se han puesto en marcha subvenciones destinadas a facilitar el cambio a los negocios y particulares. En España estas medidas se llevaron a cabo desde los Gobiernos autonómicos. La Comunidad de Madrid, por ejemplo, aprobó en 2015 varios planes para renovar sistemas de iluminación instalando luces led o fluorescentes. Desde la Unión Europea también se ha impulsado el uso de luces led y fluorescentes con la prohibición de las lámparas halógenas en 2018, que además de tener una vida más corta que el led contienen gases contaminantes. El uso de luces led está incluso recomendado por la ONG medioambientalista Greenpeace como una medida sostenible para mejorar el ahorro de energía en los hogares.

La ONU también ha fomentado un mayor uso de luces led a través de iniciativas como Unidos por la Eficiencia, que ofrece recomendaciones a los países para mejorar la eficiencia energética. Entre estas se encuentra fomentar el uso de luces led sobre todo en los países en desarrollo, ya que en 2015 se estimaba que el consumo energético en estos países crecería a más del doble para 2030. En esta línea, el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente propone erradicar las bombillas incandescentes para que estos sistemas ineficientes no se extiendan en las economías emergentes, y fomentar así el uso de ledes.

Sin embargo, varios estudios han puesto en duda estas medidas apuntando al coste medioambiental de las luces led. En los últimos años, el cambio del alumbrado público de las calles por luces led, que son por lo general más brillantes, ha llevado a un aumento considerable de la contaminación lumínica, que impide ver la Vía Láctea a la mayoría de personas del mundo. Entre 2001 y 2016, la contaminación lumínica aumentó un 6% en Europa y Norteamérica, pero el incremento ha sido aún mayor en los países en desarrollo. En 2020, la contaminación lumínica afecta al 80% de la población mundial.

Efectos de la contaminación lumínica

Mientras que otros tipos de contaminación, como la basura o la del aire reciben más atención pública, la contaminación lumínica queda en un segundo plano. No es tan llamativo como un derrame de petróleo en el mar, pero es un fenómeno muy invasivo que afecta de manera importante a las personas y a los ecosistemas. La contaminación lumínica se define como el exceso de luz que se produce por las noches, sobre todo en las ciudades. Esta contaminación está provocada por la sobreiluminación de exteriores y la orientación de luces hacia el cielo, pero también influye el tono de las luces empleadas, que en los ledes suele ser blanca o azulada.

La consecuencia más evidente de la contaminación lumínica es la dificultad para ver las estrellas de noche desde las ciudades, pero sus efectos van más allá. En humanos, el exceso de luz nocturna puede alterar el sueño y los ritmos circadianos, los ciclos diarios que experimenta el cuerpo y que se rigen en gran medida por las horas de luz y oscuridad. La contaminación lumínica también supone un peligro para la conducción: el exceso de luz o un mal enfoque del alumbrado en carretera pueden provocar deslumbramientos, ocasionando accidentes de tráfico.

Los grandes perjudicados por la contaminación lumínica, sin embargo, son los animales y plantas. Los animales, al igual que las personas, ven afectados sus ritmos circadianos por el exceso de luz nocturna, pero sufren efectos más graves, como el descontrol de sus tiempos de reproducción o de caza. Un ejemplo de ello son las crías de tortuga marina, que al eclosionar los huevos en las playas confunden las luces artificiales con el reflejo de la luna sobre el mar y avanzan en dirección contraria al agua. Otro caso preocupante es el de insectos como las polillas que, atraídos por las luces artificiales, resultan una presa demasiado fácil para sus depredadores, o las luciérnagas, que con el exceso de luz tienen dificultades para recibir las señales luminosas de sus compañeras, fundamentales para su apareamiento. También los árboles y plantas se ven afectados por la contaminación lumínica. Aunque el caso más evidente es el de las plantas que crecen bajo las farolas, el exceso de luz provoca que los árboles broten hasta siete días antes de lo habitual, adelantando poco a poco la primavera.

¿Hay solución?

Todos estos efectos nocivos para los ecosistemas que tiene la contaminación se ven agravados en el caso de los ledes, que por lo general suelen tener una temperatura blanca o fría con un tono azulado que resulta más dañina para los seres vivos que la luz de tonos cálidos. La elección de este tipo de luz se debe principalmente a que es la más eficiente, ya que con los mismos vatios puede producir una luz más brillante, aumentando la visibilidad. No es de extrañar, por tanto, que esta iluminación haya tenido una buena acogida, aunque en algunos puntos especialmente turísticos la ciudadanía ha reclamado una luz más cálida por motivos estéticos.

El aumento de la contaminación lumínica se debe sobre todo a las malas elecciones de diseño en algunos lugares al instalar luces led. En muchos casos, esto se debe a una falta de información sobre cuál es la mejor forma de instalarlos en cuanto a posición, brillo y temperatura. Sin embargo, los expertos en contaminación lumínica proponen que la solución para el incremento de la contaminación lumínica se puede dar a través de los propios led. Estos dispositivos permiten modular la intensidad de la luz más fácilmente que otras bombillas. Además, existen formas para eliminar los tonos fríos de la luz y volverlos más cálidos. Si además se instalan ledes debidamente orientados ―que no emitan luz hacia el cielo sino solo hacia la zona que se quiere iluminar― y se encienden solo cuando sea necesario, por ejemplo, con sensores de movimiento, se podrá compaginar la eficiencia energética con la sostenibilidad medioambiental.

Isabel Sebastiá

Castellón, 1998. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en derechos humanos, cooperación y América Latina.