Benicarló, Nules o Burriana. Este agosto, en apenas una semana, se han declarado incendios en dichos municipios de Castellón. En los tres casos, las llamas se propagaron a través de cultivos abandonados. Es una historia del Levante español pero también de toda Europa: el abandono rural está dejando millones de hectáreas a merced de la naturaleza y, por extensión, del fuego.
No es una amenaza nueva, pero sí cada vez más peligrosa. Los incendios están aumentando en el Viejo Continente. Tampoco es un proceso lineal, sino que las superficies quemadas varían año a año, con valles y picos cada lustro. Las grandes temporadas de incendios dejaron panoramas especialmente desoladores en 2003, 2007, 2012, 2017 y 2022, con entre 700.000 y 1.2oo.ooo hectáreas quemadas, superficies comparables con Chipre o Kosovo.
Las causas de este incremento en los fuegos son complejas. El cambio climático está dando lugar a un número creciente de episodios cálidos y secos que cada vez llegan más al norte, favoreciendo la sequedad del terreno y la propagación de las llamas. Sin embargo, hay otro factor fundamental: el cambio en los usos del suelo. La Europa de 2022 es muy diferente a la Europa de principios de siglo, con un gran cambio en el paisaje y la gestión del territorio que tiene sus orígenes décadas atrás pero cuyas consecuencias vemos ahora. El actual mapa del fuego en Europa es, en este sentido, un retrato del éxodo rural y el abandono del campo.
Cada año el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés) contabiliza un mayor número de incendios lo suficientemente grandes como para ser detectados por los sensores satelitales, incluido en el norte del continente, como mostraron los grandes incendios de Gävleborg y Jämtland en Suecia en 2018. «Las características culturales, históricas o de gestión del territorio han cambiado de una forma precipitada en Europa y nuestra vulnerabilidad es mayor», confirma Cristina Montiel, catedrática de Geografía de la Universidad Complutense de Madrid y experta en incendios forestales y gestión del territorio.




Hace dos décadas el patrón del fuego en Europa estaba marcado por un este donde los incendios afectaban principalmente a las superficies agrícolas, como cultivos y pastos; un sur con grandes fuegos en un mosaico de bosques y otras superficies naturales (prados, turberas, humedales, etc…); y un noroeste con algunos focos dispersos en áreas naturales no forestales.
Sin embargo, en las dos últimas décadas el panorama ha cambiado completamente. Los incendios forestales son ahora dominantes en la mayoría de regiones de Europa, especialmente en el sur y el Báltico. En España, por ejemplo, han pasado de representar el 27% de la superficie quemada en el periodo 2000-2005 al 42% entre 2017 y 2022, y en Finlandia del 25% al 40%. Mientras, gran parte de los cultivos y pastos que antes ardían en el este han sido abandonados y ahora las llamas arrasan en su mayoría superficies de matorrales, como en Rumanía, donde los fuegos agrarios han pasado de suponer el 37% de la superficie quemada al 14% y los de matorral del 2% al 42%.
Las antiguas áreas de cultivo y los pastos han sido reclamadas por la naturaleza a medida que el campo se despoblaba y envejecía, y ahora esas superficies antaño gestionadas ―pastoreadas, aradas, cultivadas y cosechadas― tienden a volver a su estado original, ya sea en forma de praderas, humedales o bosques. Pero no es un proceso rápido, y en el caso de los bosques lleva varias décadas. «Lo que más arde son los espacios desordenados, aquellos en los que no hay un aprovechamiento definido y están en cambio permanente», afirma la profesora Cristina Montiel. La falta de control es de hecho uno de los grandes problemas del noroeste de la península ibérica, la región que más fuegos lamenta en Europa, como también explicamos en El Orden Mundial en este reportaje sobre la fiebre del eucalipto en Galicia.




La despoblación es el principal causante de esa transformación en los usos del suelo, pero no el único. El turismo o la especulación inmobiliaria también son factores a tener en cuenta, ya que cuando la rentabilidad no alcanza las expectativas de los inversores los terrenos quedan abandonados a suerte con demasiada frecuencia, abriendo nuevos frentes de avance para la vegetación y aumentando la vulnerabilidad del territorio ante los incendios.
Aunque con muchos condicionantes ambientales y diferencias regionales, el mapa de los incendios por usos del suelo en Europa es también un mapa de desarrollo, especialmente visible en países que han cambiado radicalmente en estas dos décadas y que ahora registran abundantes fuegos. Es el caso de Rumanía, Bulgaria o Hungría. En las regiones más ricas de estos países, allí donde más se ha transformado el medio rural, las superficies que más arden tienden a ser masas forestales, como al oeste de Rumanía; matorrales en zonas que empezaron a cambiar más recientemente, como en el centro y este del país carpático; y superficies agrícolas en las partes menos avanzadas, como el remoto noreste de Rumanía.
«Un cambio territorial muy brusco se va a traducir en un cambio igual de brusco en el riesgo de propagación de incendios», explica Montiel. En el último lustro este patrón ha aflorado con especial claridad en Italia, donde la superficie quemada se ha duplicado respecto a principios de siglo, con la división norte-sur tan característica del país. En el norte rico las superficies que más arden son forestales, en el centro otras superficies naturales y en las islas y el sur, menos próspero, superficies agrícolas, aunque también se observan anomalías causadas por la orografía, como las sureñas pero montañosas Campania y Calabria, dominadas por los fuegos forestales.
Tradicionalmente el fuego ha sido una herramienta de gestión del paisaje en Europa. Las quemas controladas de rastrojos servían para devolver nutrientes a la tierra y evitar incendios descontrolados más adelante. Sin embargo, esta práctica se ha vuelto menos común a la par que más peligrosa a medida que las parcelas colindantes han dejado de ser también cultivos. Ahora Europa ha pasado a defenderse de las llamas: de más fuegos y una temporada de incendios más larga que llega cada vez más al norte, y de un cambio del uso del suelo y los paisajes que acogen esos fuegos. Todo ello supone un reto de adaptación para los equipos de extinción, que deben aprender rápidamente a controlar incendios en entornos hasta ahora desconocidos.
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Este análisis es fruto de una colaboración con la European Data Journalism Network (EdjNet), un consorcio periodístico internacional que cubre Europa y temas paneuropeos usando periodismo de datos, y el proyecto FIRE-RES.
Metodología
Los datos de incendios han sido obtenidos del sistema EFFIS (Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales) y los de uso del suelo de Corine Land Cover, ambos del programa Copernicus.
Hasta 2018 EFFIS solo tenía capacidad para detectar fuegos de más de 30 hectáreas. Posteriormente el umbral se reduce a las 5 hectáreas. Asimismo, en todas sus estadísticas EFFIS excluye los incendios que únicamente afectan a superficies urbanas o agrícolas.
Para simplificar el análisis de los datos, se han categorizado los fuegos en función del principal uso del suelo ardido. En este sentido, la categoría de «matorral» empleada en este artículo es denominada por EFFIS como «tránsito», y hace referencia a espacios habitualmente abandonados y degradados cubiertos de maleza.








