Kosovo es un Estado que no es un Estado. Desde que proclamó su independencia en 2008, 97 de los 193 Estados miembros de la ONU -casi exactamente la mitad- lo han reconocido, aunque el país ya funcionaba de forma autónoma desde el final de la guerra de Kosovo (1998-1999). Sin embargo, la independencia no ha supuesto la cohesión territorial, con grandes resistencias por parte de las regiones serbias y especialmente del norte de Kosovo. Esta compleja situación responde a un complejo proceso histórico que se lleva cuajando desde la muerte de Tito en los años ochenta, cuando Kosovo era una región de Serbia.
Tras la II Guerra Mundial, Yugoslavia se organizó como una república federal con siete estados miembros. Kosovo era, junto a Voivodina, una región autónoma dentro de la República Federativa Socialista de Serbia. Ambas tenían importantes minorías étnicas, pero mientras que los serbios alcanzaban la mitad de la población en Voivodina, solo llegaban al 15% en Kosovo.
En este contexto, tras la muerte del autoritario Tito (1980), la población albanesa de Kosovo, que representaba en torno a tres cuartos del total, empezó a reclamar mayor autonomía para la región y su conversión en la séptima república yugoslava, lejos de planteamientos panalbanistas. En 1981, una protesta en la Universidad de Pristina entre los estudiantes albanokosovares degeneró en disturbios y en una dura represión por parte de Belgrado.
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