Durante sus casi treinta años en la política, a Silvio Berlusconi le dio tiempo a casi todo. A ser tres veces primer ministro, senador, eurodiputado, presidente del Consejo Europeo o ministro de Asuntos Exteriores. También, a completar una lista casi interminable de escándalos y corruptelas, tanto fuera como dentro de las instituciones. Pero, sobre todo, a marcar una era casi irrepetible en la política italiana y europea, donde sus formas populistas y misóginas renacen y se reciclan de forma habitual.
El magnate milanés, que levantó su imperio durante los años setenta y ochenta a través de negocios espinosos —televisión, fútbol y ladrillo―, llegó al centro de la política italiana en 1994, poco después de que estallara el macrocaso de corrupción Manos Limpias (o Tangentopoli) y comenzara el derrumbe del sistema tradicional de partidos del país.
En apenas unos meses de campaña, Silvio fundó su propia formación política (Forza Italia), logró ganar las elecciones de forma ajustada y se convirtió en primer ministro del país gracias al apoyo de la ultraderechista Liga Norte y los posfascistas de Alianza Nacional. Solo duró un año en el cargo, pero desde ese momento nada sería lo mismo en Italia: Il Cavaliere volvería al poder en otras dos ocasiones. Desde entonces, monopolizaría la agenda política del país, afrontaría diecisiete procesos judiciales y recibiría tres condenas: soborno, fraude fiscal, abuso de poder y prostitución de menores (luego absuelto de estos dos últimos). Probablemente ese es el mejor resumen de una de las carreras políticas más excesivas y exitosas de las últimas décadas en Europa.
Aunque su llegada a las instituciones ocurriera a mediados de los años noventa, la vinculación de Silvio Berlusconi con la política comenzó bastante antes. A finales de los setenta, poco después de poner en marcha la construcción del barrio residencial Milano Due, al futuro primer ministro se le presentó la oportunidad de adquirir varias cadenas locales de televisión que apenas llegaban a unos centenares de hogares.
Berlusconi amplió rápidamente el negocio y en 1978 funda Fininvest, el grupo mediático precursor de Mediaset y que en 1980 pondría en marcha las emisiones de su principal activo, Canale 5. Gracias a su amistad con el socialista Bettino Craxi ―posteriormente implicado en la trama de Tangentopoli―, entre 1984 y 1985 Berlusconi asestó su golpe defectivo al sector: Craxi, por entonces primer ministro, aprobó varias leyes que liberalizaban la televisión y que permitieron que Fininvest se convirtiera en un monopolio privado y el gran rival de RAI, la compañía de radiodifusión publica italiana. Si para entonces Berlusconi ya era un magnate televisivo al estilo norteamericano, su popularidad creció más todavía tras hacerse con el control del AC Milan, uno de los clubes de fútbol más importantes de Europa.
Sin embargo, la caída de desgracia de Craxi terminaría por empujar a Berlusconi a la política institucional. Si su primer mandato apenas duró un año, el segundo (2001-2006) se convirtió en uno de los más largos de la República italiana. Fue en esta etapa donde terminó de forjar y asentar los rasgos que lo convirtieron en uno de los personajes políticos más celebres y controvertidos, aunque terminaría perdiendo las elecciones contra el centroizquierda de Romano Prodi.
La tercera etapa de Berlusconi al frente del ejecutivo italiano (2008-2011) volvió a finalizar de forma abrupta: en esta ocasión fue la crisis económica que asolaba el sur de Europa. Pero sobre todo fueron las reformas exigidas desde Bruselas las que provocaron su dimisión en noviembre de 2011 como presidente del Consejo de Ministros.
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A su salida del poder y el posterior desmoronamiento del centroderecha en Italia no tardaron en sumarse varias condenas que condujeron a su inhabilitación durante cinco años. Tras expirar la prohibición de ocupar cargos públicos y en plena decadencia física y política, Berlusconi todavía tendría tiempo para un par de últimos bailes: en 2019 consiguió un escaño en el Parlamento Europeo, donde apenas hizo acto de presencia.
En 2022, el 8% de voto que recibió su formación serviría para ponerle en bandeja el gobierno a la ultraderechista Giorgia Meloni, que ya había sido ministra en ejecutivos de Berlusconi. Sin embargo, Meloni no apoyó a Il Cavaliere en su último sueño: llegar a ser nombrado presidente de la República.