La grandeza del antiguo Egipto suele asociarse a las pirámides de Guiza o a la tumba casi intacta de Tutankamón. Sin embargo, a lo largo de sus más de 3.000 años de historia, esta civilización vivió muchos otros momentos de esplendor. Uno de los menos conocidos, pero decisivos, fue la construcción de su primer gran imperio bajo el faraón Tutmosis III.
Tanto es así que el momento de máxima extensión territorial del antiguo Egipto llegó bajo su trono. Rebautizado por la historiografía moderna como el «Napoleón de Egipto», Tutmosis III reinó aproximadamente entre 1479 y 1425 a. C., en pleno Reino Nuevo, la época de algunos de los faraones más conocidos de Egipto: Hatshepsut, Akenatón, Tutankamón o Ramsés II.


Durante su mandato, Egipto pasó de ser un reino organizado en torno al Nilo a una potencia con influencia desde Nubia, al sur, hasta Canaán, Siria y las orillas del Éufrates, al norte.
¿Qué fue el Reino Nuevo de Egipto?
La historia del antiguo Egipto se suele dividir en tres grandes etapas: el Reino Antiguo (c. 2686-2181 a. C.) fue la era de las pirámides; el Reino Medio (c. 2055-1650 a. C.), la del Egipto reunificado y clásico; y el Reino Nuevo (c. 1550-1069 a. C.), la del Egipto imperial. Entre unas y otras hubo periodos intermedios, épocas de fragmentación política y crisis.
El Reino Nuevo comenzó con la expulsión de los hicsos por parte de Amosis I. Los hicsos eran poblaciones de origen levantino que se habían instalado poco a poco en el Delta, la fértil región del norte donde el Nilo se ramifica antes de desembocar en el Mediterráneo. Allí acabaron formando una dinastía real. Para los reyes tebanos, que controlaban el sur del actual Egipto, convivir con un poder extranjero en el norte era inaceptable. Amosis I consiguió expulsar a los hicsos alrededor del 1550 a. C., unificar el país y fundar el Reino Nuevo.
Para entender estas campañas hay que entender cómo concebían el poder los antiguos egipcios. El faraón no era solo un rey. Era el intermediario entre los dioses y los hombres, y se le consideraba la encarnación del dios Horus en la Tierra e hijo de Ra. Su misión era mantener la maat, el orden del universo, frente al isfet, el caos. Esa idea explica por qué los egipcios percibían los territorios exteriores como hostiles y por qué sus campañas se presentaban como victorias de los dioses, no sólo del rey. La propia palabra «faraón» viene de per-aa, «la casa grande», que designaba el palacio y que, a partir del Reino Nuevo, pasó a designar también al rey.
El éxito de estas primeras campañas militares dio lugar a un Egipto con experiencia en el campo de batalla y decidido a no permitir de nuevo que un pueblo extranjero se instalara en el Delta. El valle del Nilo siguió siendo su columna vertebral, pero el país se proyectó militar y comercialmente hacia Nubia, Canaán, Siria y el Mediterráneo oriental. Era, además, la Edad del Bronce Tardío, una época en la que Egipto, Mitani, el reino hitita, Babilonia y Asiria competían dentro de una red de alianzas, tributos y rutas comerciales que unía el Nilo con Mesopotamia.
Con un territorio tan extenso, Egipto no podía gobernarlo todo igual. En Nubia la administración era directa. Había un virrey y las fortalezas se convirtieron en centros administrativos para explotar los recursos de la región, sobre todo el oro. En Canaán y Siria, en cambio, mandaban príncipes locales convertidos en vasallos. Juraban fidelidad, pagaban un tributo anual, acogían guarniciones y estaban supervisados por representantes egipcios.
Egipto tenía además una herramienta política peculiar. Los hijos de los gobernantes derrotados eran trasladados a Egipto, se educaban en la corte y más tarde volvían a sus tierras como gobernantes leales y «egipcianizados». Eran rehenes que garantizaban el buen comportamiento de sus padres y, a la vez, futuros aliados. El grano, el ganado, los metales, la madera, los caballos y los objetos de lujo que llegaban como tributo alimentaban la economía imperial.
El “Napoleón de Egipto” y la conquista del norte
Tutmosis III llegó al trono siendo un niño, tras la muerte de su padre, Tutmosis II, alrededor del año 1479 a. C. Su tía y madrastra, Hatshepsut, asumió primero la regencia y después se proclamó faraona, con los títulos, la indumentaria y los símbolos propios del cargo. Gobernó unos veinte años y dejó a Tutmosis un Estado próspero, con un ejército y una red comercial consolidados. Cuando Hatshepsut murió, varias ciudades del Levante se rebelaron contra la autoridad egipcia. Eso dio al nuevo faraón el pretexto para lanzar su primera gran campaña, que culminó en Megido, en el actual norte de Israel.
En dos décadas, Tutmosis dirigió al menos diecisiete campañas militares, de ahí que hoy se le apode el «Napoleón de Egipto». No todas fueron grandes expediciones de conquista: muchas sirvieron para sofocar revueltas, cobrar tributos, asegurar rutas y demostrar que la autoridad egipcia seguía vigente. La principal fuente para reconstruirlas son los Anales de Tutmosis III. En el año 42 de su reinado, el faraón mandó grabar el relato de sus campañas en el templo de Karnak, en Luxor. Es uno de los relatos militares más antiguos y detallados que se conservan.
Con la victoria de Megido, hacia 1457 a. C., Egipto consolidó su control sobre buena parte de Canaán, la franja situada entre el mar Mediterráneo y el valle del río Jordán, que hoy abarca territorios de Israel, Palestina y partes de Jordania y Siria. Gaza y las rutas costeras sirvieron de puerta de entrada y base logística hacia el Levante.
Más al norte, los puertos fenicios de Biblos, Sidón y Tiro permitieron combinar la guerra terrestre con el abastecimiento marítimo. Desde esa costa, Egipto podía proyectar fuerza hacia Siria y recibir madera de cedro, metales y otros recursos.
Las campañas posteriores enfrentaron a Egipto con dos actores clave del norte. El primero era Qadesh, una ciudad-Estado fortificada en el valle del Orontes, en la actual Siria, que controlaba el paso entre la costa y el interior. Su rey había encabezado la coalición derrotada en Megido. Detrás de Qadesh estaba el segundo, Mitani, la gran potencia rival. Era un reino hurrita, con una aristocracia de guerreros de carro, que dominaba el norte de Siria y la Alta Mesopotamia.
El Éufrates marcaba la frontera natural entre ambas potencias. Hacia el año 33 de su reinado, Tutmosis III lo cruzó con barcos transportados por tierra y derrotó a las fuerzas del reino de Mitani, aunque no logró conquistar Mesopotamia ni acabar de forma permanente con su rival.
Un imperio del Nilo
A pesar de la expansión, el corazón del Estado se mantuvo en el Nilo. El valle fértil, el Delta y las rutas fluviales concentraban la población, la agricultura, la administración pública y los centros religiosos. Egipto combinaba así el control directo del valle con una red de vasallos, guarniciones y tributos en el Levante.
Nilo arriba, más allá de Asuán y de la primera catarata, cambiaba el paisaje. Terminaba la estrecha franja de tierra negra y fértil y comenzaba Nubia, un territorio que los egipcios consideraban ajeno y amenazante, pero también crucial para su seguridad. Tutmosis III consolidó el dominio egipcio en Nubia y llevó sus campañas hasta la cuarta catarata, una región clave por su oro, su madera, su marfil y sus rutas fluviales.
Las cataratas del Nilo funcionaban como fronteras naturales. Más al sur, el valle se estrechaba y la agricultura se volvía más difícil. Al oeste se extendía el desierto, donde solo oasis como Dajla o Jarga ofrecían agua y cultivo. Y al este, el mar Rojo abría una vía de contacto con el sur de Arabia, el Cuerno de África y el país de Punt, de donde llegaban incienso, mirra, ébano y otros bienes de prestigio.
En definitiva, la geografía marcaba en gran parte los límites del imperio. Las cataratas del Nilo y el desierto obstaculizaban al avance hacia el sur y hacia el oeste. El mar Rojo y el Mediterráneo, en cambio, eran más una vía de comercio que una frontera. Egipto se extendía hasta donde el Nilo y sus rutas le permitían sostener ejércitos, comercio y administración, y más allá de ese punto prefería dominar de forma indirecta.
Después de Tutmosis III
Tras su muerte, en torno al 1425 a. C., Egipto conservó gran parte de aquel imperio, pero tuvo que hacer frente al ascenso de los hititas, que sometieron a Mitani y ocuparon su lugar como gran rival de Egipto en Siria. Esa rivalidad se convirtió en uno de los grandes ejes políticos del Levante durante los siglos XIV y XIII a. C.
Su momento culminante llegó con Ramsés II. La batalla de Qadesh, hacia 1274 a. C., terminó sin un vencedor claro: Egipto no recuperó la ciudad, pero tampoco sufrió una derrota decisiva. Unos quince años después, Ramsés II y el rey hitita Hattusili III firmaron un tratado de paz y alianza que fijaba sus áreas de influencia en Siria. Aquel acuerdo es considerado el tratado de paz internacional más antiguo del que se conservan textos de ambas partes.
La decadencia del Reino Nuevo de Egipto llegó después. Las crisis sucesorias, la presión de los pueblos del mar y de los libios, el deterioro económico y la pérdida progresiva de territorios en Asia y Nubia lo debilitaron hasta su caída en el 1069 a. C. Durante sus cinco siglos de historia, y más concretamente bajo el reinado de Tutmosis III, la civilización del antiguo Egipto alcanzó su momento de mayor esplendor, expansión militar y riqueza, extendiendo su influencia del Nilo hasta el Éufrates.


