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Una tarde de enero de 1989 la mujer del ex primer ministro belga Paul Vanden Boeynants se extrañó del tiempo tardaba su marido en entrar en casa. Fue a buscarlo al garaje y allí solo encontró su pipa y un zapato, ni rastro del que había sido el líder del Gobierno del país. Al poco tiempo, un grupo llamado Brigadas Socialistas Revolucionarias anunció su secuestro y exigió un rescate. Tras el pago de unos 1,8 millones de dólares, Boeynants fue liberado.
Posteriormente se supo que las supuestas Brigadas eran una tapadera de la banda de Patrick Haemers, un conocido delincuente belga especializado en violentos asaltos sobre furgones de seguridad. El plan fue elaborado por Basri Bajrami, un albanokosovar miembro de la banda de Haemers, que estaba indignado por los altos impuestos del Gobierno sobre el juego. Aunque el papel de Bajmani pasó casi desapercibido, fue el primer indicador de las ambiciones y alcance de los criminales albaneses. Desde entonces, la mafia albanesa se ha expandido de forma asombrosa preocupando tanto a Gobiernos como a otros grupos criminales por todo el mundo.
Londres, Roma o Guayaquil
“Kosovo es una Colombia en plena Europa”. Así lo expresó el periódico kosovar Koha Ditore cuando en 1999 decidió romper la ley del silencio y se atrevió a hablar de las poderosas mafias que estaban surgiendo en la región. Las guerras yugoslavas abrieron la puerta a la expansión del crimen organizado: los embargos internacionales y el caos del conflicto fomentaron el tráfico ilícito, apoyado por los Gobiernos para contribuir al esfuerzo bélico. Los grupos albaneses se beneficiaron además del despido de gran parte del personal del Sigurimi, el servicio de inteligencia de la Albania comunista, que se encargaba de organizar rutas de contrabando, y de la debilidad del Estado tras el cambio de régimen.
Si antes de 1999 las incautaciones de heroína en la ruta balcánica rondaban los cinco a diez kilos de media, tras el verano de ese año alcanzaron los cincuenta. El negocio...
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