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El Louvre y el Guggenheim, más embajadas que museos

El Louvre y el Guggenheim, más embajadas que museos
Fuente: Pexels

Hoy se puede visitar el Louvre en Abu Dabi, el Pompidou en Málaga o el Hermitage en Ámsterdam. La tendencia de exportar el museo como marca y sello de calidad es desde hace tiempo una realidad, y seguirá en aumento en los próximos años, influyendo en las relaciones culturales y diplomáticas entre países que hasta no hace tanto se aferraban a las grandes obras que quedaban bajo su custodia. Los museos se globalizan y sus tesoros comienzan su propia travesía.

La famosa Gioconda viajó en barco de París a Washington para exponerse en la Galería Nacional de Arte en 1963. La propuesta se gestó tras la visita del ministro de Cultura francés, André Malraux, a dicha galería acompañado por la primera dama de Estados Unidos, Jacqueline Kennedy. Ella, apasionada de Francia y su oferta cultural, compartió su deseo de ver colgada aquella obra en esas paredes para que los estadounidenses pudieran admirarla. El ministro y el presidente De Gaulle hicieron posible esa idea mediante lo que acabaría convirtiéndose en un sonado gesto diplomático acogido con críticas, reticencias y alabanzas por igual. Se temía por la seguridad y el mantenimiento de la obra, e incluso el entonces director de la Galería Nacional de Washington, John Walker, no quería cargar con la responsabilidad de custodiarla bajo su techo. Pero la obra llegó y, con ella, las interminables colas de visitantes, un hito para el intercambio cultural, la diplomacia y el negocio.  

Jacqueline Kennedy y André Malraux acompañados de sus cónyuges y del vicepresidente de EE. UU. Lyndon B. Johnson muestran en Washington el cuadro de La Mona Lisa. Fuente: Wikipedia

Cincuenta años después, y a pesar de que las medidas de seguridad y conservación han mejorado enormemente, el debate sobre la conveniencia de prestar los tesoros nacionales sigue vigente; aunque está siendo arrollado por el proceso de globalización de los museos, cuyas obras maestras viajan ahora en grupo. Las sedes del Pompidou de Shanghái y Málaga, el Louvre de Abu Dabi, el Guggenheim de Bilbao o el Hermitage de Ámsterdam son algunos ejemplos de museos satélite abiertos en otros países a modo de franquicia, una tendencia que parece ir a más. Los museos, templos de la cultura que sirven como reflejo de la identidad nacional de sus países de origen, acceden así a otro público, y ofrecen a cambio una poderosa marca, el préstamo de obras y la posibilidad de compartir su saber hacer. Estos intercambios, en parte iniciativas privadas y en parte poderosos mecanismos diplomáticos amparados por el Estado, convierten a los museos en actores clave de las relaciones internacionales.

Para ampliar: “La diplomacia cultural, el arma más poderosa de México”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2019

Tu Matisse por mi Chagall

El concepto de museo, tal como lo conocemos hoy, nace con la Ilustración y tiene por ello una fuerte impronta patriótica. Antes, las obras de arte podían encontrarse en palacios y palacetes de la nobleza y la familia real, que adquirían diferentes piezas para desplegarlas como símbolo de estatus en su casa. La Revolución francesa consiguió que se abrieran las puertas de muchos palacios con el objeto de mostrar y poner en valor lo que se consideraba cultura nacional y civilizatoria. Los museos son una muestra de democracia porque conservan y exponen cultura para la admiración y el aprendizaje del pueblo, pero son también un ejercicio de poder al definir qué es arte y qué no, qué es civilización, quién puede comprender y apreciar las piezas, y quién tienen acceso a ellas. 

Este es el caso del Louvre, que había pertenecido a la familia real francesa y abrió sus puertas a la ciudadanía con el objetivo de construir una narrativa de identidad nacional y para educar a los ciudadanos. Esta misión se fue extendiendo a otros países y, prácticamente desde el siglo XIX, los museos tienen principalmente dos funciones: conservar y divulgar. Sin embargo, en el camino a la democratización ha emergido soterradamente otra más: entretener. Es en esta última en la que se mueven especialmente los préstamos y las exposiciones temporales: la necesidad de cambiar para atraer siempre al público y hacer que cada visita sea una experiencia nueva obliga a crear una red de intercambios continuada basados en principio en la buena fe pero alrededor de la cual gira toda una industria. Ahora que el préstamo de obras forma parte del día a día de las instituciones museísticas, el transporte, la conservación, el mantenimiento o la seguridad son fundamentales, pero a estos se añaden las aseguradoras, un negocio millonario.

Costear estos intercambios supone un importante desembolso. En principio, los museos son instituciones sin ánimo de lucro, algunos parcial o enteramente privados y otros públicos, aunque todos con cierto grado de autonomía. Así, en Europa tienden a recibir grandes sumas provenientes de los presupuestos generales del Estado, mientras que en Estados Unidos suelen ser fundaciones privadas. A ello se añaden el mecenazgo, la sociedad de amigos o el alquiler de salas para eventos.

No obstante, en los últimos tiempos ha empezado a proliferar una nueva forma financiación y promoción. Mientras que hay ciudades con museos de renombre y con importantes colecciones que buscan nuevas formas de financiación, otras aspiran a convertirse en potencias culturales, pero sus museos, más modestos, carecen de activos culturales para participar plenamente en la red. Esas dos circunstancias juntas han provocado la aparición de los museos franquicia o museos satélite

Museos franquicia

La emblemática sede del Guggenheim de Bilbao se inauguró hace 23 años en un edificio diseñado por el arquitecto canadiense Frank Gehry. Aunque él ya era conocido, este proyecto lo encumbró junto con la ciudad donde se erigió el edificio. El proyecto tenía como objetivo transformar y desarrollar una ciudad industrial con mala prensa por el conflicto terrorista en un centro cosmopolita que sirviera como referente cultural. El trato era el siguiente: la Alcaldía pondría los fondos para la construcción, la adquisición y otros costes y, a cambio, la Fundación Guggenheim cedería su nombre, obras de su colección permanente, los servicios de expertos curadores y gestores culturales de la institución. 

El Guggenheim de Bilbao. Fuente: Flickr 

Este acuerdo llevó a que algunas voces críticas consideraran el proyecto un “museo franquicia” o  “McGuggenheim”: además de su sede principal en Nueva York, el Guggenheim ya había abierto una filial en Venecia y se disponía a abrir otra en Berlín. Sin embargo, su afán transformador y su éxito llevaron a que el modelo se copiase, creando una tendencia que vino a llamarse “efecto Bilbao”; dieciséis años después ya había generado 3.173 millones de euros, multiplicando su coste por 37. Tras el éxito en la ciudad vasca, se lanzó la propuesta de abrir otra sede del museo en Helsinki, para el que hubo incluso un proyecto ganador, pero los concejales de la ciudad finalmente rechazaron la propuesta

Estos centros de arte satélite suponen ingresos extra para la institución matriz, que amplifica su influencia a nivel internacional y como actor cultural. Para las ciudades que los acogen, abrir un satélite es un sello de calidad que puede significar convertirse en un destino obligado del turismo cultural. Sin embargo, el desembolso que supone no es nada desdeñable y hay quien argumenta que por ese precio puede abrirse un museo con una buena colección propia y hacerse su propio nombre. 

Este fenómeno tiene un vértice cultural, otro económico y un tercero político, y está vinculado inevitablemente con intereses diplomáticos y de Estado. Por ello, algunos museos experimentan con satélites dentro de su territorio, como es el caso del Louvre y de la Tate británica, antes de plantearse crear uno fuera. El Pompidou francés inauguró una sede en Málaga en 2015 y otra en Shanghái en noviembre de 2019. El Hermitage ruso tiene filiales en Venecia (previamente ubicada en Ferrara) y en Ámsterdam, así como varias en territorio ruso, y ha llegado a tener sedes en Las Vegas o Londres. El gran museo petersburgués también pretende inaugurar en 2022 otra sede en Barcelona, aunque el Ayuntamiento barcelonés ha rechazado la propuesta recientemente. Su director, Mikhail Piotrovsky, utilizaba los términos “consulado” y “embajada” para referirse a estos satélites.

Con todo, una ciudad despunta ahora como receptora de museos satélite: Abu Dabi, en Emiratos Árabes Unidos. Tras la inauguración de la sede del Louvre en 2017, se han iniciado las obras para abrir en los próximos años un nuevo Guggenheim. Al contrario que la vecina Dubái, también emiratí, Abu Dabi carece, a priori, de gran atractivo turístico, pese a contar también con importantes recursos. Sin embargo, el conjunto de los Emiratos Árabes Unidos está apostando por una doble estrategia en ese sentido: por un lado, diversificar la economía del país para no depender solo del crudo y, por otro, aumentar su poder blando para convertirse en país influyente a nivel global también en ese campo. Las exenciones fiscales, el lujo y la oferta cultural se enmarcan en esa doble estrategia junto con su gran potencial militar, que ha llevado al país a jugar un papel crucial en la guerra de Yemen, entre otros escenarios.

Para ampliar: “Emiratos Árabes Unidos, la potencia de la que nadie habla en Oriente Próximo”, David Hernández en El Orden Mundial, 2019

De Bilbao al mundo

La práctica de abrir filiales de grandes museos en otros lugares del mundo parece destinada a extenderse, pero también plantea interrogantes y polémicas. Flotando quedan los debates sobre el peso de la libertad de expresión y los principios democráticos en la elección de los países huéspedes, el uso de estos templos culturales para blanquear sistemas autoritarios, el difícil acceso a la red de intercambios y la creciente necesidad de liquidez de los museos, que lleva a un excesivo peso del marketing y el criterio económico frente al social en las estrategias museísticas. Por último, hay quien señala que se da un mayor impulso a artistas extranjeros ya consolidados en detrimento de los locales

Por otro lado, cabe apuntar que los museos, al igual que cualquier otra organización, son permeables a los cambios sociales y económicos, y deben encontrar nuevas formas de cumplir su misión en contextos cambiantes si quieren sobrevivir. El formato satélite puede hacer revivir muchas ciudades, ayudar a diversificar la economía de un país y darle un peso importante a su diplomacia cultural. En suma, puede decirse que el éxito de Bilbao no se debió exclusivamente al Guggenheim: a esta inversión le acompañaron otras en un contexto que terminó siendo favorable. Quizá la enseñanza del efecto Bilbao no sea que los proyectos faraónicos cambian el sino de una ciudad, sino que la voluntad de transformarla dándole peso a la cultura puede conseguirlo.

Para ampliar: “Barcelona, la ciudad del futuro”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2018