El pasado mes de mayo —en un momento de máxima fricción con Irán—, Arabia Saudí y su principal aliado en el Golfo, la federación de los Emiratos Árabes Unidos (también conocida por las siglas EAU), acusaron a Teherán de un ataque contra dos petroleros en la costa emiratí. Estados Unidos ha puesto el foco en el régimen de los ayatolás, alineándose con la política del Gobierno de Netanyahu y del rey saudí Salmán, que reclamaban mayor presión internacional sobre Irán. El trasfondo de la cuestión sigue siendo el acuerdo nuclear de 2015, que la Administración Trump decidió abandonar, considerándolo una renuncia ante el ascenso iraní.
El reino saudí y el Estado israelí consideran a Irán la principal amenaza para su seguridad; en particular, les preocupa que los iraníes sean capaces de fortalecer alianzas por todo Oriente Próximo. Bajo estas circunstancias, Arabia Saudí intenta estrechar lazos con los países de la zona y asentar sus propias áreas de influencia. La crisis con Catar, así como las resistencias de algunos países a quedar meramente arrastrados hacia alguno de los dos polos, son reflejo de las convulsas relaciones regionales. Pero la Corona saudí está encontrando un perfecto socio contra la causa iraní en el vecino Emiratos, que discretamente se ha posicionado como uno de los actores clave del momento.
Para ampliar: “Catar tras el bloqueo”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018
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