Es casi imposible conseguir la flamante PlayStation 5. Se lanzó el 12 de noviembre y a principios de diciembre ya se había agotado, y se venden en cuestión de horas cuando se reponen. Lo mismo pasa con la videoconsola de la competencia, la nueva Xbox Series X. La frustración por no poder hacerse con una de ellas llegó a desencadenar disturbios en una tienda en Tokyo el pasado enero.
La culpa la tiene la escasez global de semiconductores, más conocidos como chips, unos componentes imprescindibles para cualquier producto tecnológico. Esta crisis ha hecho subir hasta un 3% el precio de ordenadores o televisores y ha retrasado la salida a la venta de los nuevos smarthpones de Apple y Samsung. Además, ha afectado gravemente al sector automovilístico, que espera dejarse unos 110.000 millones de dólares de beneficios este año. Incapaces de seguir produciendo por la falta de piezas, fabricantes de coches de todo el mundo se han visto obligados a parar su actividad y despedir temporalmente a sus trabajadores.
Los semiconductores no han dejado de ganar importancia a medida que lo hacía la economía digital. Ahora esta escasez ha revelado hasta qué punto muchas industrias dependen de estos componentes, que se producen en muy pocos países. Los semiconductores son un ejemplo perfecto de cómo, gracias a la interdependencia económica, lo que pasa a miles de kilómetros puede afectarnos directamente.
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