Geopolítica Mundo

La reforma del Consejo de Seguridad de la ONU

El debate sobre la reforma del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas comenzó a principios de siglo, pero en la actualidad permanece tan estancado como entonces. A pesar de que parece haber consenso en que este órgano necesita una renovación, pocos países están dispuestos a ceder o negociar sus privilegios actuales dentro de la ONU.

La creación y composición del Consejo de Seguridad de la ONU correspondía a un mundo que no es el actual. Ha pasado algo más de medio siglo desde entonces, pero los actores y las dinámicas mundiales han cambiado enormemente. Aquel Consejo de Seguridad provenía de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, con una finalidad y un procedimiento claros: canalizar los conflictos por una vía pacífica y, llegado el momento de resolverlos, que no hubiese bloqueos y negociaciones eternas, como ocurría con el predecesor de las Naciones Unidas, la Sociedad de las Naciones, en la que las decisiones debían tomarse por unanimidad.

Los cinco países que derrotaron al Eje se instruyeron como jueces de este nuevo mundo, apoyados por otros diez Estados que complementarían el Consejo. Gracias a la Asamblea de Naciones Unidas, se respetaba el principio de “un país, un voto” y, en cuestiones de seguridad, todos los países acabarían teniendo su responsabilidad en las plazas itinerantes del Consejo. Los cinco grandes —Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia— simplemente se reservaban el derecho a veto. Las dinámicas de poder estaban claras y, al menos, las resoluciones se decidirían de manera rápida y clara. Mejor eso que recurrir a las armas nucleares, que para 1964 ya habían desarrollado todos los integrantes actuales.

El origen de la ONU está estrechamente ligado a la Segunda Guerra Mundial: tras comprobar que este conflicto tenía su origen en la defectuosa gestión de la posguerra tras la Gran Guerra, se llegó a la conclusión de que esto no se podía repetir.

A pesar de esto, el Consejo de Seguridad parece haberse hecho impermeable a los cambios que ha sufrido y sigue sufriendo el mundo. Al ser el único organismo que puede legalizar una guerra o una intervención armada, entre otros asuntos relativos al mantenimiento de la paz, los países permanentes no quieren saber nada de la posibilidad de dejar su asiento privilegiado, mientras el resto de los países suelen afanarse en conseguir los votos necesarios para tener su puesto una vez llegue el momento de renovar las diez plazas rotatorias. Sin embargo, cada vez son más y más fuertes las voces que reclaman un cambio en la configuración del órgano. Desde los años noventa del siglo pasado se lleva trabajando en plantear nuevos modelos, a menudo en la línea de una representación continental equitativa por la que los Estados con un poder cada vez mayor tengan regularmente voz y, lo que es más importante, voto.

Piezas infinitas para un rompecabezas interesado

En 1979 una decena de países del sur mundial hicieron la primera propuesta sobre la ampliación y reforma del Consejo de Seguridad. Por aquellos años, todavía en plena Guerra Fría, el Consejo de Seguridad seguía sirviendo para actuar de vía de escape en el pulso Este-Oeste. No sería hasta 1992, con la URSS recién desaparecida y Estados Unidos como potencia indiscutible, cuando se consideraría trabajar en la línea de una ampliación del organismo.

Fueron pasando los años y también las comisiones encargadas del asunto, incluida la “Declaración del Milenio” de la Asamblea General de la ONU en septiembre del 2000, en la que respecto a este tema se incluía el escueto objetivo de “redoblar nuestros esfuerzos por reformar ampliamente el Consejo de Seguridad en todos sus aspectos”. Dos años después, los grupos de trabajo llegarían a ciertas conclusiones. No obstante, lejos de recomendar cuál debía ser el camino que la ONU debería tomar para su reforma, se limitaron a poner encima de la mesa todas las opciones posibles. Como volcar las piezas de un rompecabezas. Ahora correspondía a los países, así como a la propia Asamblea, construir su modelo óptimo e intentar que se aprobase.

A partir de ese momento, numerosos países, en especial aquellos que por su creciente poder político, económico o militar desean firmemente la renovación del Consejo de Seguridad, han elaborado su organismo soñado en una mezcla de representatividad mundial e interés regional y nacional. Desde entonces se sigue intentando encajar las piezas para encontrar un modelo que guste a todos o, al menos, a los dos tercios de la Asamblea —129 países actualmente— y nueve miembros del Consejo de Seguridad de turno, si ninguno de los cinco grandes veta la propuesta.

La confrontación entre Estados Unidos y la URSS —hoy Rusia— marcó poderosamente la lógica del Consejo de Seguridad de la ONU y sus vetos.

Los resultados de aquellos grupos de trabajo consiguieron abarcarlo todo. Se centraron especialmente en qué debía pasar con el veto, el número de votos necesarios para aprobar decisiones en un Consejo ampliado —actualmente debe haber nueve votos favorables de quince—, la procedencia de los miembros en una hipotética ampliación y si, al contrario que pasa hoy, la utilidad y la representatividad del Consejo debía ponerse a examen periódicamente. Pensar que iba a ser fácil tratar y resolver con rapidez todos estos temas con más de 190 países por medio intentando hacer valer sus intereses era, cuando menos, una ilusión.

Brasil fue uno de los primeros países en mover ficha. A mediados de 2005 y amparándose en el apoyo de Alemania, Japón e India, con los que forma el G4, propuso ampliar el número de asientos en el Consejo de 15 a 25. De esos diez nuevos asientos, seis serían permanentes —habría así un total de once puestos permanentes—, cuatro para los integrantes del G4 y dos para África. Los cuatro asientos restantes serían no permanentes, por lo que el balance general quedaría con 11 asientos permanentes y 14 no permanentes.

Configuración actual del Consejo de Seguridad.

Esta propuesta no entusiasmó a los integrantes de la Asamblea. Como era de esperar, los pulsos geopolíticos y las relaciones de poder brotaron inmediatamente. A aquel G4 —que todavía mantiene pretensiones similares— lo apoyaba un puñado de Estados más bien escaso. Tenía el respaldo de Reino Unido y Francia, especialmente por la inclusión de países industrializados como Alemania o Japón; sin embargo, Estados Unidos alegó que aquella propuesta era ineficaz para el correcto funcionamiento del Consejo al sobredimensionar la membresía. China, por su parte, no quería ni quiere saber nada de un Japón permanente en la ONU, como tampoco le agrada el hecho de una India en idéntica posición. Alemania también tenía sus rivales en Europa, ya que países como Italia o España, que en 2005 se encontraban en una posición económica cómoda y ascendente, podían ver mermada su cuota de poder continental si Alemania alcanzaba un puesto permanente en la ONU. Del mismo modo, Brasil se encontró con férreas oposiciones en su región, especialmente de Argentina y México, así como India y Pakistán. Además, quedaba por resolver la cuestión de las dos plazas africanas: no es que hubiese demasiados candidatos para ocuparlas, pero ninguno iba a ceder para dejarle su silla a otro. A pesar de que actualmente ese asunto podría quedar resuelto con la inclusión de Nigeria y Sudáfrica, en aquellos años la competencia estaba más igualada.

Detrás de la propuesta brasileña vinieron otras. La Unión Africana propuso aumentar las plazas del Consejo de Seguridad a 27, con seis asientos permanentes más y otros seis no permanentes. En esta propuesta, a diferencia de la de Brasil, los permanentes seguirían teniendo derecho a veto. Además, África estaría representada por cuatro países —dos rotatorios y dos de manera fija— y la Unión Africana elegiría los dos puestos con derecho a veto.

La tercera gran propuesta lleva por nombre Unión por el Consenso. Se trata de una cuarentena de países que, conscientes de su condición de potencias en el limbo, han creado un grupo a medio camino entre el statu quo de los grandes y las crecientes exigencias de los emergentes. Abogan por un Consejo de Seguridad con 25 o 26 plazas, todas ellas no permanentes y sin derecho a veto. Para compensar esta revolucionaria propuesta, aceptan que los países grandes tengan mandatos más largos que los pequeños, además de ser posible una renovación del mandato. Igualmente, aunque son partidarios de la supresión del veto, están dispuestos a negociar una limitación de su uso. Respecto al tema de la distribución continental, creen justas las reclamaciones africanas de tener más asientos al ser un continente terriblemente infrarrepresentado.

El núcleo duro del también conocido como Club del Café incluye a Canadá, México, Argentina, España, Italia, Malta, Turquía, Pakistán y Corea del Sur. Fuente: Wikimedia

La última propuesta, quizás la menos difundida pero no por ello más descabellada, es realizar ciertos paralelismos con el G20. Actualmente, ya nadie duda de que el poder económico y sus dinámicas son enormemente poderosos, más incluso que la fuerza militar. Así, grupos informales como el G7, el G8, el G20 o el G77 se están constituyendo como consejos de seguridad del ámbito económico. En la búsqueda por no separar obligatoriamente seguridad militar —poder duro— y seguridad económica —poder blando—, se ha llegado a proponer que el nuevo Consejo de Seguridad se asemeje al G20, quizás el grupo que actualmente mejor refleja la distribución internacional del poder. Incluso se ha llegado a proponer que la Unión Europea forme parte como tal del Consejo de Seguridad de la ONU en detrimento de los dos países europeos permanentes.

El síndrome de la ronda de Doha

La Organización Mundial del Comercio tiene actualmente 164 miembros. Periódicamente, se realizan encuentros o rondas para intentar avanzar en la libertad comercial mundial. El último, la ronda de Doha, se cerró en 2013 cuando Cuba retiró su veto en relación a una cuestión sobre el comercio de productos agrícolas. La cuestión se había iniciado en 2001 y llevaba bloqueada desde 2008, es decir, han sido necesarios 12 años para alcanzar un acuerdo.

Si esto lo llevamos al terreno de la ONU, desde los primeros intentos de renovación en 2005 ya llevamos casi una década y media de debate. Como mínimo, son 129 los países que deben ponerse de acuerdo y esperar que los cinco grandes estén entre esos países favorables al acuerdo; si no, las negociaciones permanecerán estancadas y sin signos de desbloquearse. Ninguna propuesta parece convencer y tampoco parece haber una voluntad política firme y coordinada de aquellos países que pretenden remodelar el Consejo. Todo parecía mucho más fácil cuando solo había 51 países para fundar la ONU. Hoy, con 193 Estados, todo es casi cuatro veces más difícil.

12 comentarios

  1. Magnifico análisis de la situación.

    • Excelente Análisis. Al respecto mi modelo seria un miembro permanente por continente, por lo que Europa tiene mucho domino con 3 de 5 en la actualidad. Serian 5 miembros permanentes con su derecho a veto que dependa de la autorización de las distintas organizaciones continentales. Es decir, si EEUU como miembro permanente representando al continente americano va a usar su derecho a veto en un «caso» debe ser apoyado por mayoría simple por los países de la organización de estados americanos, y así mismo el país que represente a la comunidad de naciones africanas, la unión europea, las naciones asiáticas y Oceanía. Urge democratizar dicho consejo de seguridad. Sin lugar a dudas, el consejo lo complementarían otros 10 miembros NO permanentes y en el caso de los 5 miembros permanentes debe ser el país mas desarrollados de su continente u organización.

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      Jesus Ernesto Salazar Lozada
  2. No incluir ni a un solo país de habla hispana, siendo la tercera lengua más hablada del mundo me parece ya no estúpido, ni un complot, sino incluso temerario.

    • No creo que el idioma sea algo relevante en este tema.

      • Si observas los grandes bloques lingüísticos (Anglosajón, Chino, lenguas Dravídicas, Lusofonía, Francófonos, Hispanohablantes), verás que el idioma es un factor cultural muy significativo.

  3. Que la estructura establezca que ciertos paises tienen privilegios (derecho a veto) y otros no, hace que toda la situacion tenga poca seriedad.

    SIento que la ONU es un «pais» occidental en los 40-50s, en donde «las mujeres aun no pueden votar», «los negros no tienen derecho a opinion» y «los pobres no son personas».

    Esto inevitablemente va a tener que cambiar hacia algo mas equitativo.

  4. A partir del modelo que plantea brasil, solo podría decir que para que el G-4 y los dos paises africanos hagan parte fe los permanentes deben tener una economia y control politico estable, en el caso de japon y alemania se ven estas características sin embargo los demas expuestos no, no son paises estables.

  5. Se trata de representar a la Humanidad, en su conjunto.
    Si supeditas la política a los poderes militar o económico, la degradas. Y así nunca será posible llegar a un acuerdo.
    ¿Acaso no son los países más intervencionistas los que conforman actualmente el Consejo? Las posiciones de poder actual son fruto de la explotación de unos países por otros, de siglos esclavitud y colonialismo. ¿Vamos a dejar la seguridad en manos de los explotadores? ¿Se trata de perpetuar esas relaciones de poder o de construir una Humanidad que ampare y contribuya al desarrollo del hombre? El Consejo de Seguridad debe de tratar de proteger a los países más débiles de la beligerancia de los más poderosos, defender el derecho a la autodeterminación y la no injerencia en los asuntos de otros países, defender y promover la Declaración Universal de los Derechos Humanos, impulsar al desarme nuclear, …

    Francia, Alemania y Gran Bretaña suman 212 millones de habitantes. Si le sumamos EE.UU, 326, y Rusia, 147, representarían a 485 millones. La India tiene 1.342 millones, y unos intereses y necesidades que nada tienen que ver con los de Occidente. ¿En base a qué se les concede a unos una superioridad moral para tomar decisiones que nos afectan a todos?
    Indonesia tiene 261 millones. Junto a Brasil y Nigeria (tres continentes) suman 661 millones ¿Acaso no son mejor representación de la humanidad?
    Creo que la solución debería venir por la inclusión de organismos regionales y la elección de los miembros de forma democrática por la Asamblea.

    Cuba, un pequeño país de 11 millones de habitantes, tiene 114 representaciones diplomáticas en su suelo. No existen multinacionales cubanas ni tiene un ejército interventor. Y sin embargo, o gracias a eso, es elegida regularmente por otros países del Tercer Mundo, de sistemas políticos o económicos disímiles, para representarlos. Quizás habría que preguntar a los cubanos.