El Partido Demócrata no festejó con especial júbilo su victoria del pasado 3 de noviembre. A pesar de que recuperaron el poder ejecutivo, liderados por Joe Biden y Kamala Harris, su mayoría en la Cámara de Representantes fue la más más ajustada desde el 2000, ya que habían perdido once escaños. El control del Senado, por su parte, se decidiría en enero, tras la segunda vuelta de los dos escaños de Georgia, aunque la reelección de senadores republicanos en estados disputados como Maine o Iowa decepcionó al partido.
Las divisiones internas entre la facción progresista y la moderada, soterradas durante las elecciones presidenciales, parecían estallar de nuevo. Abigail Spanberger, una representante centrista de Virginia, declaró que el partido debía abandonar las menciones al socialismo y a reducir fondos policiales. Alexandria Ocasio-Cortez, representante de Nueva York y abanderada del movimiento progresista, tachó dichas declaraciones de divisorias. El fracaso de los dos candidatos republicanos en Georgia —que otorgó el control del Senado a los demócratas—, el asalto al Capitolio, las acusaciones infundadas de fraude electoral por parte de numerosos políticos conservadores o el segundo impeachment al expresidente Trump han ocultado por un tiempo las asperezas demócratas. Sin embargo, la tregua no socavará las diferencias en un partido que, debido a la radicalización de los republicanos, acoge ideologías diversas.
El horizonte de 2022
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