Tras su independencia en 1776, Estados Unidos amplió su territorio por Norteamérica con misiones de colonos que avanzaban hacia el oeste y conquistaban tierras dominadas por pueblos indios. También a través de acuerdos con otras potencias colonizadoras, como Francia, a la que le compraron Luisiana en 1803, o España, que les cedió Florida en 1819 con el tratado de Adams-Onís.
Este expansionismo se justificaba en la búsqueda de nuevas tierras y en la doctrina del destino manifiesto, por la cual los estadounidenses se entendían como una nación destinada a extender sus valores civilizatorios. De ese modo, varios colonos empezaron a asentarse en los territorios mexicanos de Texas, Alta California y Santa Fe de Nuevo México. Sin embargo, la prohibición de la esclavitud, los impuestos más altos y la necesidad de hablar español pronto les llevó a rebelarse contra las autoridades. Así, declararon la independencia de Texas en 1836 y anunciaron su anexión a Estados Unidos en 1845, lo que tensionó las relaciones entre los dos países.
La intervención estadounidense en México, una oportunidad de expansión
El Gobierno del demócrata James K. Polk vio en los enfrentamientos en Texas la oportunidad de asegurar una expansión hacia el sur, por lo que decidió mandar tropas al territorio disputado, entre los ríos Nueces y Bravo. México calificó la intervención estadounidense de invasión. El primer enfrentamiento, por tanto, tuvo lugar en abril de 1846 en el Rancho de Carricitos, Texas, donde murieron once soldados estadounidenses a manos de las fuerzas mexicanas. Estas muertes le sirvieron de justificación al Congreso de Estados Unidos, que le declaró la guerra a México el 13 de mayo.
Las tropas estadounidenses comenzaron la invasión en los meses siguientes por distintos puntos, avanzando por tierra desde el norte y bloqueando varios puertos del golfo de México. Durante los dos años que duraría la guerra demostraron su superioridad en batallas decisivas como las de Monterrey o Buena Vista. Por su parte, México encaró el conflicto con un ejército menos preparado y en medio de una inestabilidad política interna que había incluido la declaración de independencia de Yucatán en 1845. Ni siquiera el regreso del exiliado expresidente y general Antonio López de Santa Anna para liderar el ejército logró cambiar la situación, y el país sufrió sucesivos cambios de Gobierno.
Tras el desembarco y la toma de Veracruz, puerto clave en el golfo de México, los estadounidenses avanzaron en batallas como la del Castillo de Chapultepec y tomaron el control de la capital. Derrotados, los mexicanos iniciaron las negociaciones de paz. La guerra se saldó con la muerte de unos 17.000 estadounidenses, la mayoría por enfermedades como la fiebre amarilla, y alrededor de 25.000 mexicanos.
Las cesiones mexicanas de Guadalupe Hidalgo
Finalmente, ambos países, ya presididos por Zachary Taylor y José Joaquín de Herrera, firmaron el acuerdo de paz en Villa de Guadalupe Hidalgo, hoy parte de Ciudad de México, en febrero de 1848. Como lo habían redactado los estadounidenses, México tuvo que ceder sus territorios al norte y noroeste del río Bravo, es decir, más de la mitad del total. Así, Estados Unidos aseguró Texas y se hizo con Alta California y Santa Fe de Nuevo México, que hoy son los estados de California, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y parte de Colorado, Kansas, Oklahoma y Wyoming. A cambio, se comprometió a pagar 15 millones de dólares a los mexicanos por los gastos de guerra.
A pesar de la victoria, la intervención estadounidense en México no contó con el apoyo de toda la sociedad. Los whigs, un partido ya extinto, y republicanos como Abraham Lincoln, acusaron la declaración de guerra de ilegítima e inconstitucional. Además, los abolicionistas consideraban que era una forma de extender la esclavitud que defendían los estados sureños y el Partido Demócrata. El resultado de la guerra ahondó esas tensiones con los estados abolicionistas del norte, que estallarían en la guerra de Secesión de 1861 a 1865.