La guerra que asoló Europa entre 1914 y 1918 había dejado más de diez millones de muertos. Ese coste humano, social y económico reforzó la idea de la paz como el símbolo de un nuevo comienzo. Todas las esperanzas de un mundo mejor se depositaron entonces en la Conferencia de Paz de París de 1919, donde los países vencedores de la Primera Guerra Mundial se reunieron para diseñar las condiciones que la hicieran posible.
La idea de la paz se materializó sobre la base de los Catorce Puntos del presidente estadounidense Woodrow Wilson. Con la democracia, el liberalismo y el capitalismo como ejes, eran una serie de principios para mantener la convivencia pacífica entre los Estados en el nuevo orden internacional de posguerra. A tenor del último punto se crearía una organización internacional, ratificada el 10 de enero de 1920, cuya máxima era mantener la paz: la Sociedad de Naciones.
El sueño de la paz duradera
A su llegada a París en diciembre de 1918, Wilson fue recibido entre vítores y aplausos. La sociedad francesa aclamaba en los Campos Elíseos al primer presidente de Estados Unidos que viajaba a Europa durante su mandato. Con París engalanado con sus mejores trajes y con Wilson al frente de la comitiva estadounidense, el sueño de la paz parecía cobrar vida.
Aunque el idealismo wilsoniano había impregnado la atmósfera de la Conferencia, la realidad era otra. De los más de treinta países participantes, la paz la confeccionó el Consejo de los Cuatro: Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y en menor medida Italia. Reunidos por primera vez en enero de 1919, la Conferencia consiguió superar las desavenencias entre los protagonistas y aunar la seguridad colectiva, el equilibrio de poder y el idealismo de Wilson. El fruto de las negociaciones quedó reflejado en los diferentes tratados de paz que se firmarían con las distintas potencias derrotadas.
El Tratado de Versalles
El primero y más trascendente fue el Tratado de Versalles, que establecía la paz con Alemania. En virtud del acuerdo, Alemania reconoció ser la responsable del inicio de las hostilidades. Por ello, las cláusulas de castigo incluyeron reparaciones económicas, cambios territoriales, restricciones militares y la pérdida de sus colonias, que pasarían a estar bajo la tutela de la Sociedad de Naciones.
Alemania, sin embargo, percibió el Tratado de Versalles como la humillación ante una “paz impuesta”. En el periodo de entreguerras, el sentimiento revanchista caló en la población alemana e impulsaría el ascenso al poder de Adolf Hitler. Asimismo, hubo críticas a la severidad económica del acuerdo, y el delegado británico John Maynard Keynes advirtió sobre sus consecuencias.
El amargo despertar de la Sociedad de Naciones
La primera parte del texto, además, creaba la Sociedad de Naciones. Los 42 países fundadores y los veintiún siguientes que se incorporaron al Pacto entre 1920 y 1937 se comprometían a no recurrir a la guerra ni a la diplomacia secreta, y a regirse según las normas del derecho internacional. Como el principio rector de la organización era mantener la paz, se creó la Asamblea, formada por todos los miembros; el Consejo, con cuatro permanentes y cuatro no permanentes, y el Secretariado, encargado de las tareas administrativas bajo el secretario general, para fortalecer la cooperación entre Estados.
De la mano del Tratado de Versalles, la Sociedad de Naciones entró en vigor el 10 de enero de 1920. En la odisea por establecer un marco multilateral en las relaciones internacionales, sus éxitos se materializaron en el Tratado de Locarno de 1925 y el Pacto Briand-Kellog de 1928, que recogían la voluntad de avanzar hacia la paz en Europa y la renuncia al uso de la fuerza, respectivamente.
Sin embargo, la Sociedad de Naciones no tardó en despertar del sueño wilsoniano. Desde sus inicios tuvo problemas de legitimidad por el rechazo del Senado de Estados Unidos a entrar y por la exclusión inicial de Alemania y la Unión Soviética. Con su potencial socavado de entrada, la Sociedad de Naciones se vio abocada a su final en los años treinta ante la salida de Alemania, Italia y Japón y su creciente militarismo, que desencadenó la Segunda Guerra Mundial. Tras el fracaso que representó la guerra, la Sociedad de Naciones se disolvió en 1946 para dar paso a la Organización de Naciones Unidas.