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El éxodo centroamericano y la caravana de la desesperanza

El éxodo centroamericano y la caravana de la desesperanza
Fuente: Nitish Meena

El 13 de octubre salió de Honduras una caravana compuesta por 160 jóvenes, madres, niños y ancianos que huían de la pobreza, la violencia y la represión política. Buscaban un futuro mejor, con las esperanzas puestas en el norte de América. A medida que avanzaban en su travesía por Guatemala y México, la comitiva fue aumentando hasta llegar a más de 7.000 personas. Ante su inminente llegada a EE. UU., Trump ha amenazado con decretar el estado de emergencia.

La migración a gran escala no es una noticia nueva en América Central. Las guerras civiles en El Salvador y Guatemala en la década de los 80 y la destrucción causada por fenómenos naturales —el huracán Mitch en 1998, el terremoto en El Salvador en 2001 y el huracán Stan en 2005— provocaron un desplazamiento masivo de centroamericanos a EE. UU. En los años siguientes el empeoramiento de la situación de seguridad con la aparición de las maras y el aumento de la violencia causada por la guerra contra el narcotráfico, unido a una muy deteriorada situación económica y política, provocó que la migración irregular de los países del Triángulo Norte aumentara de forma exponencial. El establecimiento de las comunidades migrantes en EE. UU. y la consolidación de sus redes transnacionales de apoyo crearon una dinámica migratoria única.

Para ampliar: “El tapón del Darién, un nuevo desafío migratorio”, Fernando Salazar en El Orden Mundial, 2016

Atravesar México por las rutas migratorias clandestinas entraña un altísimo riesgo. Los cárteles de droga explotan de forma lucrativa la migración irregular a través del secuestro y el coyotaje. Excluidos de la sociedad y sin ningún tipo de protección legal, los migrantes se vuelven un blanco fácil para la extorsión y el abuso de las autoridades migratorias corruptas. Las mujeres son especialmente vulnerables; se calcula que siete de cada diez son violadas durante el tránsito. Por ello, viajar en grandes caravanas proporciona a los centroamericanos una mínima protección frente al tráfico de personas y la extorsión. Desde 2010 la organización Pueblos Sin Fronteras convoca de forma anual una caravana bautizada Viacrucis del Migrante con el doble objetivo de solicitar asilo humanitario en EE. UU. y protestar en contra de la política migratoria estadounidense.

Sin embargo, esta caravana es diferente a las habituales. Fue el propio pueblo hondureño el que se organizó de forma horizontal a través de las redes sociales, sin elegir líderes visibles o portavoces. Esta columna humana ha despertado la compasión de la comunidad internacional y la ira de Donald Trump, que ha atacado a los Gobiernos centroamericanos en un contexto incierto, previo a las elecciones de noviembre.

El engranaje antiinmigrante

La inmensa máquina de control migratorio estadounidense tiene su origen en la reforma migratoria aprobada por Bill Clinton en 1996. Esta reforma incluía leyes de deportación muy rigurosas, que fueron la base para construir la arquitectura migratoria posterior. A pesar de que Trump ya ha hecho suya la lucha antinmigrante, estas políticas de tolerancia cero no llevan su firma.

En el marco de la paranoia producida por los ataques a las Torres Gemelas, en 2003 Bush creó el Servicio de Inmigración y Control de Aduana (ICE por sus siglas en inglés) como parte del Departamento de Seguridad Interna de EE. UU. y le otorgó una combinación única de autoridades civiles y penales con el objetivo de deportar a los inmigrantes indocumentados y proteger mejor la seguridad nacional. Dos años más tarde, Bush puso en marcha la Operación Streamline —‘frontera’—, que cambió la política histórica de “capturar y liberar” a la espera de un juicio individual en un tribunal civil por un sistema de judicialización y deportación masiva mediante tribunales penales. Este cambio de política sobrecargó y ralentizó al sistema judicial, brindó cuantiosos beneficios a las prisiones privadas y criminalizó de manera absoluta a los migrantes.

Ante el acoso expresado por las comunidades organizadas de migrantes y entendiendo su gran potencial político, Obama utilizó una narrativa alejada del discurso antinmigrante y ganó las elecciones de 2008. No obstante, estas expectativas fueron traicionadas: durante sus ocho años de mandato, Obama utilizó el mecanismo de control migratorio creado por sus predecesores para deportar a más de tres millones de personas, más que ningún presidente en la Historia estadounidense, con lo que se ganó el sobrenombre de “deportador jefe”. En 2012 el Gobierno de Obama intentó suavizar el fuerte impacto de las deportaciones masivas en la población cambiando el rumbo de la política migratoria de cara a las siguientes elecciones. Se aprobó la Prórroga de Procedimientos Migratorios para Personas Llegadas en la Infancia —más conocida como DACA—, que permitía permanecer en el país a los indocumentados que llegaron a EE. UU. siendo niños: los llamados dreamers o ‘soñadores’.

Para ampliar: Dreamers, soñadores sin miedo”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2017

La llegada de Trump supuso un giro radical del discurso de la Casa Blanca. Valiéndose de una retórica racista e información falsa —como las referencias al aumento de la delincuencia provocada por la inmigración—, el presidente de EE. UU. buscaba demonizar a los inmigrantes y transformar el miedo social en apoyo al Partido Republicano. Desde el inicio de su gestión, las detenciones y deportaciones de inmigrantes ya asentados en el interior del país se incrementaron drásticamente. Trump inició una campaña contra las llamadas “ciudades santuario” amenazando con quitarles fondos federales si las autoridades seguían negándose a cooperar con el ICE; como colofón, en abril suspendió el estatus de protección temporal —una visa humanitaria expedida en 1999— a 57.000 hondureños.

A pesar de la fuerza de sus amenazas, muchas de sus medidas han sido bloqueadas por el rechazo del Congreso, el sistema judicial y la opinión pública. El Congreso no ha financiado iniciativas presidenciales como la construcción del muro de México y el aumento masivo de contratación de funcionarios fronterizos. De hecho, la Justicia le forzó a rebajar su veto a inmigrantes de países musulmanes y revocó su decisión de anular el DACA. Asimismo, la presión social y el rechazo internacional lo hicieron dar marcha atrás en su política de separación de familias en la frontera.

El éxodo

Desde la década de los 90, Centroamérica ha transformado su estructura económica y su forma de inserción en el mercado mundial. La agroexportación tradicional de algodón, plátano, azúcar y café ha ido perdiendo peso en el mercado internacional en favor de una economía basada en la maquila y la exportación de mano de obra barata. El sistema anterior no era capaz de satisfacer las necesidades de trabajo de la población, que comenzó a migrar para evitar la pobreza y la vulnerabilidad social. En este nuevo contexto de emigración, el envío de dinero de vuelta cobró una importancia especial. El envío de remesas desde el extranjero —una de las principales entradas de divisas al país— permitió a las familias centroamericanas mantener a raya la pobreza. En cierta forma, las remesas actúan como un sistema de ajuste ante los desequilibrios del sistema económico y político dando la falsa ilusión de aliviar las brechas sociales.

La migración centroamericana se ha convertido en un fenómeno estructural fruto de un modelo económico desigual y unas instituciones políticas corruptas, y el clima de violencia social y inseguridad en Honduras acelera los flujos de migración. Las deportaciones masivas ordenadas desde Washington no solo no solucionan nada, sino que profundizan aún más el problema: miles de indocumentados volverán a sus países de origen sin trabajo y las familias que subsistían gracias a las remesas extranjeras se quedarán sin fuente de ingresos. La pobreza aumentará y, consecuentemente, la violencia, lo cual iniciará un nuevo ciclo. Las amenazas de Trump de militarizar la frontera y terminar con los fondos de financiación a los países del Triángulo Norte son intentos burdos de solucionar un problema estructural de manera superficial.

Con las elecciones a mitad de mandato cada vez más cerca, Trump se ve en la necesidad de sacar músculo frenando de manera contundente la caravana de migrantes para demostrar que sus políticas están siendo eficaces. México, su aliado regional histórico en esta materia, está fuera de combate por el momento: a pesar de que Peña Nieto sigue siendo el presidente en funciones y ostenta el poder ejecutivo, el recién elegido López Obrador tiene toda la fuerza del poder mediático y ha ofrecido un discurso alternativo a Trump en defensa de los derechos humanos y prometiendo visas de trabajo a los inmigrantes.

Una nueva caravana de mil migrantes salió hace pocos días desde Honduras con la intención de unirse a su hermana en México. El término “crisis humanitaria” resuena cada vez más en los medios e incomoda al régimen hondureño, que a duras penas ha podido defenderse asumiendo la tesis del vicepresidente de EE. UU. de que la migración estaba provocada por grupos de extrema izquierda. La negación de la crisis y la falta de soluciones complejas vaticinan un futuro negro para Honduras, que ve cómo su pueblo huye de la tierra donde nació.

Para ampliar: “Vientos caprichosos en Centroamérica”, María Canora en El Orden Mundial, 2018