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Parecía que estábamos en otra época cuando la OTAN, en su cumbre de Madrid en junio, calificó a Rusia como su “amenaza más significativa y directa”. Meses antes, la invasión a Ucrania había hecho que Estados Unidos y sus aliados dejaran definitivamente de ver al Kremlin como un socio con el que cooperar en asuntos de seguridad y volvieran a considerarlo un enemigo. Algunos analistas sostienen incluso que Washington y Moscú están librando una nueva Guerra Fría.
Por ello, periodistas e investigadores estadounidenses abogan por que la Casa Blanca retome la estrategia de contención con la que derrotó a la Unión Soviética. Esta consistiría en impedir la expansión territorial de Rusia a base de apoyo militar al Ejército ucraniano, sanciones económicas y aislamiento diplomático. Sin embargo, el mundo actual tiene poco que ver con la Guerra Fría: Rusia ya no representa una amenaza existencial para Estados Unidos, su economía está más integrada en el sistema internacional y cuenta con aliados poderosos, como China. Así que tratar de aislarla no solucionará el conflicto en Ucrania.
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