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Se abren los centros de votación y las redes sociales se inundan con el hashtag #VoteForPakistan —‘Vota por Pakistán’—. El clima es tenso. En las últimas semanas, varios altercados se han llevado la vida de cientos de personas; el más intenso, cerca de Quetta, capital de la provincia de Baluchistán, en la frontera con Afganistán: un ataque suicida dejó al menos 149 muertos en un mitin político. El candidato que presidía el evento también murió. La jornada electoral abría con otros 31 fallecidos en un atentado también reivindicado por el Dáesh.
Para ampliar: “Baluchistán, 70 años de lucha por la independencia”, Alba Serrano en El Orden Mundial, 2017
Es la segunda vez que Pakistán completaría la transición pacífica de un Gobierno civil a otro en toda su Historia. No obstante, en un país donde el metrónomo de la política ha sido el Ejército, hay indicios de que este lleva años ayudando al debilitamiento del poder civil. A su vez, los partidos con mayor tradición en el juego de la política nacional están dirigidos por grandes familias locales: los Bhutto en el Partido Popular Pakistaní y los Sharif en la Liga Musulmana.
La caída de los Sharif
Los Sharif y los Bhutto han controlado la escena política durante décadas. Sus mandatos han terminado prematuramente por golpes de Estado de una cúpula militar insatisfecha con el rumbo del país. Fuente: BBC
En Pakistán hay dos elementos que vigilan la viabilidad del poder y que son el factor común de las caídas y subidas de los distintos grupos al Ejecutivo: el establishment militar, que por medio de los continuos golpes de Estado han continuado demostrando su poder, y las relaciones con la India. Los conflictos fronterizos, además de la continua carrera armamentística entre ambas potencias nucleares, los convierten en enemigos no dispuestos a entenderse a pesar de la obligada interconexión en el sistema globalizado.
En vísperas del nuevo siglo, un golpe de Estado mandaba al exilio a Nawaz Sharif, cuyo retorno en 2013 lo convirtió...
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