En 2014, tras la anexión rusa de Crimea, la Unión Europea, EE. UU. y Canadá iniciaron una serie de sanciones contra Rusia —a las que el Kremlin respondió con contrasanciones a los productos occidentales— que supusieron una conmoción en el país euroasiático. Lo que en un primer momento pareció un suicidio económico envuelto en la bandera nacionalista puede llegar a convertirse en la oportunidad de Rusia para volver a ser una potencia industrial y un error de cálculo para Occidente.
Mientras las sanciones económicas que inició Europa se centraron en sectores clave como el de la tecnología extractiva, la defensa o el financiero y en personas y empresas concretas con poder en el Kremlin, las rusas cayeron sobre la práctica totalidad de las importaciones de alimentos. Los grandes perdedores han sido los productores europeos, necesitados de encontrar nuevos mercados, y los consumidores de clase media-alta rusos, necesitados de otros proveedores. Sin embargo, estos últimos los tienen en su propio país.
El valor de las exportaciones rusas se redujo entre 2013 y 2015 un 37,5%, mientras las importaciones lo hacían otro 43%, manteniendo una balanza comercial positiva de 132.000 millones de dólares. Un impacto similar al de la crisis financiera de 2008.
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