El 30 de diciembre de 2018 la República Democrática del Congo (RDC) celebraba unas muy ansiadas elecciones, pues han supuesto el primer traspaso democrático de poder en el país desde su independencia de Bélgica en 1960. Oficialmente, el ganador ha sido Felix Tshisekedi, hijo de un respetado político opositor fallecido en 2017. Pero las elecciones, lejos de traer estabilidad a la RDC, han desatado numerosas críticas; las irregularidades en las elecciones fueron evidentes y todo movimiento parece orquestado por su presidente, Joseph Kabila.
Para empezar, las elecciones deberían haber tenido lugar en 2016, pero la Comisión Electoral Nacional (CENI) —supuestamente independiente— anunciaba que tenían que posponerse por falta de recursos económicos y retrasos en el cuento del censo. Kabila, que llevaba en el poder desde la muerte de su padre en 2001, pasaría a gozar —con el apoyo del Tribunal Constitucional— de dos años más de poder. Cuanto más tiempo pasaba en el poder, más demandaban los congoleses y la comunidad internacional un cambio.
Así, a principios de 2018, Kabila anunciaba que se comprometía a organizar elecciones democráticas ese año, pero, tras 18 años como presidente, no iba a dejar de disfrutar del poder antes de lo necesario. Las elecciones se fijarían apenas una semana antes de que terminase el año: el 23 de diciembre. En agosto, Kabila informaba por fin de que no se presentaría a las elecciones para ceder el testigo a otros candidatos. Aunque esta noticia era percibida como un acercamiento del país hacia la democracia, los planes de Kabila tras esta decisión se desvelaban rápidamente.
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