Política y Sociedad Oriente Próximo y Magreb

El feminismo árabe contra el patriarcado mundial

El feminismo árabe contra el patriarcado mundial
Mujer con hiyab. Fuente: Pxhere.

Las primaveras árabes dieron visibilidad a los movimientos feministas del mundo árabe, pero esto no fue más que un periodo dentro de una larga tradición de lucha por la igualdad que comenzó, al menos, en el siglo XIX.

La mujer árabe ha sido tradicionalmente vista como víctima de una sociedad acusadamente machista en la que su capacidad de acción y su voz quedan anuladas. Esta estigmatización de la mujer árabe llevó a que la participación femenina en las llamadas primaveras árabes se mirase con estupefacción y llenase portadas de periódicos y titulares. Sin embargo, el movimiento en defensa de los derechos de la mujer y su liberación en la región es bastante más antiguo. Este nació en Egipto y los actuales Siria y Líbano a principios del siglo XIX, lo que convierte las primaveras en una fase más dentro de la dilatada tradición feminista de la región. La peculiaridad de este periodo reside en que ha hecho testigo al resto del mundo de cómo estas mujeres han tomado la iniciativa en la lucha por la igualdad y han favorecido su visibilización. Además, las primaveras dieron luz a toda una serie de redes de mujeres que traspasan fronteras, lo que favorece su empoderamiento y solidaridad en un contexto patriarcal y discriminatorio local, pero también mundial.

El feminismo en el mundo árabe

Durante la segunda mitad del siglo XIX, surgió en Egipto la Nahda o renacimiento cultural árabe, que propugnaba una identidad nacional laica y rechazaba tanto el colonialismo europeo como la dominación otomana. No de manera casual, sería dentro de este contexto histórico y en este país donde culminaría a principios de la década de 1920 la movilización feminista que se venía forjando desde el siglo XIX. La importancia de este movimiento puede verse plasmada en la obra escultórica El despertar de Egipto (1928); seis años antes de que el Gobierno encargase su construcción, Egipto había conseguido su independencia de Gran Bretaña, y con esta obra el nuevo país quedaba representado por una esfinge y una figura femenina que se levantaba el velo como símbolo de la liberación y despertar de la nación. El conjunto escultórico se construiría en la plaza de la Estación y sería la primera impresión que se llevarían de Egipto aquellos que llegasen al país en tren, el nuevo modelo de transporte que miraba hacia el futuro. Además, el trabajo del su creador, Mahmud Mujtar, sería apoyado en sus inicios por las conocidas como “Damas de El Cairo”, un conjunto de mujeres implicadas en la causa nacional y feminista, lo que invita a reafirmar la relación entre esta obra y la oleada feminista del momento.  

El despertar de Egipto, de Mahmud Mujtar, en la plaza Bab al Hadid, frente a la estación central de trenes de El Cairo. Fuente: Instituto Nacional de Historia del Arte

El hecho de que este primer feminismo secular encontrase su epicentro en Egipto, centro de gravedad árabe y lugar de origen del Nahda, determinaría su desarrollo y evolución. Así lo demuestra su estrecha vinculación con el nacionalismo árabe, una corriente cultural y política en auge durante las décadas de 1940 y 1970 de la que, una vez más, Egipto sería el máximo exponente.

La egipcia Huda Shaarawi se convertiría en el símbolo de esta primera etapa. Perteneciente a la burguesía, de nivel cultural elevado e ideología progresista, trazó las bases del feminismo en el mundo musulmán y protagonizó uno de los acontecimientos más simbólicos en 1923 cuando, a su regreso del Congreso Feminista de Roma, se quitó el velo en la estación ante la multitud. Shaarawi luchó por la educación de las mujeres y su actuación pública y consiguió logros como el permiso para celebrar reuniones de mujeres en la Universidad Egipcia, la fundación de la Asociación Intelectual de Mujeres o la movilización de mujeres para reclamar la independencia. También fundó la primera organización política de mujeres de la región: el Comité Central de Mujeres del Partido Wafd —partido progresista de gran relevancia en el país durante los años 20 y 30—. Otro de sus logros fue la creación de la primera organización feminista de Egipto, la Unión Feminista Egipcia, para reivindicar el voto femenino, mejoras educativas para las mujeres, acceso al mundo laboral, prevención de la poligamia y el incremento de la edad de matrimonio en las niñas, entre otras.

Para ampliar: “La poligamia en el mundo araboislámico”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2016

Los primeros logros de estas movilizaciones serían en los ámbitos laboral y educativo. Sin embargo, el sistema buscaría impedir su expansión a otras esferas; cuestiones como la ausencia de derecho a voto y la discriminación en el Derecho de familia serían la herramienta idónea. Estas barreras se irían superando poco a poco, especialmente durante la época dorada del nacionalismo —años 60-70—. El problema era que, de manera paralela a las concesiones otorgadas por parte los distintos regímenes al movimiento feminista, este sufriría un debilitamiento. Aquí Egipto vuelve a presentarse como un claro ejemplo, pues el régimen de Náser favoreció la cooptación del movimiento imponiendo un “feminismo de Estado” y la encarcelación de mujeres como Zaynab al Gazzali, fundadora de la Asociación de Damas Musulmanas.

A partir de los años 70, las sociedades y los Estados árabes sufrirían un progresivo giro ideológico hacia el conservadurismo. Este vendría motivado por una serie de acontecimientos, entre los que se encuentran, por un lado, la victoria de Israel en la guerra de los Seis Días (1967) y el consiguiente fracaso del proyecto panarabista, es decir, de la unidad de todos los pueblos árabes, y, por otro lado, el enriquecimiento de los países del Golfo, que aprovecharían las necesidades económicas y el descontento popular presente en diversos Estados árabes para difundir un modelo de islam tradicional de corte conservador.

Cronología del movimiento feminista árabe a lo largo del siglo XX.

A pesar de las dificultades, puede decirse que hasta entonces la lucha feminista había avanzado. El número de egipcias universitarias aumentó, se consiguió el derecho a voto y a elección en el país y, por primera vez, una mujer fue nombrada ministra en Egipto. Pero el aumento del discurso islamista y la reislamización de las sociedades supondrían un nuevo obstáculo en el camino hacia la igualdad, ya que los movimientos islamistas promoverían acciones como el desalojo de las mujeres de la esfera pública o el control de su presencia en lo público.

Sería en este contexto cuando nacería el otro gran movimiento feminista de la región, más vinculado a la religión, en la década de los 90 —el feminismo islámico—, del que Amina Wadud se convertiría en una de las principales representantes. Doctora en Estudios Islámicos y profesora en la Universidad de Míchigan, esta afroestadounidense se convirtió al islam en los 70, durante su periodo universitario. Además, escribió una de las obras esenciales del feminismo islámico, El Corán y la mujer, y fundó la organización Hermanas en el Islam, encargada de la promoción de los derechos de la mujer en el islam. Pero lo que llevaría a Wadud a convertirse en un personaje no solo conocido, sino mediático, serían su activismo y la defensa del imanato femenino, es decir, la dirección femenina de la oración, especialmente a partir de su dirección del rezo en Nueva York y Barcelona

Para ampliar: “Feminismos islámicos”, Zahra Ali, 2014

Feminismos secular e islámico: ¿condenados al conflicto?

El feminismo secular y el feminismo islámico son los dos movimientos que han marcado la Historia feminista en la región. El primero nació en Egipto para después expandirse a otras áreas de la región. Era de un marcado carácter burgués e ilustrado y acogía en su seno a mujeres de distintas religiones. Organizado sobre la base de un discurso nacionalista, históricamente ha defendido la igualdad de la mujer en la esfera pública y la complementariedad de los roles de género en la privada. Así, aunque defendía la igualdad de género, aceptaba las diferencias en el ámbito doméstico, pues las consideraba una esfera propia de la tradición religiosa.

Por su parte, el feminismo islámico nació al mismo tiempo en el mundo árabe y en Occidente —debido al crecimiento de las sociedades musulmanas—, con lo que se trata de un movimiento mundial. Se centra en la lucha por la igualdad en los ámbitos público y privado y entiende que esta no pasa por abandonar la cultura propia para adquirir valores occidentales. Defiende que hay que volver al islam, pero deshaciéndose de las interpretaciones patriarcales que han dominado la religión a lo largo de su Historia. Por tanto, su objetivo fundamental es deconstruir las interpretaciones patriarcales de los textos religiosos y reinterpretarlos. Junto a ello, busca terminar con la idea del islam como machista y de las musulmanas como sujetos pasivos.

Para ampliar: “Feminismo islámico: una hermenéutica de liberación”, Vanessa Rivera de la Fuente, 2014

La relación de estos feminismos ha estado tradicionalmente marcada por la confrontación: mientras que de un lado se defiende la relación entre feminismo e islam como una contradicción, del otro se cree que se trata de un feminismo importado de Occidente que deja de lado los valores y la cultura del islam. Sin embargo, avances como la reforma de la Mudawana —ley musulmana de familia en Marruecos—, resultante del acuerdo entre feministas seculares e islámicas sobre una agenda feminista común, indican un acercamiento y demuestran que no se trata de movimientos opuestos, sino capaces de complementarse y reforzarse mutuamente.

Junto a estos dos feminismos, se encuentran otros movimientos, como los de aquellas mujeres que, sin conocimiento ni experiencia feminista previa, han protagonizado acciones que las han hecho cuestionar las normas de género. Además, todo parece apuntar al nacimiento de una nueva corriente feminista basada en la familia en algunos países del Golfo que, con el fin de expandir y exportar su ideología, parecen alinearse con el reconocimiento de los derechos de las mujeres basados en la sharía —ley islámica— y el papel de ellas en la familia. Este movimiento debe enmarcarse en un momento en el que los Estados están fuertemente influidos por las dinámicas mundiales y con un determinado modelo para obtener la legitimidad internacional que otorga cada vez más importancia al empoderamiento y la igualdad de derechos de las mujeres. Baréin y Arabia Saudí pueden servir de ejemplo para ilustrar esta tendencia: en ambos países la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo están apoyando un proceso democrático y modernizador que, en el campo de los derechos de las mujeres, implica su vinculación a la familia y, por tanto, no las considera sujetos independientes.

Las primaveras árabes, una nueva etapa en la lucha de la mujer

Durante las movilizaciones de 2011, el activismo feminista tuvo que enfrentarse a la agresiva respuesta de algunos Gobiernos, por la que la intimidación sexual se convirtió en una práctica extendida. El caso más destacado fue el duro ataque del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas de Egipto mediante la imposición de pruebas de virginidad y la violencia contra las mujeres entre febrero de 2011 y mediados de 2012. Esta estrategia buscaba demostrar la vulnerabilidad femenina ante la violencia militar, generar miedo y provocar la retirada de las mujeres. No obstante, también hizo del cuerpo de la mujer un símbolo de lucha y, en contra de lo esperado, provocó que la tradicional relación entre vergüenza y violación comenzase a desdibujarse.

Lo significativo de este periodo es que las mujeres no solo se unieron a las demandas comunes de justicia, igualdad ciudadana y derechos fundamentales, sino que incluyeron cuestiones de género, ofrecieron resistencia y lucharon por su permanencia en el espacio público, incluso cuando esto conllevara un coste personal. Un triunfo que tiene nombre y apellidos, como el de la activista Samira Ibrahim, quien, ante la prueba de virginidad, decidió desafiar a la fuerza militar demandando al médico y difundiendo su caso tras su absolución. A actos personalizados como el de Ibrahim se suman acciones colectivas como el movimiento femenino convocado tras el ataque y humillación de una joven despojada de su camiseta y arrastrada por la calle vistiendo únicamente un sujetador o la organización de mujeres en grupos como OpAntiSH —acrónimo en inglés de Operación Anti Acoso Sexual—.  

Otro triunfo fue la unificación de movimientos de mujeres diferentes bajo una acción común: la defensa de la igualdad de derechos, dignidad y justicia para mujeres y hombres. Esta diversidad desafiaba la visión feminista hegemónica, en la que las mujeres son vistas como un grupo homogéneo, sin tener en cuenta cuestiones como la desigualdad de oportunidades y las estructuras sociales, y la invalidaba como única vía para el cambio. Además, facilitaba la aceptación de un feminismo islámico en un contexto en el que el islamismo moderado cuenta con un importante apoyo popular. Esta unión de mujeres pertenecientes a distintos feminismos iría acompañada de la creación de nuevas organizaciones y redes feministas que traspasarían fronteras, hasta el punto de que las mujeres árabes serían vistas desde Occidente como una referencia. Un cambio que podría significar el inicio del fin de un manido estereotipo: el de la mujer árabe oprimida frente a la liberada mujer occidental.

El carácter mundial de estos movimientos no es nuevo; ya existía en los años 90 y principios del siglo XXI. La novedad es que los movimientos feministas transnacionales que nacen en 2011 en el mundo árabe carecen de jerarquías y liderazgo. Además, cuentan con la ayuda de las nuevas tecnologías de la comunicación en lo relativo a cooperación y, por tanto, progresos.

Durante las primaveras árabes, los avances feministas más significativos han estado más relacionados con cambios en la mentalidad y en la concienciación social de las mujeres que con avances en materia de derechos y representación. Al igual que ocurría durante los procesos de independencia, en los que, pese a su participación, las mujeres no tuvieron la oportunidad de influir en los nuevos regímenes y ver reconocidos sus derechos, tras las primaveras la representación política de las mujeres en los consejos de transición y Parlamentos resultantes no fue esclarecedora.

Evolución del porcentaje de parlamentarias en Marruecos, Jordania, Túnez y Egipto.

Los resultados serían distintos según el país y el contexto previo a las movilizaciones en cada uno de ellos. Marruecos y Túnez contaban con un contexto previo favorable, que se vería reflejado tanto en los movimientos primaverales de mujeres como en las políticas de género derivadas de ellos. Por el contrario, en Egipto, Baréin, Libia, Yemen y Siria el escenario prerrevueltas facilitó que el proceso primaveral quedase ahogado por regímenes autoritarios presididos por el militarismo y la hipermasculinidad, con retrocesos incluso en cuestiones de género.

Las estructuras patriarcales, el enemigo principal

Los feminismos del mundo árabe tienen personalidad propia y parecen estar buscando la cooperación y el entendimiento para alcanzar un objetivo común: la igualdad entre mujeres y hombres. En este escenario, el feminismo islámico es un movimiento en auge que hace tambalear los cimientos de la asumida incompatibilidad entre feminismo e islam, lo que convierte las élites y estructuras patriarcales en el enemigo del progreso de la mujer.

Hoy en día, en la región parece estar produciéndose un conflicto entre la tendencia al reconocimiento de la igualdad de las mujeres a escala mundial y las estructuras patriarcales arraigadas en ella. Estas se escudan en el islam para justificar sus acciones y ocultar su objetivo, que no es otro que el mantenimiento del statu quo y, por tanto, de su situación de poder. En este contexto, el creciente diálogo entre feministas seculares, islámicas y grupos feministas occidentales es una dinámica que se manifiesta en las redes feministas transnacionales.

La inclusión y el reconocimiento de la diversidad feminista son condiciones necesarias para alcanzar la igualdad de género a escala mundial, y en esto las primaveras árabes suponen una lección. Las revueltas han fomentado la unión de las mujeres y acelerado la caída o, al menos, agudizado la amenaza contra la estructura patriarcal bajo la que se encuentran sometidas, tanto en un contexto local como también mundial.

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