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Boris Johnson es uno de los políticos británicos más polémicos de la historia reciente. Cuando justo antes de las Navidades de 2020 el primer ministro impuso restricciones para impedir una nueva ola de contagios de covid-19, consiguió incluso que algunos medios le compararan exageradamente con uno de los grandes villanos de Gran Bretaña: sir Oliver Cromwell. Este personaje es recordado por su crueldad y fanatismo religioso pero, sobre todo, por aprobar el que quizá sea el veto más surrealista de la historia del país: la prohibición de las fiestas navideñas.
A rey muerto, rey puesto
El Reino Unido actual se parece poco al país de mediados del siglo XVII. Entonces gobernaba Carlos I, un rey absolutista capaz de disolver el Parlamento por mero capricho cada vez que discutía con los miembros de las Cámaras. Lo hizo hasta tres veces, y la última gobernó sin el apoyo del Parlamento durante once años, los llamados “Once años de tiranía”. No es de extrañar que estallara una guerra civil entre realistas y rebeldes que terminó con el rey guillotinado en 1649.
La Navidad, el negocio más grande del año
Tras la ejecución de Carlos se instauró una república bajo el nombre de Mancomunidad de Inglaterra. Uno de los miembros del nuevo Gobierno era el comandante Oliver Cromwell, un respetado militar famoso por su crueldad en las polémicas campañas contra los católicos en Irlanda. Cromwell pasó a liderar el Gobierno en 1653, cuando fue nombrado Lord Protector de la Mancomunidad, pero muy pronto empezó a comportarse como el antiguo rey: no tardó en disolver el Parlamento y militarizar el país, convirtiéndose en un dictador recordado sobre todo por su fanatismo puritano.
Y sin embargo una de las medidas más famosas que se le atribuyen, la prohibición de las celebraciones navideñas, no fue iniciativa suya. Los puritanos como Cromwell pensaban que el significado de la Navidad se había pervertido por los villancicos, la decoración ostentosa y las fiestas r...
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