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“Como el vodka y el caviar”. Así definió el entonces presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, la relación entre Rusia y la Unión Europea en 2003. El político italiano usó esas palabras ante los periodistas después de reunirse con el mandatario ruso, Vladímir Putin, en una cumbre en San Petersburgo para conmemorar el tricentenario de la fundación de la ciudad. Pero sus declaraciones iban más allá de la buena sintonía que existía entre Moscú y Bruselas.
El vodka se ha convertido en un símbolo de Rusia a lo largo de la historia. Durante siglos, ha determinado las relaciones sociales y el autoritarismo en el país. Su influencia alcanzó tal punto que el escritor Víktor Erofeyev lo definió como “el Dios ruso”. Esa importancia no ha sido ajena a sus líderes políticos. Desde Iván el Terrible hasta Putin, todos lo han usado para reforzar su poder y las finanzas nacionales. Ante todo, el vodka les ha servido como herramienta diplomática para fortalecer la posición internacional de Moscú.
El nacimiento imperial de la diplomacia del vodka
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