La diplomacia saudí de “Plata o plomo”

La política exterior de Arabia Saudí adolece de los problemas que caracterizan a un Estado joven y muy patrimonializado por la casa Saúd. El maná del petróleo tampoco ha ayudado a desarrollar una diplomacia basada en la negociación, sino que ha malacostumbrado al reino a una lógica de que puede hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera.
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La diplomacia saudí de “Plata o plomo”
Mohamed bin Salmán y Donald Trump se reúnen en el Despacho Oval. Fuente: Casa Blanca

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La juventud de Mohamed bin Salmán, príncipe heredero y ministro de Defensa saudí, es un buen reflejo de la línea política que está marcando el reino en la región: impulsiva, errática y en cierta forma pasional. En los últimos años Arabia Saudí ha llevado a cabo acciones enormemente contundentes, por no decir agresivas, contra otros países en distintos terrenos y que en muchos casos se han saldado con importantes fracasos, lo que evidencia una política exterior preocupantemente poco cuidada en relación con el peso geopolítico del país árabe.

Uno de los terrenos en los que mayores logros —y confrontaciones— ha cosechado el reino del desierto es en el económico. Gracias a la extracción de petróleo durante décadas, el país ha ido acumulando numerosos activos y cantidades de dinero gigantescas que ha invertido, en muchos casos, para acabar atando económicamente a sus socios y generar dependencias que, en un aspecto netamente monetario, no son rentables.

La industria armamentística estadounidense es uno de los casos más evidentes. El reino lleva décadas de acuerdos comerciales con EE. UU. por cifras astronómicas a pesar de que Arabia Saudí no tiene en muchos casos necesidad y ni siquiera capacidad de utilizar ese armamento. Fue precisamente este país el primero que decidió visitar Donald Trump tras su investidura presidencial para cerrar un jugoso contrato armamentístico por valor de 110.000 millones de dólares. Con estas inversiones masivas, Arabia Saudí adquiere un valor inmaterial como es el favor político de a quienes compra. De la misma manera, se envía un mensaje contundente: quien no quiera dar ese apoyo se expone a la retirada de los acuerdos comerciales o las inversiones saudíes.

España conoce bien esta lógica: Riad amenazó con cancelar un contrato de 1.800 millones de euros —cinco corbetas— si Madrid no cumplía con la entrega de un armamento cuyo valor era de algo más de 9 millones. El Gobierno español acabó cediendo. El que sí pagó el precio fue Canadá, que en agosto de 2018 recriminó a Arabia Saudí su escaso respeto a los derechos humanos. La respuesta del reino árabe fue clara: cancelar acuerdos comerciales y financieros con el país norteamericano y repatriar a cerca de 7.000 estudiantes saudíes que estaban formándose en Canadá.

No obstante, esta no es la única vía económica por la que Arabia Saudí defiende sus intereses. Tras las oleadas de inestabilidad provocadas por las revueltas árabes en 2011, la caída de Mubarak, el auge y posterior desalojo del islamista Mohamed Morsi y la llegada —vía golpe de Estado— del actual presidente Al Sisi, Egipto quedó económicamente al borde del colapso. En ese momento, Arabia Saudí se ofreció al general presidente para sostener las finanzas de la república y el suministro energético. La casa Saúd se anotaba así un tanto geoestratégico de importancia: un rival histórico en la región como era Egipto quedaba a su merced y alineado con sus intereses al tiempo que evitaba que los Hermanos Musulmanes —el principal partido islamista del mundo árabe— se hiciesen con el control de un país que triplica en población al saudí.

Para ampliar: “El invierno egipcio”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2017

A cambio del apoyo de los Saúd, Egipto debía pagar su particular peaje para demostrar la lealtad con la cesión de las islas estratégicas de Tirán y Sanafir, un duro golpe contra el nacionalismo egipcio, que considera ambos territorios una parte irrenunciable y natural de su soberanía nacional. Tal fue el nivel de disenso con aquel acuerdo que en la monolítica dictadura de Al Sisi el Parlamento y algunos tribunales se pronunciaron en contra de la decisión, amén de numerosas protestas en la calle.

Pero no en todos los sitios se puede generar una dependencia económica que asegure lealtades. En ese sentido, cabe reconocerle a Arabia Saudí cierta capacidad de adaptación a los contextos o características de aquellos a quienes quiere atraer, independientemente de que sus formas no sean las más suaves. Por eso el reino saudí también recurre a estrategias de tipo cultural. Con el argumento de estrechar lazos y fomentar el islam en países de mayoría musulmana o donde existen importantes minorías, la monarquía se ha ofrecido a construir y financiar mezquitas sobre las que se reserva el derecho de nombrar imanes. Allí acaba enviando clérigos que profesan y pregonan el wahabismo, la rigorista visión islámica que mantiene el equilibrio político-religioso en el reino y la legitimidad de la casa Saúd. La contrapartida de esta estrategia, que ha causado numerosos problemas tanto a los países receptores como a la propia Arabia Saudí, es la radicalización de numerosos fieles en esas mezquitas, lo que se ha traducido a menudo en atentados o giros conservadores.

Para ampliar: “Bélgica, corazón del yihadismo europeo”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2017

La lógica estratégica saudí tiene en la actualidad un objetivo claro: confrontar la influencia iraní en la región. Cualquier perturbación de sus intereses regionales o de su propia estabilidad nacional lleva a contundentes jugadas con el fin de preservar este equilibrio o que la balanza se decante a su favor. Arabia Saudí ha encontrado en el uso de la fuerza la forma de llevar a cabo los reequilibrios en su espacio más próximo, impulsados también por un vecindario de países pequeños y claramente más débiles.

La confrontación entre Arabia Saudí e Irán marca buena parte de la geopolítica de Oriente Próximo, aunque en los últimos tiempos Turquía se ha sumado de forma más discreta.

Cuando las revueltas árabes llegaron a Baréin en 2011, la monarquía del pequeño reino estuvo a punto de colapsar. Temerosa de caer del poder, pidió ayuda al Consejo de Cooperación del Golfo. Los Saúd concluyeron que el efecto dominó era posible, además de que la diminuta isla pasase a la órbita iraní, por lo que junto a Emiratos Árabes decidió intervenir, sofocar mediante la fuerza las revueltas y devolver la estabilidad a la corte de Manama. Este constituye el ejemplo más claro del éxito de esta política exterior saudí: sofocar las revueltas en un país de 1,25 millones de habitantes y ligeramente más extenso que la ciudad de Madrid.

El resto de las intervenciones han sido clamorosos fracasos: en Siria el apoyo a grupos yihadistas no ha resultado en su victoria; en Yemen se han visto empantanados en una guerra que parece imposible de ganar dada su incapacidad militar; trataron de forzar un Gobierno afín —o impedir uno contrario— en Líbano reteniendo al primer ministro Hariri, lo que podría haber derivado en una nueva guerra civil libanesa o incluso a escala regional… Y todo esto sin olvidar el bloqueo a Catar, una maniobra tan contundente como ineficiente: el pequeño emirato pasó a depender de Turquía y, lejos de amedrentarse, se ha alejado más de los intereses saudíes. En definitiva, toda una colección de sobreactuaciones que no han añadido confianza en las futuras maniobras del reino.

Bien es cierto que la casa Saúd se ha vuelto, en cierta medida, rehén de su propia estrategia. La realpolitik saudí tiene dos carencias claves. En primer lugar, no saben actuar de otra manera; la extrema abundancia en la que se han movido durante décadas los ha acomodado excesivamente en una lógica de que el dinero abre cualquier puerta, sin avanzar en otras visiones o en la concepción más tradicional de la diplomacia como juego de negociaciones entre bambalinas. Sus excesos militares también son peligrosos para ellos mismos: dado que todo se basa en demostraciones de fuerza e imposiciones, parece que no se contempla que, en una situación de crisis, se pueda desescalar o incumplir las amenazas, ya que transmitiría una imagen de debilidad que no se puede permitir. Se entienden así los recelos que suscitan los comentarios relacionados con un futurible arsenal nuclear de los Saúd. Puede que no sea la herramienta más deseable que deberían tener entre manos.

Fernando Arancón

Madrid, 1992. Director de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Especialista y apasionado de la geopolítica.