Entre un Hariri como primer ministro de Líbano hay exactamente cuatro años, precisamente los que transcurren desde que Rafic Hariri fuese asesinado en las calles de Beirut con un coche bomba en 2005 y el nombramiento de su hijo, Saad Hariri, en 2009. La muerte del primero —un atentado con más sombras que luces del que se presupone autor a Hezbolá con el apoyo de los servicios secretos sirios— dio lugar a la llamada Revolución de los cedros, que en muchos aspectos supuso un antes y un después para el magullado país levantino. El segundo, sin embargo, ha navegado durante su corto mandato en las turbulentas aguas de la política interna y exterior libanesa a merced de la parálisis en la que se mantiene el país y rehén —en sentido literal— de los vaivenes que impone el belicoso contexto regional de Oriente Próximo.
A pesar de todo ello, Líbano consiguió este pasado domingo celebrar unas elecciones legislativas, un hito no por venir de un pasado autoritario —el país tiene unos estándares democráticos aceptables considerando la situación regional—, sino por las trabas, miedos, alianzas, cálculos y consecuencias imprevisibles que tienen unos comicios en el Estado libanés. No es para menos: no se celebraban elecciones desde 2009 y el Parlamento prorrogó en sucesivas ocasiones su mandato al tiempo que los países árabes se incendiaban bajo el argumento —bastante fundado— de que un resultado controvertido podía desestabilizar el país que desde hace décadas camina cual funámbulo sobre el alambre de Oriente Próximo, por el momento con bastante más suerte que muchos de sus vecinos.
Otra cuestión relacionada es que a la mayoría de los grupos no les convenía abordar un debate —cuya antesala son las legislativas— como es el del sistema político libanés y el censo electoral. El país levantino basa su reparto de poderes en favor de un equilibrio confesional. Históricamente, hubo un balance demográfico entre cristianos maronitas, musulmanes suníes y musulmanes chiíes, y con el fin de que todos tuviesen una representación sustancial la cúpula del Estado se troceó haciendo honor a estos equilibrios: la presidencia para un cristiano maronita, la jefatura del Gobierno para un musulmán suní y la presidencia del Parlamento para un musulmán chií. Sin embargo, el tiempo y la biología han acabado por alterar las proporciones demográficas y hoy, por ejemplo, los musulmanes son sustancialmente más numerosos que los cristianos. A pesar de que esta cuestión es un secreto a voces, el último censo oficial data de 1932 y no se ha renovado para no evidenciar los cambios y, por tanto, tener que repensar todo el sistema político. Líbano es de porcelana; mejor no tocar demasiado el sistema.

No obstante, se daba por sentado que con unas nuevas legislativas se desbloquearía la cuestión de un nuevo censo o, al menos, su debate. Pero esa es una cuestión que Líbano tendrá que afrontar en un futuro indeterminado. Hoy, por desgracia, tiene otras cuestiones más apremiantes.
La primera es la victoria de Hezbolá. El ‘partido de Dios’, con tantas ramificaciones entre la política, la insurgencia y el Estado paralelo, supone uno de los grandes factores de desestabilización que Líbano ha tratado de evitar de todas las formas posibles. Este partido no tiene ni mucho menos asegurada la formación de Gobierno —el Parlamento libanés es, por norma, muy atomizado, y a ello se le unen las alianzas confesionales—, pero sí supone un aumento del poder del grupo en el país, lo que lo hace más proclive a llevar a Líbano hacia el eje Teherán-Damasco. Este movimiento no solo se vio inasumible para Arabia Saudí, que trató de forzar la dimisión de Saad Hariri en una burda operación mientras este se encontraba en Riad, sino también para Israel. Si en los últimos meses se han producido conatos de tensión entre Hezbolá y el Gobierno israelí y el pacto nuclear con Irán parece naufragar tras la retirada de Estados Unidos, no sería extraño que en Israel se plantease —y se llevase a cabo— una invasión del sur de Líbano, como ya ocurriese en el año 2006, con la intención de debilitar preventivamente a Hezbolá.
Por ello, la vía más conservadora para la milicia de Hasán Nasralla probablemente sea buscar una figura de consenso —suní, lógicamente— que ahuyente los fantasmas en el vecindario de un Líbano en manos de Hezbolá. El balón vuelve así directamente a Saad Hariri, una figura que, dentro de las fricciones políticas de Líbano, consiguió ganarse el beneplácito de Hezbolá para ser nombrado primer ministro en 2016. Repitiendo la dupla de Hariri como premier y Michel Aoun —un cristiano de cierto prestigio como militar durante la guerra civil libanesa— como presidente, Hezbolá mantendría una cuota de poder importante —mayor que antes, incluso— sin que salten demasiadas alarmas en Riad o Tel Aviv.
Otro asunto que no es menor y en el que Líbano también se juega el futuro mediante su nuevo Gobierno es el de su desastrosa situación económica. El país tiene el dudoso honor de ser uno de los más endeudados del mundo —un 150% del PIB— y el Fondo Monetario Internacional ya está sobre aviso para rescatar al Estado levantino si fuese necesario. Hasta qué punto su situación económica, la de sus acreedores o los organismos internacionales se vería afectada de gobernar Hezbolá es un debate abierto, pero la probabilidad de que el impacto fuese negativo sería alta. Por tanto, Hariri sigue siendo la figura con la que precariamente podría aguantar la economía libanesa.
Líbano no tiene soluciones fáciles. Nunca las ha tenido. Paradójicamente, estas elecciones, que deberían servir para desbloquear cuestiones claves que se llevan posponiendo demasiado tiempo en el país, pueden haber agitado de manera indeseada algunas cuestiones para las que Líbano —o más bien la región en la que se encuentra— puede no estar preparado.







