El Festival de Eurovisión es un fenómeno mundial. Con cerca de doscientos millones de espectadores al año, duplica las cifras de audiencia de la Super Bowl, uno de los eventos deportivos más populares del planeta. Consciente de la atracción del formato, el noruego Jon Ola Sand se propuso un objetivo al ser nombrado supervisor ejecutivo de Eurovisión en 2011: globalizar el festival. Su plan pasaba por crear nuevas versiones del concurso en otras regiones, ofreciendo a los ganadores la posibilidad de participar en el evento europeo. El propósito final era fundar Mundovisión, un festival de música entre todos los países del planeta.
La estrategia de Sand, sin embargo, fracasó por completo. Los spin-off de Eurovisión en Asia y Oriente Próximo no llegaron a arrancar. En África, el concurso apenas duró tres años. Todos ellos han naufragado entre las tensiones geopolíticas y las malas audiencias. Pero, al contrario que los demás, el festival original continúa triunfando en Europa, captando la atención del público, incluidos los jóvenes.
Eurovisión, un festival a la medida de Europa
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