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A menudo se le atribuye a Churchill una frase que probablemente nunca dijo: “De derrota en derrota hasta la victoria final”. La cita quedó como ejemplo de la resignación ante la adversidad frente a tiempos mejores que están por venir. La dijese o no el primer ministro británico, esta frase bien podría estar en boca de los actuales dirigentes de la Unión Europea o, al menos, en su forma de actuar: 2020 está siendo un año oscuro para las instituciones comunitarias. Apenas tres meses desde el inicio del año, la Unión ya ha recibido tres golpes importantes: en enero se consumó el brexit, la primera salida de un país miembro en siete décadas de integración; y en febrero se produjo un nuevo conato de crisis migratoria en el Egeo que puso de manifiesto la debilidad de la UE frente a países como Turquía.
Sin embargo, la última crisis es más grave. En marzo, el coronavirus golpeó de lleno en Italia y España, agravado por una llamativa inacción de las instituciones comunitarias. Durante la primera semana de marzo, los casos aumentaron por toda Europa y los países comenzaron a adoptar medidas de forma unilateral sin ningún tipo de coordinación. Mientras en el norte de Italia cerraban escuelas y cines, unos pocos kilómetros al norte, en el Tirol austriaco, un resort de esquí funcionó durante dos semanas como foco de contagio a media Europa, a pesar de que las autoridades de Viena fueron avisadas. De poco habían servido las reuniones que los Gobiernos europeos mantuvieron durante el mes de febrero buscando la coordinación en materia sanitaria: Italia se descontrolaba, España le seguía y ni la Comisión Europea ni otros socios parecían dispuestos a echar una mano.
Quizá eso evidenció que los Gobiernos no estaban preparados para la crisis y que temían que ayudar al vecino supusiese perder el control en su propio país. Alemania y Francia, por ejemplo, acapararon todo el material sanitario disponible en sus territorios; en el caso alemán se llegó incluso a prohibir la exportaci...
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