Cómo Francia ha llegado a creer que Macron y Le Pen son lo mismo

El descontento con el presidente y la aparente moderación de su rival han confundido a parte de la sociedad francesa. La derechización del debate y la banalización de la extrema derecha en los medios de comunicación ha hecho calar una idea peligrosa: Macron o Le Pen, ¿qué más da?
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Cómo Francia ha llegado a creer que Macron y Le Pen son lo mismo
Fuente: elaboración propia.

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Tras la primera vuelta de las presidenciales en Francia, estudiantes de la Sorbona y Sciences Po París han ocupado sus facultades al grito de “Ni Macron, ni Le Pen”. Es una prueba del deterioro de aquel “frente republicano” contra la extrema derecha que el actual presidente aunó en 2017 contra la líder de Agrupación Nacional (AN), y antes Jacques Chirac en 2002 contra Le Pen padre. Macron ya no seduce tanto como hace cinco años, tras los que ha dejado una Francia más desigual y privada de libertades que al inicio de su mandato. Frente a él, ahora Le Pen parece una candidata más solvente.

Parte de la sociedad francesa ha asumido varias ideas sobre ambos candidatos que abonan el terreno para un Gobierno de extrema derecha. Primero, que Macron es el candidato de los ricos y Le Pen, la del pueblo. También se piensa que ella se ha “desdiabolizado” y que su partido se ha moderado. Mientras, Macron es demonizado por parte de la esfera pública. De estas falsas premisas se deduce una última, paradójica: que Macron y Le Pen son muy parecidos y ninguno merece el voto, un sesgo que facilita la victoria de Le Pen.  

¿El presidente de los ricos contra la candidata popular?

Le Pen se ha posicionado como representante de un “bloque popular”, frente al “bloque elitista” que representaría Macron. Es cierto que los votantes del presidente tienen mayor renta que los de su rival. La base electoral de Macron cuenta con el doble de ejecutivos (35%) que la de la líder ultra (12%), y las cifras se invierten entre las clases trabajadoras. No es casual que Le Pen haya centrado parte de su campaña en la mejora del poder adquisitivo, la mayor preocupación de los franceses. En la última fase de la campaña, se ha dirigido a sus votantes en clave populista para atraer el descontento de las clases populares contra Macron. Por si fuera poco, la candidata trata de proyectar un estilo popular, alejado de las formas arrogantes con las que se asocia a un amplio sector de la clase política francesa y especialmente al presidente. 

Sin embargo, el programa económico de la Agrupación Nacional de Le Pen incluye una bajada de impuestos generalizada que no beneficiaría a la clase trabajadora. Su política tributaria rebajaría parte de las cotizaciones de las clases populares, pero sobre todo aliviaría a las empresas reduciendo los impuestos de producción, una propuesta que comparte con Macron. Las medidas económicas estrella de la formación ultraderechista para 2017, como la jubilación a los sesenta años o la semana laboral de 35 horas, han desaparecido.

Para recuperar el dinero no recaudado, Le Pen pretende eliminar las ayudas sociales a extranjeros y echarles de su hogar si se benefician de una vivienda social. El ahorro recaudado sería redistribuido entre trabajadores y empresarios franceses. Dado que solo los extranjeros regularizados tienen acceso a ayudas, esta medida tiene poco de social y mucho de xenófoba. Es más, esta armonía entre clases en torno a la nación y contra los inmigrantes pobres es una vieja idea fascista. Macron pretende que la asistencia social esté condicionada a desarrollar una actividad semanal de entre quince y veinte horas, una propuesta que también ha sido criticada pero que no llega a ese nivel de discriminación.

La supuesta desdiabolización de Le Pen 

Hace años que se habla de la supuesta “desdiabolización” de Marine Le Pen. Cuando se hizo con el control de su partido en 2011, la líder de la Agrupación Nacional empezó a distanciarse de las posiciones más reaccionarias de su padre, fundador de la formación. Conocido por sus declaraciones negacionistas, homófobas y xenófobas, Jean-Marie Le Pen acabó siendo expulsado del partido en 2015. Asimismo, bajo Marine Le Pen, AN no ha tomado partido en episodios clave para la extrema derecha francesa como las manifestaciones contra el matrimonio homosexual o en rechazo a la disolución del grupúsculo neofascista Generación Identitaria. Esto ha frustrado al sector más radical del electorado y ha influido en el surgimiento de la candidatura del polemista Éric Zemmour, aún más a la derecha.

Pero la “desdiabolización” es solo una fachada para llegar al poder. El programa de Le Pen mantiene medidas anticonstitucionales como un referéndum contra la inmigración, y su propuesta de priorizar a los franceses en vivienda o empleo también va contra el Estado de derecho. De igual manera, la líder de AN ha querido aparentar cierto progresismo abordando temas como el ecologismo y el feminismo. Sin embargo, su programa verde lo redactó el diputado Hervé Juvin, que ve a Francia como “un ecosistema que debe protegerse de especies invasoras”, en referencia a la inmigración. Sobre su supuesto feminismo, Le Pen solo lo usa para atacar a la población musulmana. Está en contra de facilitar el aborto y apenas propone medidas contra la violencia de género.

Legitimar a Le Pen y demonizar a Macron

La líder ultraderechista se ha beneficiado de la cobertura que ha recibido su estrategia de desbiabolización en los grandes medios, muchos de los cuales se han centrado en sus gestos sin hacer un análisis crítico. “Marine Le Pen se ha híperdesdiabolizado”, afirmaba la jefa del servicio político de France2, una de las cadenas informativas más importantes del país. La imagen de Le Pen se ha humanizado gracias a los reportajes sobre su vida personal, su infancia o su amor por los gatos, mientras que la sobreexposición mediática de personalidades más radicales, como Zemmour, han contribuido a darle a ella una apariencia moderada. Días después de la primera vuelta de las elecciones, los medios todavía se preguntaban si la líder de AN es de extrema derecha, e incluso algunos intelectuales han llegado a desvincularla de esta corriente.  

Mientras tanto, el Gobierno ha asumido con soltura muchos de los temas predilectos de la extrema derecha, como la delincuencia, la inmigración y la identidad nacional, contribuyendo a que el electorado perciba a Macron y su equipo cada vez más alejados del centro. El ministro de Interior, Gérald Darmanin, llegó a acusar a Le Pen de ser “blanda” contra el islamismo. No obstante, aunque el macronismo se ha derechizado desde 2017, la esfera mediática y política ha llegado al extremo de tratar al presidente de autoritario o incluso de dictador. Entre otros ejemplos, el programa de La Francia Insumisa, el partido izquierdista de Jean-Luc Mélenchon, habla de Francia como una “monarquía presidencial” que alcanza “su paroxismo autoritario bajo el Gobierno de Macron”. 

El giro derechista del presidente y estos análisis exagerados han culminado en una idea que ha calado en la sociedad francesa: Macron y Le Pen son lo mismo. El desencanto tras cinco años de mandato, reflejado en un aumento de la abstención en la primera vuelta o en el desencanto de los estudiantes parisinos, impide a muchos franceses ver la diferencia entre ambos candidatos. Y los líderes de los partidos de izquierda, encabezados por Mélenchon, no han pedido voto para Macron. Pese a todo, parece que las urnas no elegirán un Gobierno de extrema derecha este domingo. Pero si los medios siguen sin tratarla de forma crítica y el presidente no cambia de rumbo, la crisis democrática que vive Francia no hará más que ahondarse.

Arsenio Cuenca

Licenciado en Sociología por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Máster 1 en Geopolítica y Máster 2 en Ciberestrategia por el Instituto Francés de Geopolítica (París). Doctorando de la EPHE/CNRS (París). Estudio los extremismos, internet y la intersección entre ambos.