Disney tiene un problema. O, en concreto, un frente económico abierto. Justo antes de que ganara el Óscar a la Mejor Dirección por Nomadland, se anunció en abril que Chloé Zhao sería la encargada de Eternals, el gran proyecto reciente del líder del entretenimiento para la división Marvel Studios. El fichaje, común en la nueva tendencia de Hollywood que implica atraer talento independiente hacia las grandes producciones, fue recibido con vítores por la crítica, pero con cierto reparo por quienes leían la decisión en un plano geopolítico.
Zhao, nacida y criada en China, reside en Estados Unidos desde hace décadas y se ha manifestado varias veces contra las decisiones de su Gobierno patrio, llegando a afirmar que “China es un país construido gracias a la mentira, porque está en todas partes”. Las declaraciones, hechas a una revista estadounidense en 2013, resurgieron con su nominación a la estatuilla más importante del cine, y Zhao volvió a significarse ya en 2021: “Definitivamente, puedo decir que mi país ahora es Estados Unidos”.
Las palabras para oídos inquietos de la directora, cuyo cine ha narrado el abandono de los veteranos de guerra, la homosexualidad reprimida o la independencia de la mujer moderna y, sobre todo, su actitud irreverente, no casan con las políticas culturales de China. Después de convertirse en la segunda mujer directora en ganar el Óscar, la primera del siglo y, sobre todo, la primera asiática en lograrlo, la victoria de Zhao fue obviada por los medios oficialistas chinos. Al día siguiente, periódicos como el People’s Daily abrían sus secciones de entretenimiento, por ejemplo, con la celebración del Día Mundial del Taichi en Malta.
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