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Los derechos humanos, la nueva arma de China para criticar a Occidente

Los derechos humanos, la nueva arma de China para criticar a Occidente
Fuente: elaboración propia.

China es un país autoritario, uno de los que registra puntuaciones más bajas en los rankings internacionales de libertades fundamentales. Además, es el que más penas de muerte ejecuta. Sin embargo, el Gobierno chino está impulsando una visión propia con la que pretende liderar el sistema internacional de protección de derechos humanos. Mientras defiende su gestión y rechaza las críticas, Pekín trata incluso de dar lecciones a los países occidentales en esta materia.

La ONG Freedom House da a Pekín una puntuación de 10 sobre 100 tanto en libertades globales como en internet. China ocupa el puesto 177 de 180 países en cuanto a libertad de prensa, de acuerdo con Reporteros sin Fronteras. En 2019, la ONU pidió información sobre veinte casos de desaparición forzada ocurridos en China en tan solo un cuatrimestre. Ese mismo año, los archivos filtrados conocidos como los “cables de China” confirmaban la represión sistemática de la minoría china musulmana uigur en la provincia de Xinjiang. A esto se le suman numerosas acusaciones de tortura, detenciones arbitrarias y un sistema de control social cada vez más sofisticado. Además, China es el país que más ejecuciones practica: aunque el Gobierno no publica el número exacto, se estima que son varios miles al año. Kenneth Roth, director de la ONG Human Rights Watch, considera que la represión en China desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2013 es la “más feroz que el país ha visto en décadas”

Sin embargo, el Gobierno chino publicó en 2018 un libro blanco ensalzando sus progresos en materia de derechos humanos en los últimos cuarenta años. Tan solo un año después, China publicó un documento similar conmemorando su avances en la protección de estos derechos con motivo del septuagésimo aniversario del establecimiento de la República Popular China en 1949. Estas diferencias no solamente suponen una interpretación distinta de la realidad, sino que son dos visiones opuestas sobre lo que son los derechos humanos. En lugar de seguir los pasos marcados por Occidente, China está decidida a proponer un nuevo modelo de derechos humanos a su imagen y semejanza, y cuenta con el apoyo de muchos otros países. Esta ambición pone en peligro la protección de estos derechos a nivel mundial. 

La propuesta de China

La versión china de los derechos humanos difiere de la occidental en dos elementos clave. En primer lugar, China rechaza la idea de que los derechos humanos sean universales, aplicables a todos los países de manera similar. Por el contrario, China considera que no existe “un camino universal para el desarrollo de los derechos humanos” y que estos se deben adaptar al contexto socioeconómicos de cada país. El Gobierno chino prioriza los derechos sociales y económicos, como el derecho al desarrollo, vivienda o educación, y asocia su protección con la gestión del Partido Comunista Chino al frente del país. Por otro lado, China basa su concepción de los derechos fundamentales en una visión ortodoxa de la soberanía nacional, considerando que deben ser gestionados por el Gobierno de cada país de forma independiente y sin intromisiones exteriores. 

El Consejo de Derechos Humanos, el organismo de la ONU responsable de las cuestiones relativas a la promoción de estos derechos, realiza una revisión del expediente de los Estados miembros cada cinco años. Los países que se someten a este proceso, conocido como examen periódico universal, además de recibir recomendaciones, tienen la oportunidad de subrayar sus avances. En el último examen a China, en 2018, el Gobierno chino puso el acento en sus logros con respecto a los derechos al desarrollo y la subsistencia. La reducción de la pobreza en China, un éxito rotundo de las reformas económicas chinas que ha conseguido sacar de esta situación 800 millones de personas, ha figurado de manera prominente en su discurso sobre derechos humanos. 

Adhiriéndose a su estricta interpretación de la soberanía, Pekín ha arremetido contra cualquier crítica calificándola de rumor o acusación infundada y ha culpado a los países occidentales de utilizar los derechos humanos como excusa para interferir en sus asuntos internos. En tan solo dos años, la embajada china en Suecia emitió 57 declaraciones críticas a las opiniones expresadas sobre China en los medios de comunicación suecos. A esto se le han sumado los ataques por parte de diplomáticos y medios de comunicación chinos, cada vez más agresivos, a la supuesta parcialidad y falta de integridad de sus interlocutores más críticos. China se considera víctima de una cobertura negativa y parcial por parte de Occidente, al que culpa de monopolizar la narrativa en temas de derechos humanos. 

La reinterpretación de los derechos humanos por parte de China debilita los mecanismos de rendición de cuentas, ya que rechaza cualquier apreciación negativa sobre la situación en el país como una interferencia en sus asuntos internos. No obstante, esto tiene también claras implicaciones a nivel internacional. La visión china de la soberanía nacional se ha materializado en el rechazo a intervenciones humanitarias, que China ve como una excusa para tomar medidas militares contra otros Estados. Por ejemplo, en julio de 2020 China, junto a Rusia, vetó en el Consejo de Seguridad de la ONU prolongar la asistencia humanitaria a Siria. China también se ha opuesto en el Consejo de Derechos Humanos a iniciativas que critiquen a un país concreto, votando en contra de todas las resoluciones sobre violaciones de estos derechos en Siria y Ucrania, así como en seis de las siete relacionadas con Corea del Norte.

Más allá de obstruir estos mecanismos, China está promoviendo su visión de derechos humanos en otros países, lo que supone un desafío a largo plazo para el sistema internacional de protección de estos derechos. En palabras de un diplomático chino, el país está “estableciendo un nuevo modelo para la causa mundial de los derechos humanos”.

La ofensiva internacional china

La creciente confianza del Partido Comunista Chino en su modelo político se ha sumado en los últimos años a su tradicional sospecha de que Occidente instrumentaliza los derechos humanos. Esos dos elementos han llevado a Pekín a querer jugar un papel más activo a nivel internacional. Por un lado, trata de aumentar su influencia en organizaciones internacionales, y por otro está llevando a cabo una campaña de comunicación para promover su modelo y desprestigiar el sistema occidental.

Primero, China ha tratado de ganar influencia en la ONU. En 2014, el presidente Xi alentó a los funcionarios chinos a ocupar puestos de liderazgo en organizaciones internacionales. Hoy cuatro de las quince agencias especializadas de la ONU están dirigidas por chinos. Además, en 2020 China fue reelegida por quinta vez como miembro del Consejo de Derechos Humanos para el período 2021-2023. Esta posición le permite decidir sobre los expertos que investigarán asuntos como libertad de expresión, desapariciones forzosas y detenciones arbitrarias.

Desde una posición de poder más consolidada, China intenta promover sus intereses dentro de la organización, por ejemplo proponiendo eliminar puestos dedicados a la monitorización de los derechos humanos en las misiones de protección de la paz. China ha debilitado deliberadamente resoluciones sobre temas como sociedad civil o defensores de los derechos humanos. Algunas de sus ideas sobre la no interferencia en asuntos internos han ido calando en resoluciones del Consejo de Derechos Humanos. De esta manera, sin crear instituciones paralelas, e incluso sin alterar demasiado los términos del debate, China ha ido introduciendo y legitimando su visión sobre los derechos humanos. 

Segundo, la estrategia de comunicación de China se ha vuelto más proactiva. El Gobierno chino se ha preocupado de transmitir una imagen más positiva del país a la opinión pública global, lo que incluye una visión más optimista sobre la situación interna de los derechos humanos. El Partido Comunista ha instado a los medios de comunicación nacionales a “contar bien las historias sobre China” o, en otras palabras, a trasladar la versión oficial a la audiencia internacional. Para ello, China ha impulsado la expansión internacional de sus medios de comunicación, que ya retransmiten su contenido en varios idiomas.

Además de promover una visión más positiva de la situación en China, Pekín cuestiona el modelo político occidental de manera cada vez más recurrente y abierta. China ha criticado la desigualdad o la discriminación racial, particularmente en Estados Unidos. La cobertura de las protestas raciales en EE. UU. por parte de los medios chinos apuntaba a la incapacidad de Washington de hacerles frente como una muestra del declive de la hegemonía estadounidense y la polarización social como prueba del fracaso de su sistema político. La Televisión Central China emitió en 2016 un documental crítico sobre la situación de los derechos humanos en Estados Unidos que reiteraba la frecuente acusación china de que el Gobierno estadounidense señala los fallos de otros países sin atender a los suyos propios.

China incluso publica un informe anual sobre las violaciones de derechos humanos en Estados Unidos. La última edición, de 2020, critica el deterioro en la protección de estos derechos y acusa a Washington de utilizarlos con fines políticos. China ha acusado también a países europeos, como Alemania y el Reino Unido, de seguir ciegamente a EE. UU. en un intento de desviar la atención de su “pobre historial de derechos humanos”. La percepción del sistema occidental como decadente e hipócrita afianza aún más la confianza de China en su propio modelo. Además, señalando las debilidades e incoherencias de las democracias liberales, Pekín  deslegitima cualquier crítica occidental a China basada en estos valores.

China no está sola en estos esfuerzos diplomáticos y de comunicación. Más de un centenar de países elogiaron el progreso de China durante el examen periódico universal de 2018. En octubre de 2020, el Gobierno chino aseguró haber recibido apoyo de unos setenta países con respecto a sus políticas en Xinjiang y también en Hong Kong, cuya autonomía ha recortado. China tampoco está sola en sus críticas a Occidente. Representando a veintiséis países, ese mismo octubre China emitió un comunicado criticando las violaciones de derechos humanos por parte de países occidentales. Algunos de estos apoyos se deben en parte al miedo de represalias económicas por parte de China, pero también es cierto que el modelo chino y las críticas a Occidente calan en otros países. En 2017 se celebró en Pekín el primer Foro Sur-Sur de Derechos Humanos, un evento organizado por China que concluyó con una declaración firmada por setenta países en la que se cristalizaba la versión china de derechos humanos. 

China y el futuro del sistema internacional de derechos humanos

Desde la llegada al poder de Xi Jinping, China ha afirmado más rotundamente el éxito de sus políticas a nivel internacional y las ha promovido como un modelo a seguir para otros países. La confianza en su sistema político no ha hecho más que aumentar como resultado de la crisis del coronavirus. La ineficaz lucha de los países occidentales para contener el virus ha reforzado aún más la impresión de China sobre su ascenso frente a un Occidente en declive.

La aspiración china de cambiar la visión global sobre los derechos humanos está aquí para quedarse. A corto plazo, el reto está en cómo hacer que el sistema de protección siga funcionando pese a las constantes obstrucciones de Pekín. Pero, a más largo plazo, el desafío que presenta la legitimación y difusión de este modelo para la protección internacional de los derechos humanos es aún mayor.