Estaba entrada la noche del 12 de marzo cuando un gigantesco carguero Airbus aterrizaba en el aeropuerto romano de Fiumicino. Por la escalerilla se apresuró a bajar una pequeña tropa de médicos y especialistas venidos de China al tiempo que desde las bodegas se extraían varias toneladas de materiales médicos para una Italia que ya se encontraba ampliamente sobrepasada por la epidemia de coronavirus. A las pocas horas otro avión de carga llegaba al aeropuerto de Lieja, en Bélgica, con más material médico para ser distribuido en suelo italiano. Esta vez era un avión fletado por el milmillonario Jack Ma, cofundador de la plataforma Alibaba —un equivalente chino de Amazon—, que se sumaba a la generosidad del país asiático por dotar a los europeos de materiales sanitarios suficientes. De su bolsillo han salido cerca de 1,8 millones de mascarillas y otros protectores de uso médico.
Semejante alud de mascarillas, equipos, gafas y respiradores procedentes de China ni es casual ni responde únicamente a la generosidad de la potencia asiática. A lo que también apunta este desembarco de mercancías es a una cuidada estrategia de Pekín destinada a mejorar su imagen a ojos del mundo y reforzar la idea con la que plantearon la lucha contra la epidemia en su país: China tiene la capacidad de confrontar un virus a escala mundial y de ayudar a otros países en la tarea. Más allá de la buena publicidad que esto puede suponer, la demostración de fuerza es evidente: muy pocos países tienen el músculo económico, los recursos humanos y el conocimiento necesarios para salir airosos de un reto así.
China también ha tenido que hacer un gran esfuerzo para enmendar sus propios fallos. Según la Organización Mundial de la Salud, China ya ha conseguido detener la propagación del virus tras 80.000 contagios. No obstante, el Gobierno chino no pudo ocultar ni controlar el foco inicial de la epidemia en la ciudad de Wuhan, a pesar del empeño que puso en invisibilizarlo. La persona que mejor personifica esa actitud de Pekín es un doctor chino que empezó a alertar ya a finales de diciembre de la novedad que suponía ese virus desconocido; apenas un mes después acabaría siendo una de sus víctimas. Las autoridades chinas finalmente reaccionaron imponiendo fuertes controles sanitarios y cuarentenas sobre decenas de millones de personas, y lanzando vídeos propagandísticos que mostraban ingentes movilizaciones de recursos y simulacros diseñados al milímetro con apariencia de operación antiterrorista. Sin embargo, esa dilación en los tiempos en los primeros momentos de la crisis ha sido un factor clave en la expansión del virus, que acabó escapando de las fronteras de China y ya se ha convertido en una pandemia.
Para ampliar: “¿Cuál es la diferencia entre una epidemia y una pandemia?”, El Orden Mundial, 2020
La radical política de contención permitió ganar tiempo al Gobierno chino. La proporción de población infectada en China es mínima y se ha evitado una catástrofe sanitaria considerable teniendo en cuenta que el país tiene 1.400 millones de habitantes. Pero mientras allí la epidemia parece haber quedado contenida, los contagios siguen multiplicándose en otras zonas del mundo como Italia, Irán, España o Estados Unidos. No en vano, dos de los que presumiblemente van a salir peor parados de esto, sobre todo en el plano económico, son ambos rivales estratégicos de Pekín: Estados Unidos y la Unión Europea, que se han plegado sobre sí mismos en una mezcla de indecisión e inoperatividad. En el caso estadounidense apenas se están haciendo pruebas del coronavirus para comprobar cuál es el nivel de contagio, y en el europeo las autoridades comunitarias están demostrando una grave falta de coordinación. La debilidad de estos dos bloques está brindando una preciada oportunidad para China de ganar influencia como gran potencia mundial, especialmente en detrimento de Estados Unidos.

El peso de una potencia mundial a menudo está relacionado con su capacidad de proporcionar lo que se llaman bienes públicos globales, factores de los que se puede beneficiar toda la comunidad internacional y que no se gestionan adecuadamente a nivel nacional. Algunos de ellos son la paz en el mundo, la libertad de navegación, el respeto por el derecho internacional o la lucha contra el cambio climático. Que Estados Unidos tuviera esa capacidad es lo que explica, en gran medida, su dominio durante la segunda mitad del siglo XX. Pero ¿y si Estados Unidos ya no es capaz de liderar la respuesta a una pandemia global? Sea por no querer hacerlo o por carecer de recursos para ello, su legitimidad como potencia queda en entredicho. ¿Y si China fuera la que llevase a cabo esa respuesta? El despliegue sanitario parece encaminado en esa dirección: controlar una epidemia en el propio país para luego ayudar a que remita a escala mundial sería, claramente, un espaldarazo a un estatus internacional que lleva buscando bastante tiempo más allá del simple plano económico. Aunque no es un reto sencillo para Pekín: la OCDE ya ha estimado que el país crecerá varias décimas menos como consecuencia del coronavirus, cayendo por debajo del 5%. Esa previsión sigue la senda descendente que el país lleva arrastrando varios años y que les acerca peligrosamente a un escenario de crisis económica al que nunca se han tenido que enfrentar.
Para ampliar: “China ante su primer gran crisis económica”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2019
En su favor juega el hecho de que no parece que Estados Unidos le vaya a hacer competencia. A mediados de marzo, el país norteamericano apenas presentaba 1.700 casos confirmados —aunque otras fuentes apuntan a más del doble—, pero por las características demográficas del país y el escaso trabajo preventivo que se ha hecho desde el Gobierno de Trump parece que esta va a ser una cifra muy preliminar. Los escenarios más pesimistas llegan a calcular entre 160 y 214 millones de contagios en el país, aunque otras estimaciones más conservadoras reducen la cifra a entre 70 y 150 millones. Más allá de las cifras, en lo que parecen coincidir muchos expertos es en el alto impacto que este virus puede acabar teniendo en el país, con graves deficiencias en la atención sanitaria universal y otros tantos problemas de salud en amplias capas de la población. Si a este hecho se le añade que las elecciones presidenciales en Estados Unidos se celebran en noviembre de 2020, es de suponer que la gestión interna de este virus marque buena parte de la agenda política de los próximos meses, quedando de lado las implicaciones de política exterior en este asunto.

Por el momento, desde Pekín se han centrado en asentar el relato, propaganda mediante. El primer objetivo es, en la medida de lo posible, disociar este coronavirus con China, y para ello han dado cierto pábulo desde medios oficiales a la versión que afirma que el origen de este virus no estaría en un mercado de Wuhan, sino en Estados Unidos. Además de que no existen evidencias de esto, las propias autoridades chinas ya han identificado al paciente uno del mercado de Wuhan donde se originó el brote. Esta estrategia apunta también a evitar que se genere un paralelismo como el que ocurre con la gripe española de 1918, cuya relación con España es bastante anecdótica: probablemente se originó en un cuartel de Kansas. Así, parece que a los líderes del Partido Comunista Chino les horroriza la idea de que esta pandemia pueda llegar a los libros de historia bajo el nombre de gripe china por el daño que haría a la imagen del país. De ahí que también en redes sociales, especialmente Twitter, el servicio diplomático chino, a través de cuentas institucionales y personales, haya hecho ingentes esfuerzos durante las últimas semanas para mostrar la generosidad de su país y su desinteresado esfuerzo por que mejore la situación en los países europeos.
Lo que sin duda necesita China en estos momentos es obtener algún tipo de victoria de semejante catástrofe sanitaria. Además de como foco de esta pandemia, el mundo parece haber tomado conciencia de la dependencia que tiene del país asiático como proveedor de mercancías, por lo que muchas empresas se replantearán diversificar su producción para no depender tanto de un único país. De igual manera, y aunque los fantasmas de una recesión mundial comenzaban a alejarse, el coronavirus los ha invocado nuevamente, y dependiendo del impacto que tenga en lugares como la Unión Europea o Estados Unidos puede acabar desplomando la demanda que, precisamente, afectará a países muy dependientes de la exportación, como China. Que nadie pensase que la primera gran crisis sanitaria de la globalización no iba a tener repercusiones más allá.
Para ampliar:“¿Cómo se gestiona una alerta sanitaria internacional?”, El Orden Mundial, 2020