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Bigotismo en Borduria: el mundo a través de Tintín

Bigotismo en Borduria: el mundo a través de Tintín
Portada de Objetivo: la Luna. Fuente: Gord Fynes

El imaginario colectivo configura realidades, y a veces estas realidades parciales responden a las demandas o a la visión de la época. Hergé concibió un mundo complejo, sin mujeres y en algunas ocasiones estereotipado a través de las aventuras de su famoso reportero Tintín. Inevitablemente, su creación bebe de él mismo y detrás de Tintín hay muchos de los miedos de Hergé, pero también muchas de sus aspiraciones.

El mundo y las realidades que uno imagina suelen ser, en la mayor parte de los casos, producto de un aglomerado de imaginarios que van configurando, poco a poco, nuestro mundo. Es por ello que dicen, y no sin razón, que los mapas solamente representan distintos puntos de vista, pero nunca una realidad única. Lo que consumimos, lo que leemos, lo que vemos y nuestra manera de filtrarlo y analizarlo es lo que configurará, posteriormente, nuestra visión del mundo.

No solo la factoría cinematográfica de Hollywood es especialista en exportar modelos prefabricados de ciertas realidades. Los medios de comunicación, la literatura —algunos géneros más que otros— y la pintura también moldean los imaginarios; algunas veces de manera acertada y otras cayendo en estereotipos de los que cuesta deshacerse. En este aspecto, los cómics del famoso reportero Tintín también ayudaron a configurar, en cierta medida, algunos aspectos de la realidad de la época. El intrépido periodista, siempre dispuesto a buscar la verdad y conocido por su lealtad y valentía, fue el balcón a través del cual su autor, Hergé, se asomó al mundo.

Esclavo de su creación

Georges Prosper Remi, más conocido por el pseudónimo de Hergé, es la persona detrás del reportero con constante tupé. Se han dedicado muchos libros y artículos a desgranar la personalidad del autor, cuya vida terminó marcada por las acusaciones de simpatizar con el nazismo que cayeron sobre él tras la Segunda Guerra Mundial. Con una infancia profundamente marcada por la religión y el catolicismo —su padre, presionado por su patrón, lo trasladó de un colegio laico a uno religioso—, Hergé pronto comenzó a destacar por sus dibujos e historietas. Los países y las aventuras que viviría Tintín más adelante encontrarían su origen en la etapa escultista del autor, que llegaría a formar parte de la Federación de Boy Scouts Católicos, un hecho que recordaría con culpa.

En 1925, tras finalizar sus estudios secundarios, Hergé comienza a trabajar en el periódico conservador Le Vingtiéme Siècle, de corte nacionalista y orientación religiosa. Aunque esta etapa se ve interrumpida por el servicio militar, a la vuelta comienza su andadura en el mismo periódico como aprendiz de fotógrafo e ilustrador. En ese momento, Norbert Wallez, el director del medio, se convertiría en una gran influencia para Hergé, la misma persona que le encargaría la dirección del suplemento para jóvenes que vería la luz poco después, Le Petit Vingtiéme, donde aparecería Tintín por primera vez.

Hergé con sus creaciones, Tintín y Milú. Fuente: The Daily Mail

Aunque es cierto que Tintín era una creación de Hergé, también lo es que las aventuras del reportero no eran casuales y que sus destinos eran, al menos al principio, producto de las exigencias de los jefes de Hergé. La manera en que Tintín se desenvolvía por los países que visitaba, su manera de gestionar los misterios y los personajes secundarios, pero vitales en la trama, que irían apareciendo posteriormente son la respuesta a la libertad —o falta de ella— del autor para poder publicar las historias. Aunque a nosotros hayan llegado sus aventuras en forma de tomos enteros donde se puede leer la historia al completo, la periodicidad de las publicaciones y el medio donde se publicaban marcarían el ritmo y las tramas.

Con la invasión nazi de Bélgica los medios de comunicación se vieron profundamente afectados. Muchos periodistas y reporteros decidieron no trabajar en medios favorables a la ocupación ni creando propaganda. La censura y la dictadura cerraron muchos medios que no se alineaban, en primera instancia, con el régimen. Le Vingtiéme Siècle y su suplemento juvenil corrieron este destino y Hergé pasó a formar parte de las filas de Le Soir, conocido posteriormente por su afinidad al régimen nazi. Fue en esta época cuando Hergé vivió su etapa dorada: el reportero comenzó a experimentar la fama mundial que todavía mantiene en la actualidad y su número de lectores aumentó. La falta de papel y la escasez correspondiente al contexto histórico harían que la extensión de las tiras disminuyera, pero no así la expectación que generaba. Sin embargo, paralelamente, durante esa época las historias se mojarían menos en ciertos asuntos y dejarían de lado la actualidad para evitar la censura y la controversia.

Tras la ocupación nazi y con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los aliados cerraron Le Soir; desde entonces, a Hergé le perseguiría la duda de si colaboró con el régimen para poder seguir publicando o porque estaba de acuerdo ideológicamente con él. El destierro al que fue sometido por su posible complicidad —y, con él, la ausencia de Tintín— terminó en 1946, cuando Raymond Leblanc financió su retorno y le concedió credenciales antinazis. El reportero regresó con su propia publicación, Tintín: una tirada semanal de dos páginas que ponía en movimiento de nuevo al periodista y su fiel perro, Milú.

En lo personal, Hergé se convirtió en esclavo de su creación. Sin un respiro para poder descansar de las aventuras de Tintín, su autor comenzó a sufrir una serie de crisis derivadas de cargos de conciencia como consecuencia del aislamiento que había vivido en la posguerra y las acusaciones. Durante esta etapa, debido al desbordamiento de trabajo, los Estudios Hergé verían la luz en 1950 y el autor contaría con asistentes de producción que aligerarían su carga. La última historia publicada de Tintín fue en 1975 y para entonces el fenómeno ya había escalado y alcanzado un nivel mundial. Sin embargo, a pesar de este éxito, Hergé pidió expresamente, antes de su fallecimiento en 1983, que no se continuara con la publicación de nuevas historias a manos de otro artista, así que la revista dejó de publicarse en 1988.

Tintín, el héroe europeo

Los claroscuros e incoherencias de la vida personal de Hergé —en especial, sus preferencias políticas— se plasman, en muchas ocasiones, en los tomos de su creación. Tintín, un reportero sin familia y sin pasado, en muchas ocasiones responde a la propaganda de la época y solo puede ser entendido analizado en su correspondiente contexto. Los destinos de Tintín, especialmente los iniciales, no eran necesariamente los que hubiera deseado su autor. Bajo el férreo control de Wallez, quien consideraba que no solamente era necesario entretener a los jóvenes, sino también concienciarlos de ciertos peligros, las aventuras de Tintín comenzaron en 1929 con Tintín en el país de los sóviets. A este le seguirían otros dos, también de marcado carácter propagandístico: Tintín en el Congo en 1930 y Tintín en América en 1931. Una obra abiertamente en contra del comunismo —Tintín lucha contra unos malvados bolcheviques—, otra con tintes racistas y a favor del colonialismo belga y una última en contra de la sociedad estadounidense del momento. Fue el éxito de la primera obra, ampliamente aclamada entre la sociedad belga al término de su publicación, lo que permitió que el joven reportero siguiera viviendo aventuras. Sin embargo, su recorrido por el continente africano sería el más polémico.

A pesar de sus posteriores reediciones y los cambios que sufrió la obra, Tintín en el Congo permanece en la actualidad como una obra con un marcado racismo que muestra las maravillas del colonialismo. El reportero cae en el error de tomar una actitud paternalista y claramente superior a los originarios del continente; se trata de una obra ultraconservadora, poco ecológica —las escenas de caza y crueldad animal son naturales en el libro—, que cae en el erróneo estereotipo de mostrar a los personajes africanos como estúpidos y perezosos. En 2007 la Comisión por la Igualdad Racial del Reino Unido pidió a las librerías que no colocaran la obra en la sección infantil; ese mismo año un estudiante congoleño demandó a la editorial Moulinsart por los contenidos racistas y xenófobos del tomo. El propio Hergé reconoció tiempo después el racismo que impregnaba la obra: no le pesó afirmar que se había alimentado de prejuicios burgueses y que, de escribir de nuevo la obra, sería distinta. Tintín en el Congo se convirtió en su obra maldita, de las más criticadas, y el rechazo de su propio autor hizo que no formara parte de la reedición periódica de los libros de la franquicia hasta los años 70.

A la izquierda, viñeta original —en español— de Tintín en el Congo. A la derecha, la misma viñeta tras pasar por reedición. Fuente: Rinconcete

Con el paso de los años, al igual que su autor, Tintín también evoluciona. Cuando Hergé se libera de la influencia de Wallez, sus historias toman otros derroteros y dejan de ser herramientas propagandísticas de la época. Sin embargo, la falta de una línea política y una supuesta neutralidad en su personaje han supuesto, a lo largo de todo este tiempo, su fortaleza y su debilidad a la vez. Ya en Tintín en América criticaba la sociedad estadounidense y el capitalismo no europeo al tiempo que el reportero se erigía como defensor de una minoría: los pieles rojas, por quienes Hergé sentía admiración desde su época como boy scout.

Tras sus tres primeras y estereotipadas obras, Los cigarros del faraón supuso un giro en las tramas del personaje y la historia se vio enriquecida por personajes que se convertirían en permanentes en las tramas posteriores: los hermanos policías Hernández y Fernández y el archienemigo de Tintín, Rastapopoulos. Esta etapa, entre 1934 y 1940, presenció algunas de sus obras ya clásicas: El loto azul, La isla negra y El cetro de Ottokar, que suponen una revisión, además, de las primeras. En El loto azul Hergé se vuelve más consciente de la trascendencia de sus obras y es la primera en la que se informa en profundidad antes de describir un país, una cultura, una sociedad. Hergé conoce, a través de un clérigo que los pone en contacto al saber que la siguiente aventura de Tintín será en China, a Tchang Tchong Yen —con quien mantendrá la amistad hasta su fallecimiento—, el artífice de toda la documentación detrás de la obra, así como el detalle en los dibujos y la ambientación. Si en Tintín en el Congo el racismo es evidente, El loto azul es una llamada a la tolerancia: se trata de una obra con una contundente denuncia del racismo y el colonialismo, dado que Tintín muestra abiertamente su rechazo hacia la ocupación japonesa de China.

La isla negra y El cetro de Ottokar aparecen en pleno período de tensión prebélica en el continente y con el inicio del expansionismo de Hitler. En el primero, Tintín lucha contra una trama de espías en la que el líder es el alemán doctor Müller, que pretende iniciar un negocio de falsificación de monedas. En el segundo, trata de evitar que una dictadura expansionista quiera anexionarse una monarquía mediante prácticas censurables, una crítica velada al fascismo y, en concreto, al nazismo —el nombre del dictador del país imaginario, Müsstler, es una amalgama de Mussolini y Hitler—.

Durante esta época, Tintín se trasladaría por primera vez a Iberoamérica de la mano de La oreja rota en 1935, una historia que comienza con el robo de un fetiche arumbaya — etnia inventada por Hergé— y que encontró su inspiración en la guerra del Chaco, conflicto que enfrentó entre 1932 y 1935 a Bolivia y Paraguay —renombradas en la obra como San Theodoros y Nuevo Rico, respectivamente— por una región fronteriza con yacimientos de gas natural y bolsas de petróleo en el subsuelo. Hergé muestra San Theodoros como un país inestable cuya capital, Las Dopicos, cambia de nombre con cada golpe de Estado —Tapiocápolis tras el del general Tapioca y Alcazarópolis después del del general Alcázar—.

Tras estos números, Tintín vuelve a sufrir una transformación bajo la dirección de Le Soir, el diario bajo control alemán tras la ocupación nazi de Bélgica, y, aunque sigue luchando contra asuntos como la droga —El cangrejo de las pinzas de oro—, vuelve a caer en estereotipos racistas en La estrella misteriosa, tomo en el que se pone de manifiesto la rivalidad entre europeos y estadounidenses por encontrar un misterioso meteorito. En él Hergé dibuja al villano de la historia y lo representa como un estereotipado judío de Nueva York de nombre Blumenstein, aparte de llenar la historia con diálogos entre judíos que caen en muchos tópicos erróneos. Vuelve a incurrir en ello años después, sin la excusa de tener que alinearse con el régimen para poder seguir trabajando: en Stock de coque, de 1958, Hergé regresa al mundo árabe —concretamente al emirato de Khemed, trasunto de la polémica Palestina— y Tintín combate contra una red de esclavos y traficantes de armas. Sin embargo, el lenguaje estereotipado que vuelve a usar en el tomo levantaría las críticas de los lectores y, siguiendo el camino de Tintín en el Congo, sufriría varios trabajos de reedición posterior.

Bandera borduria durante el Gobierno de Plekszy-Gladz. El mostacho del mariscal estaría presente como símbolo nacional en la arquitectura, los coches e incluso en forma de acento circunflejo —por ejemplo, en el nombre de la capital, Szohôd—. Fuente: Wikimedia

Exceptuando la polémica levantada con Stock de coque, se adivina otra evolución tras la época bajo control alemán. Ya en su propia revista, en 1954 el reportero protagonizó una historia de espionaje con la Guerra Fría como telón de fondo: El asunto Tornasol. En esta ocasión, la obra se inspira en los países comunistas y dictatoriales de Europa del Este, en el culto a la personalidad de Stalin —representado por el dictador Plekszy-Gladz y su doctrina, el bigotismo, la cual acabaría calando en San Theodoros— y en los conflictos fronterizos entre Borduria y Syldavia. No sería la última vez que Tintín luchara contra un conflicto real: la última obra terminada de Hergé, Tintín y los pícaros —1976—, coloca de nuevo a Tintín en Iberoamérica y tiene tintes que recuerdan a la Revolución cubana. Tintín ayuda a su amigo, el general Alcázar, a hacerse con el control de San Theodoros a pesar de que Hergé lo retrata como una persona egocéntrica y sutilmente autoritaria.

¿La cultura al servicio del orden imperante?

Aunque los tomos mencionados son los más interesantes para analizar la falta de coherencia de ciertos aspectos de la personalidad de Tintín y su lado más oscuro —reflejo evidente de una falta de coherencia política de su autor—, el reportero también fue un héroe. Luchó contra la esclavitud y las drogas, intentó combatir las repúblicas bananeras, defendió a los débiles de los abusones, expresó su admiración por minorías sociales, arriesgó su vida por salvar a los demás y mostró, a lo largo de todas sus aventuras, su lealtad hacia sus amigos. Con el tiempo, esa personalidad más bien simple de Tintín se vería reforzada con la aparición de personajes que llenarían los espacios vacíos y que serían importantísimos en las tramas: el capitán Haddock, el profesor Tornasol, Serafín Latón, Tchang, su inseparable perro Milú o la única mujer en la vida y las aventuras de Tintín, Bianca Castafiore.

Países que visitó Tintín a lo largo de todas sus aventuras: 17 países reales, cinco imaginarios y un astro, la Luna. Fuente: Inconsolata

La ausencia femenina y la falta de sexo o escenas románticas en las aventuras de Tintín puede responder a dos motivos, que no tienen por qué excluirse entre sí. El primero es la ausencia de una presencia femenina fuerte en la vida del propio Hergé hasta su primera esposa, además de su marcada tendencia católica. Con una infancia que no le gustaba recordar —un padre que viajaba mucho y una madre en un estado delicado y constantes crisis nerviosas—, el autor imaginaba a Tintín, más que como su hijo, como un huérfano y, por lo tanto, libre. El segundo motivo es el propio contexto del nacimiento de Tintín y, posiblemente, la causa de su éxito: en una Europa pre- y posbélica, el reportero asexuado con historias de aventuras en países lejanos o imaginarios que siempre salía victorioso sin apenas usar la fuerza era un gran atractivo entre el público infantil y no tan infantil y un buen mensaje para transmitir a lo ancho del continente. La clave de Tintín está en pensar en él como un personaje procedente de un país muy pequeño, incapaz de solucionar problemas de escala mundial, pero que lucha ferozmente contra los déspotas.

La importancia de saber qué tipo de cultura se consume y cómo se gestiona es crucial. Sin embargo, convendría no olvidar que es igual de importante ser crítico y tener en cuenta las circunstancias que rodean el suceso que se analiza. No se puede apreciar un buen cuadro si no se observa en su totalidad. ¿Era Tintín racista? ¿Estaba a favor del colonialismo? ¿Qué aventuras le depararían en la actualidad? ¿Debe cambiar la visión que se tiene de la obra o pierde su valor por unos clichés que, en gran medida, responden a la época y al imaginario colectivo imperante? Son preguntas que llevan a la interpretación y que quedan para la reflexión del lector.

3 comentarios

  1. Enhorabuena. Sólo un pequeño detalle que ni se menciona, pero importante a mi juicio para explicar el desarrollo de las primeras historias de Tintin: Norbert Wallez era un sacerdote católico

  2. Tintin, con sus maravillas y contradicciones, es una de las representaciones culturales que mejor resumen su epoca. Tintin es LA esencia del siglo XX europeo. Es una fotografia cultural. Es un documento histórico. Es un testamento de esas décadas. Ni mas ni menos.

  3. Tan maldito fue el álbum Tintin en el congo que Nelvana-Elipse no lo realizó en sus reproducciones animadas de los libros de Tintin, una verdadera lástima