
2021 fue un hervidero en América Latina. En lo sanitario, el ritmo desigual de vacunación contra la covid-19 ha sido la pauta en la región en desarrollo más afectada por la pandemia. En lo económico, los estragos de los confinamientos y la informalidad laboral han sido protagonistas pese al crecimiento del 6,3% del PIB regional, por debajo de la caída del 6,7% que se sufrió en 2020.
El acontecimiento político más destacado fue nada menos que el magnicidio del presidente haitiano Jovenel Moïse a manos de un comando de mercenarios colombianos. Pero ha pasado mucho más: el triunfo de la derecha en Ecuador promovida por el abstencionismo indígena; la victoria de la izquierda en Perú, cuyo presidente ya está en la mira del Congreso; la consumación autocrática de Daniel Ortega en Nicaragua, o la victoria histórica de Xiomara Castro en Honduras. En Venezuela, la oposición regresó en unas elecciones regionales sin grandes sorpresas; en las parlamentarias argentinas la oposición se impuso al peronismo, México despenalizó el aborto y, además, el partido del presidente López Obrador ganó pero cedió terreno en las elecciones legislativas. En Chile, con el matrimonio igualitario recién aprobado, la contundente victoria del izquierdista Gabriel Boric puede suponer no sólo un giro importante en el país sino el inicio de un nuevo viraje progresista en la región.
Las calles en América Latina también han vuelto a agitarse. Ha habido protestas en El Salvador contra la línea autoritaria de Nayib Bukele, así como en Cuba, reprimidas por el Gobierno de Miguel Díaz-Canel. En Colombia, las movilizaciones contra la reforma tributaria de Iván Duque dejaron decenas de muertos, y miles de personas salieron a las calles en Brasil para pedir la dimisión de Jair Bolsonaro, que lideró una afrenta contra la Justicia y amenazó con un golpe de Estado. Todos estos eventos continuarán o se replicarán en un 2022 que se prevé igual de convulso.
Difícil salida de la crisis por la pandemia
Uno de los principales desafíos para América Latina en 2022 es superar la crisis sanitaria y socioeconómica generada y agravada por la pandemia. La región suma más de 1,5 millones de fallecidos con coronavirus y tiene el reto de homogeneizar la vacunación. Mientras Cuba o Chile ya cuentan a más del 90% de su población inoculada con al menos una dosis, la inmunidad de rebaño sigue lejos en Nicaragua (38%), Guatemala (25%) o Haití (0,6%). La incertidumbre aumenta con la variante ómicron, presente ya en la región, y con los retrasos en la entrega de las vacunas.
Generar empleo y consolidar la reactivación económica serán otros desafíos fundamentales. El Banco Mundial y la Comisión Económica Para América Latina y El Caribe (Cepal) auguran una desaceleración en el crecimiento económico regional, que se situará en el 2,9%, siendo Colombia (5,5%) el país con la mejor proyección. En el terreno laboral, el 70% del trabajo generado durante la pandemia ha sido informal y el 30% del empleo perdido todavía no se ha recuperado. Esto ha afectado sobre todo a las mujeres, cuya participación en el mercado laboral supone el 46%, seis puntos porcentuales menos respecto a 2019, y a los jóvenes, cuya tasa de desempleo ronda el 25%.
Aunque se prevé que las principales economías regionales recuperen sus PIB prepandémicos durante 2022, el endeudamiento y el deterioro fiscal han llevado a la región a niveles de inflación alarmantes. En Argentina, el costo de vida se ha disparado por encima del 52%, por lo que el presidente Alberto Fernández congeló los precios de más de 1.400 productos básicos. Además, el país tiene pendiente negociar con el Fondo Monetario Internacional para redefinir los plazos de vencimiento de su deuda con el organismo. En Brasil, por su parte, la inflación ha alcanzado niveles de hacía dos décadas (11,1%), y en El Salvador el precio de vida ha aumentado por encima del 5%, más que en los últimos diez años. No obstante, el presidente Nayib Bukele seguirá con su proyecto del bitcoin, donde pese a las pérdidas y protestas, construirá la primera “Bitcoin City” del mundo.
Producto de la inflación y la pandemia, la seguridad alimentaria también se ha visto afectada en América Latina. Un informe de Naciones Unidas sostiene que existe un retroceso respecto a los avances de las últimas décadas, especialmente en Centroamérica. Este riesgo alimentario puede traer consigo nuevas tensiones sociales en 2022.
Migraciones en medio de crisis políticas
Como consecuencia de la crisis sanitaria y la inestabilidad política y socioeconómica, los flujos migratorios serán otro factor clave en 2022 y del que se nutrirán los populismos. Aunque es un fenómeno regional, con casos particulares como el venezolano, tendrá efectos en Centroamérica y el Caribe. En Haití, la situación política insostenible tras el magnicidio de Moïse, la inseguridad y una crisis económica endémica, reactivaron la migración hacia Estados Unidos. Para el año entrante, el primer ministro Ariel Henry planea un referéndum constitucional y elecciones presidenciales y legislativas que devuelvan un poco de sosiego al país más pobre de la región.
Igual de compleja se plantea la situación en Nicaragua, donde el rechazo hacia el autoritarismo de Ortega y la persecución política han potenciado la migración hacia Costa Rica y Estados Unidos, en especial tras las elecciones carentes de garantías democráticas de noviembre. Este escenario puede perdurar en 2022 tras las sanciones que prevé imponer la comunidad internacional liderada por Washington al líder sandinista y a su círculo estrecho.
En un año con récord de detenciones y muertes fronterizas, el presidente Joe Biden ha reanudado el proyecto “Quédate en México” de Donald Trump —tras una demanda interpuesta por los estados de Texas y Misuri—, que obliga a los solicitantes de asilo a permanecer allí mientras se resuelven sus peticiones en suelo estadounidense. Nicaragua, que ya utiliza la migración como herramienta de presión, ha hecho cómplice a Cuba, lo cual puede llegar a pasarle factura a Biden de cara a las elecciones de mitad de mandato, donde se jugará su mayoría en el Congreso.
¿Viraje a la izquierda?
El año político comenzará con las investiduras de Daniel Ortega en Nicaragua y de Xiomara Castro en Honduras. La lideresa de izquierda, además, será la primera mujer presidenta del país. En febrero, Costa Rica volverá a unas urnas donde los indecisos serán clave. De momento, el expresidente socialdemócrata José María Figueres cosecha la mayor intención de voto. En marzo, el presidente chileno Sebastián Piñera terminará su mandato y llegará el líder izquierdista Gabriel Boric, quien deberá concluir el proceso constituyente con el referéndum de la nueva carta magna.
No obstante, los países que pueden sumarse al país del Cono Sur y reafirmar el viraje son Colombia y Brasil. Colombia celebrará elecciones legislativas y presidenciales entre marzo y mayo. Tras el desgaste del derechista Iván Duque, por primera vez en la historia reciente hay mimbres para que un líder más progresista se imponga en el escrutinio. Bien mediante la fórmula que lidera la Colombia Humana del exguerrillero Gustavo Petro, quien encabeza los sondeos, o de la Coalición de Centro Esperanza, una amalgama de sensibilidades de centro y centro-izquierda cuyo candidato mejor posicionado para una segunda vuelta sería Sergio Fajardo, exalcalde de Medellín.
En Brasil, el regreso político y la fuerza de las bases del expresidente Lula da Silva colisionan con las horas bajas de Bolsonaro. Lula, fundador del Partido de los Trabajadores (PT), aventaja de momento con holgura al líder ultraderechista en los sondeos preelectorales. De confirmarse la tendencia, la izquierda regresaría al país más grande de la región en octubre después de los numerosos escándalos de corrupción vinculados a las esferas del PT.
El giro progresista tendrá que confirmarse, o no, cuando acabe el ciclo electoral regional en 2024. Hasta entonces, todavía quedarán citas importantes como la del peronismo argentino, que tiene que mitigar el golpe de las legislativas y contener la crisis económica ante las presidenciales de 2023. Con todo, el posible regreso de la izquierda a las grandes potencias regionales no será como la “marea rosa” revolucionaria de los 2000, pues el descontento en América Latina está exigiendo oportunidades, democracia, justicia y derechos sociales.






