La defensa de la democracia, un pilar de la política exterior de Joe Biden, ha sido un fracaso desde el principio. Para muestra, la irrelevancia de la segunda Cumbre de las Democracias, celebrada el pasado 29 y 30 de marzo. Pretendía ser un encuentro internacional de alto nivel y apenas trascendió en los medios. La iniciativa, un foro online que reúne a líderes globales para debatir sobre los retos que enfrentan las democracias e impulsar soluciones comunes, fue de las propuestas más llamativas de Biden cuando asumió la presidencia en 2021.
Aunque prevén seguir celebrándola los próximos años, la Cumbre revalida el fracaso de su primera edición de 2021, también virtual, en la que participaron países autoritarios como Angola o la República Democrática del Congo, y sólo se llegó a compromisos generalistas. Washington queda en evidencia frente a sus aliados, pero también frente a sus competidores. Lejos de verse como una iniciativa para proteger la democracia, parece el intento de avanzar hacia un mundo dividido en dos bloques: autocracias y democracias, una visión poco realista del sistema internacional actual y los retos que enfrenta.
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