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África se está convirtiendo en la nueva ruta de la droga hacia Europa. El narcotráfico no es nuevo en la región: comenzó a pequeña escala en los años ochenta, muy asociado a los pocos centros turísticos africanos, y despegó a mediados de los noventa. Pero ahora la ruta se ha asentado, tanto por la costa oriental como la occidental, con cargamentos de estupefacientes que no dejan de atravesar el continente.
La costa occidental funciona como circuito para la cocaína que se mueve desde América Latina hacia Europa, con Guinea-Bisáu como epicentro de la región. Por su parte, la oriental ha comenzado a tomar fuerza como alternativa a la ruta de la heroína de los Balcanes. La droga sale de Afganistán y atraviesa Pakistán e Irán en camiones hasta el golfo de Omán, donde se embarca hacia África.
El destino final es Europa, adonde llega por dos vías: la mayor parte se envía por carretera hasta Sudáfrica, que mantiene un comercio fluido con el Viejo Continente y cuenta con grandes infraestructuras (puertos, aeropuertos…) para distribuirla. El resto atraviesa África a través de Uganda hasta llegar a la costa occidental, desde donde se envía al norte. Sin embargo, el tráfico también impacta en los países africanos de tránsito: cada vez más droga se queda para el consumo de una población local que se enfrenta a las consecuencias sin un sistema médico ni social sólido.
Falta de control y barcos reconvertidos
La droga llega a África Oriental de forma similar a lo largo de toda la costa, desde Somalia hasta Sudáfrica, pasando por Kenia, Tanzania y Mozambique. Por un lado, se multiplican los puertos y pequeños núcleos costeros para desembarcar; por otro, proliferan los grandes alijos que logran colarse sin dejar rastro en las instalaciones portuarias. La segunda ciudad más importante de Kenia, Mombasa, es un claro ejemplo: se calcula que en 2015 pasaron por el puerto un millón de contenedores, pero entonces solo había un escáner para inspeccionar cargamentos.
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