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Western, política en el Salvaje Oeste

Western, política en el Salvaje Oeste

El western es el género cinematográfico más icónico de la Historia de EE. UU. Las películas de indios y vaqueros no son solo una forma de entretenimiento que marcó una época, sino que definieron la Historia y los valores estadounidenses. El resurgir del género en películas, series y videojuegos viene acompañado de un revisionismo y una necesidad de apelar a los valores que marcaron la filosofía e imagen de muchos estadounidenses.

Red Dead Redemption 2 ha batido récords de lanzamiento con una recaudación de 725 millones de dólares en tres días. Este videojuego no es solamente una revolución en el sector del entretenimiento; es el último paso en la evolución de un género que parecía haber desaparecido hace unas décadas: el western. Quizá sea un género cinematográfico que, para muchos de los jugadores de Red Dead, puede quedar algo lejos, pero sin duda mantiene la carga política que definía las películas de John Ford y John Wayne. Desde hace décadas, las producciones de indios y vaqueros luchan por resucitar y encontrar su hueco en la cultura y política estadounidenses —al igual que subgéneros como el spaghetti western tienen su propia influencia—.

Los años de oro

Se dice que el western marcó una época en la Historia del cine estadounidense, pero más bien podríamos decir que el western definió el cine estadounidense. No solo por el éxito que tuvo en taquilla, sino porque a través de estas películas se construyeron la Historia y los valores de un país que acababa de nacer. Las películas del Lejano Oeste aunaban valores —como la lealtad, la lucha por llevar la ley y el orden a la frontera o la defensa de la civilización— que marcaron a una generación. El western se convirtió en la representación del individualismo estadounidense, de héroes terrenales que con su derecho a portar armas defendían la justicia y se enfrentaban al salvajismo. Un llanero que se encuentra entre la civilización y la búsqueda de la libertad y de los valores naturales del individuo. Una alegoría de la historia de lucha y éxito de EE. UU.

Para ampliar: “Cultura de armas y violencia en Estados Unidos. El eterno debate”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2016

El inicio del género lo encontramos a principios del siglo XX con el cortometraje Asalto y robo de un tren, aunque no sería hasta mediados de siglo cuando viviría su esplendor: entre 1950 y 1960 se estrenaban 140 películas de indios y vaqueros al año. Su éxito está muy ligado a la realidad internacional que vivía EE. UU.: tras la Gran Depresión, se hizo más necesario que nunca apelar a un sentimiento de unidad nacional que proporcionara unos valores y una Historia a un país que acababa de vivir una de sus mayores crisis económicas. Las películas de indios y vaqueros se convirtieron en una vía de entretenimiento que conectaba con el público, especialmente por los valores de lucha y esfuerzo que mostraban.

Pero, sin duda, su éxito llegaría tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el western se convirtió en una manera de representar una ideología de éxito y de lucha. El nacionalismo justiciero despegó fundamentándose en tres ideas, más o menos desarrolladas. Por un lado, se perfila a los indios como el enemigo de una nación a la que le queda mucho por hacer. El protagonista tiene que evitar que el salvajismo de los indios atemorice a los colonos y a los pueblos que intentan desarrollarse y progresar; de hecho, el indio bueno es un personaje que comparte con el protagonista los rasgos de lealtad y honestidad. Otro elemento constante en las películas del oeste es la lucha contra una naturaleza hostil; la constancia y el trabajo harán que el hombre dome la tierra. Y, por último, el deber civilizatorio de la sociedad frente a lo salvaje, el “destino manifiesto” que guía a las gentes en la conquista y difusión del progreso y la civilización.

Pese a haber sido criticadas desde el principio, su éxito era tan grande —en 1953 representaban un cuarto de los ingresos del sector— que poco importaba el modelo que proyectaban de estadounidense blanco y su lucha por crear un Estado. La marginación de partes importantes de la sociedad no era algo que solo se diera en la gran pantalla. Sin embargo, a finales de los 60 las calles de EE. UU. ardían; el fin del western estaba cerca.

Para ampliar: “Estados Unidos, un país de identidades”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Derechos civiles y vaqueros

Los años 60 marcaron un antes y un después en la Historia del país y esto terminó influyendo en la gran pantalla. La guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles pusieron de manifiesto la racialización y el trasfondo político y social que tenían las películas de indios y vaqueros. Muchos veían en los soldados estadounidenses a aquellos vaqueros que iban más allá de la frontera a imponer la ley y el orden frente al salvajismo. A su vez, los movimientos por los derechos civiles involucraron a nativos americanos, que comenzaron a reclamar que se repararan los daños. La idea platónica del héroe justiciero no parecía estar acompasada con la realidad que vivía el país.

Se vieron cambios en las películas que se lanzaban; obras como Pequeño gran hombre intentaban aportar nuevos enfoques a la Historia del oeste que había dominado la pantalla. Sin embargo, poco se pudo hacer por revitalizar el género, aunque realmente el western no desapareció, sino que se adaptó a los nuevos géneros cinematográficos. La base ideológica se mantuvo viva, pero sin hacer referencia directa a la época de la frontera estadounidense. Producciones como Mad Max o Star Wars guardan similitudes en su filosofía de fondo: uno es un llanero solitario que lucha contra los salvajes en un mundo posapocalíptico y en la saga de George Lucas se muestra una frontera intergaláctica sumida en el caos.

¿Por qué vuelve el western?

Desde hace aproximadamente 15 años, las películas y series del oeste han vuelto a aparecer en las pantallas de cine y televisión. Su regreso no es casual: el género es la Historia de EE. UU., una representación de los años de creación de la potencia más importante del siglo XX. Este retorno, por pequeño que sea en comparación con su época de oro, revela una necesidad de reconectar con la Historia nacional y sus valores. Pese al revisionismo de los personajes y de los roles, el público vuelve a sentarse en la butaca para viajar y disfrutar de la Historia de su país.

Esta necesidad de apelar a un sentimiento, unos valores y una Historia nacional no es baladí. Actualmente estamos ante un contexto en el que EE. UU. ha pasado de ser una potencia mundial a rivalizar con otras potencias, como China, Rusia o la propia UE. Ante esto, la filosofía e ideas del western se convierten en unas herramientas muy útiles para fortalecer el sentimiento nacional. Esto no implica que haya una estrategia detrás del resurgir del género, pero sí hay un vacío que este tipo de obras están llenando. La idea de luchar contra el salvaje, del hombre —o Estado— civilizado que lleva la ley y el orden a la frontera, encaja perfectamente con el sentimiento de caos mundial y de pérdida de valores que está viviendo actualmente EE. UU.

Uno de los rasgos más importantes de su regreso es la adaptación a las necesidades y realidades sociales actuales. Las nuevas producciones replantean los estereotipos que han dominado los western tradicionales y, con ello, la Historia misma del oeste. El revisionismo del blanqueamiento de la Historia del oeste o la inclusión de personajes femeninos con un papel más relevante son parte de este nuevo movimiento. Películas como Django desencadenado reconstruyen el relato de Sergio Corbucci para dotarlo de un trasfondo de lucha racial con un personaje afroestadounidense en el papel del cazarrecompensas solitario. La película de Tarantino se suma así a la corriente de cowboys negros que reivindican el reconocimiento del papel que jugaron en el Viejo Oeste afroestadounidenses como Bass Reeves, el Llanero Solitario original —interpretado en el cine por John Wayne—, un afroestadounidense que marchó al oeste para encontrar una vida lejos del sistema racial del sureste.

Para ampliar: “La causa perdida de la Confederación estadounidense”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2016

Otro ejemplo se puede encontrar en la serie Godless, que rompe con los estereotipos tradicionales del género. Presenta una ciudad habitada en su mayoría por mujeres que tienen que hacer frente a una banda de villanos que defienden los intereses de la industria minera, todo abordado desde perspectivas alejadas del individualismo y la masculinidad característicos del género.

La Historia como escapatoria

La creciente tensión racial y política en EE. UU. hace que se prefiera ambientar las nuevas producciones en contextos históricos. Ante la situación sociopolítica estadounidense, el western no solo se ha convertido en una manera de apelar a una Historia compartida, sino que es la mejor forma de criticar carencias y desigualdades actuales.

El ejemplo de Red Dead Redemption, de la factoría Rockstar —conocida por videojuegos como Grand Theft Auto, Max Payne o Midnight Club—, lo ilustra a la perfección: criticar el racismo, el machismo o el papel de las grandes petroleras en un contexto histórico como el del Lejano Oeste resulta más sencillo que hacerlo en juegos como Grand Theft Auto, basados en el momento actual. Series como Damnation permiten hacer una crítica de la impunidad con la que cuentan las petroleras y los bancos en los cinturones rurales de EE. UU. sin el miedo de una asociación directa por el espectador con su realidad diaria. Sin embargo, el revisionismo en géneros tan politizados como el western ha hecho que hasta los videojuegos se conviertan en escenarios de confrontación política: algunos jugadores de Red Dead han empezado a colgar vídeos en los que agreden en el juego a las sufragistas, y solo hay que leer los comentarios para ver que muchos no están de acuerdo con este revisionismo.

Nos encontramos ante el resurgir de un género que ya en su día estaba extremadamente politizado y que sigue teniendo un marcado carácter político. Red Dead es el último paso de un género que atrajo a nuestros padres y abuelos y ahora apela a los más jóvenes, una generación que ha crecido sin una identidad y un espíritu nacional tan fuertes como generaciones anteriores. El western puede que no haya venido para quedarse, pero sí a recordarnos que EE. UU. tiene un origen y unos valores fundacionales y no los va a olvidar.

Para ampliar: “El regreso del western, podcast en Justicia Infinita, 2018