Como los protagonistas de un mal divorcio, Estados Unidos e Irán se quisieron mucho durante unos años: en parte por eso se odian, pero sobre todo no pueden dejar de pensar el uno en el otro. Durante el último medio siglo se han aterrorizado hasta la paranoia, se han hecho daño a conciencia y han tenido brevísimos momentos en los que parecían convivir con cierta normalidad. Lo de ahora es sólo un nuevo capítulo.
La obsesión es más llamativa en Estados Unidos. Irán no deja de ser una potencia regional media con ciertas aspiraciones, pero está a 10.000 kilómetros de Washington y a años luz de sus capacidades. Pese a ello, ocupa un lugar casi mítico entre sus preocupaciones y no del todo sin motivo: a pesar de toda esa disparidad, Irán siempre ha encontrado la manera de recordarle a Estados Unidos que puede hacerle daño.
Desde el otro lado del mundo, Irán ha hundido presidencias y ha protagonizado campañas electorales en Estados Unidos. Ha obsesionado a buena parte del establishment de la política, la seguridad y la defensa estadounidense hasta el punto de que, cuando los palmeros de Donald Trump presumen de que está “haciendo lo que otros presidentes no se atrevieron a hacer”, sólo mienten parcialmente.
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