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¿Un feminismo de derechas?

¿Un feminismo de derechas?
Fuente: Álex Maroño

El auge del feminismo conservador evidencia la incorporación del discurso feminista en la agenda política de la derecha. Comprender sus postulados, así como sus críticas, ayudará a entender uno de los riesgos a los que se enfrenta el feminismo en la actualidad: la reivindicación de sus postulados por parte de colectivos que desdeñan la igualdad social.

“No se nace mujer, se llega a serlo”. Con esta cita, mundialmente conocida, Simone de Beauvoir sintetiza una máxima feminista: que el género está socialmente construido y no intrínsecamente ligado a los designios de la naturaleza. La importancia de su obra radica en la reivindicación de que la mujer ha sido tratada históricamente como la otra en comparación con el hombre, centro y referencia del mundo. Beauvoir resume las ambiciones de las mujeres de su época y constituye la piedra angular de las diferentes corrientes del feminismo contemporáneo.

Tras décadas de lucha por la igualdad, el feminismo ha conseguido numerosos avances sociales, como la despenalización del aborto o la prohibición de la mutilación genital, oponiéndose a férreas tradiciones y normal sociales que negaban dicho progreso. Debido a su carácter subversivo y a referentes como la propia Beauvoir, se ha situado tradicionalmente como un movimiento a la izquierda del espectro político. Dicho posicionamiento ideológico se ha materializado a menudo en una polarización partidista respecto a los derechos de las mujeres. En Estados Unidos, la introducción del feminismo en la agenda política comenzó en la década de los ochenta, tras la oleada conservadora antifeminista adoptada por Ronald Reagan, que forzó a los demócratas a apoyar ciertos postulados feministas.

Es por ello por lo que el discurso de Sarah Palin, candidata republicana a la vicepresidencia en las elecciones de 2008, ha marcado un antes y un después en el feminismo político. Palin, importante figura del movimiento antiabortista estadounidense, ha declarado en numerosas ocasiones su compromiso con el feminismo. Su particular lucha por la igualdad de género, con una defensa encarecida de la maternidad, la convierte en icono del movimiento conocido como feminismo conservador. Esta rama del feminismo, de existencia discutida, se caracteriza por rechazar los valores liberales tradicionalmente asociados al feminismo, como la libertad en cuanto a derechos reproductivos. Al contrario que otras ramas del feminismo, defiende prácticas convencionales como el matrimonio tradicional, la maternidad y la moralidad sexual para salvaguardar la felicidad humana y como camino al éxito —entendido desde una perspectiva capitalista—.

Sarah Palin, antigua gobernadora de Alaska y candidata a vicepresidenta por el Partido Republicano, apoyó la candidatura de Donald Trump en las primarias del partido. Fuente: Alex Hanson

Como consecuencia de la progresiva erosión —que no destrucción— del techo de cristal en la política, numerosas mujeres han alcanzado puestos de poder sin tener que renunciar a la defensa de valores conservadores. Margaret Thatcher, la Dama de Hierro británica, es un claro ejemplo de ello, y, más recientemente, Marine le Pen. La hija del líder histórico del Frente Nacional francés —partido tildado de “fascista” por sus detractores— se esforzó durante la carrera presidencial por limpiar su imagen con un perfil igualitario de mujer libre e independiente, inspirada en el icono francés Juana de Arco. Gracias a su instrumentalización del feminismo —purplewashing—, el partido ha conseguido atraer el voto femenino, colectivo tradicionalmente reticente a las políticas del Frente Nacional.

Mitin de Marine le Pen en el que se puede apreciar un cartel con la estatua de Juana de Arco, emblema del Frente Nacional e icono nacionalista francés. Fuente: Wikicommons

La defensa de los supuestos riesgos que una inmigración masiva supondría para las mujeres francesas, en una clara instrumentalización del colectivo migrante, así como su carácter masculinizado, que “hace olvidar que es una mujer”, llevaron a la política a la segunda vuelta de las presidenciales francesas en 2017, hito que el Frente solo había conseguido en 2002. Su defensa a ultranza de la “nación francesa” y los valores tradicionales de la república no solo la enmarcan dentro de la retórica feminista conservadora —a pesar de carecer de una reivindicación feminista—, sino que evidencian el auge del llamado feminacionalismo. Dicha corriente, que aúna feminismo conservador, nacionalismo exacerbado y grandes dosis de populismo, instrumentaliza los derechos de las mujeres para justificar el racismo y, más concretamente, la islamofobia. La líder del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, Alice Weidel, es otro claro ejemplo de la relevancia que el feminismo conservador y el feminacionalismo han obtenido esta última década.

A pesar de su supuesta defensa de los derechos de las mujeres, tanto el feminismo conservador como el feminacionalismo no solo se oponen a los valores liberales tradicionalmente asociados al feminismo, sino que atacan uno de los pilares del feminismo de la tercera y cuarta olas: la interseccionalidad. Este término aboga por la unión de diferentes comunidades oprimidas por su identidad —sexo, clase, orientación sexual, etnia…— para luchar de forma conjunta contra la opresión. De esta manera, la interseccionalidad considera que el feminismo no puede ser entendido de forma aislada a otros movimientos sociales y que para conseguir la igualdad real en una sociedad debe existir la solidaridad y unión entre grupos desfavorecidos.

Solamente un firme compromiso con la interseccionalidad otorgaría al feminismo la legitimidad política para desacreditar al feminismo conservador y al feminacionalismo. El simple compromiso con el feminismo —ya sea de forma instrumental, como Le Pen, o activa, como Palin— sin tener en cuenta las consignas de otros grupos oprimidos no contribuye al avance social. En un mundo globalizado e interconectado, el feminismo no debe ser entendido como un arma arrojadiza contra otras minorías que justifique una agenda nacionalista y populista en aras de una supuesta liberación de la mujer.