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La Revolución de los Claveles cumple cincuenta años. Portugal conmemora el golpe de Estado pacífico que tumbó la dictadura conservadora del Estado Novo e inició la transición hacia la democracia. Medio siglo después, los ecos del 25 de abril de 1974 siguen retumbando en la política portuguesa. La caída del régimen instaurado por António de Oliveira Salazar propició el aislamiento de la ultraderecha, impulsado después por el consenso entre los dos principales partidos: el Partido Socialista (PS) de centroizquierda y el Partido Social Demócrata (PSD) de centroderecha.
La coordinación de las grandes formaciones convirtió a Portugal en el dique de contención de la derecha radical en Europa durante décadas. Sin embargo, el auge de Chega en los últimos años y su éxito en las elecciones generales del pasado marzo han acabado con esa excepción. La organización ultraderechista se ha consolidado como la tercera fuerza nacional, siendo la que más crece en votos. El primer ministro del PSD, Luís Montenegro, se ha mantenido reacio a pactar con ellos. Pero muchos temen que su crecimiento termine rompiendo uno de los principales legados de la revolución: el cordón sanitario a la ultraderecha.
Una ruptura total con la dictadura
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