Por qué la rendición de Ucrania no acabaría con la guerra

Rusia ha defendido que si Ucrania se rinde terminaría el conflicto y volvería la estabilidad a Europa. Sin embargo, esa decisión sólo le daría alas al Kremlin. Controlar el Estado ucraniano y atacar Moldavia, Polonia o los países bálticos serían los próximos pasos para una escalada mayor.
GeopolíticaRusia y espacio postsoviético
Por qué la rendición de Ucrania no acabaría con la guerra
Fuente: Presidencia de Ucrania (Wikimedia Commons)

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La información y la propaganda también son armas de guerra. Ucrania no ha sido la excepción. En más de dos años de conflicto, Rusia ha repetido que Kiev debe rendirse si quiere paz en su territorio. Incluso se han viralizado publicaciones sobre la supuesta rendición del presidente Volodímir Zelenski. La idea ha vuelto a circular en las últimas semanas, mientras Ucrania esperaba la aprobación de la nueva ayuda de Estados Unidos y mientras Rusia avanzaba hacia su mayor conquista de territorio desde julio de 2022. Ahora Moscú pretende mostrar fuerza y resultados en la celebración del Día de la Victoria este 9 de mayo.

Sin embargo, para que una rendición de Ucrania termine el conflicto no sólo requeriría de su bandera blanca, sino también de la disposición de Rusia. Pero el Kremlin no está por la labor, como queda claro con sus reiterados mensajes. El pasado marzo, el ex primer ministro y vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dimitri Medvédev, publicó un plan de paz que incluía la rendición absoluta de Ucrania, pero para ser absorbida por Rusia. Las consecuencias, por tanto, podrían potenciar e incluso expandir el conflicto.

Perdería Ucrania

Si Ucrania se rinde, sería claramente la primera perjudicada. Tras más de dos años de guerra, destrucción, inestabilidad, cientos de miles de muertos y millones de refugiados, el país tendría que verse obligado a conceder a Rusia sus reivindicaciones: cesiones de parte de su territorio y la imposición de un Gobierno afín al Kremlin. Una supuesta garantía de paz no compensaría todo ello. Primero, porque la gran mayoría de la sociedad ucraniana se niega a aceptar las reivindicaciones rusas, y mucho menos olvidará a corto plazo lo sucedido. En segundo lugar, porque Rusia ya ha demostrado su escasa disposición para negociar.

Un ejemplo son las declaraciones del propio Vladímir Putin. El presidente ruso no cree que Ucrania debe ser un Estado independiente, y en diciembre aseguró que si Kiev no aceptaba los términos para la paz, Moscú tendría que “resolver el problema por la fuerza”. No es un mensaje aislado: Medvédev mostró en marzo un mapa con la mayor parte del territorio ucraniano dividido entre Rusia, Polonia, Rumania y Hungría. Durante su discurso en un festival juvenil, aseguró que “Ucrania es definitivamente Rusia”.

Por ello no sólo Ucrania sino también la Unión Europea es escéptica. La Comisión ha señalado que “las propuestas rusas de alto el fuego o de negociaciones de paz no son sinceras, sino un mero ardid propagandístico” que esconde “exigencias imperialistas”. Distintos analistas y líderes políticos europeos han alertado de que la rendición ucraniana no sólo beneficiaría a Rusia, sino que perjudicaría al continente y afectaría aún más al orden internacional que la propia invasión a Ucrania ha puesto en crisis.

Habría más guerra en Europa

Si Ucrania se rinde, también le daría alas a una Rusia victoriosa con ganas de más. Quedaría de manifiesto la debilidad de Europa y Estados Unidos frente a un Estado ruso que saldría fortalecido. En primer lugar, el Kremlin se vería con vía libre para invadir otras antiguas repúblicas soviéticas, como Moldavia o los países bálticos, u otros de su órbita en la Guerra Fría, como Polonia. Ha sido una de las principales advertencias de Ucrania para renovar el apoyo de Occidente: “Si Rusia no pierde esta guerra, va a atacar Europa”, declaraba en febrero Mijailo Podoliak, mano derecha de Zelenki. En esa línea, el sociólogo ruso Grigori Yudin ya advirtió en verano de que Moldavia estaba “en los planes militares de esta operación”.

Estados Unidos y Europa también lo tienen claro. El presidente Joe Biden avisó en septiembre que ningún otro país estaría seguro si Rusia gana la guerra. El ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, sostuvo que en ese caso “nadie estará libre de que su vecino más poderoso invada su soberanía”. Esa posibilidad ha disparado las alarmas europeas en 2024, como confirmó en marzo el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, al afirmar que la OTAN se vería arrastrada a un conflicto con Rusia.

Con este escenario sobre la mesa, cada vez más líderes han llamado a la sociedad europea a prepararse para un potencial conflicto. La primera ministra de Estonia, el ministro de Defensa noruego o la inteligencia polaca, entre otras voces sobre todo de países ubicados más cerca de Rusia, han lanzado advertencias de un posible enfrentamiento en un plazo de apenas tres a cinco años. La amenaza ha llevado a la OTAN a prepararse, incluyendo sus mayores maniobras militares en décadas, bajo el nombre “Steadfast Defender”.

De la retirada a una difícil negociación

Lejos de una rendición de Ucrania, para la Unión Europea el camino hacia la paz pasa por que Rusia se retire del territorio ucraniano a las fronteras reconocidas internacionalmente y abandone su política de agresión. Aunque la guerra se ha estancado desde finales de 2022 con el este y el sur dominado por las tropas rusas, Moscú incumplió el derecho internacional al comenzar la invasión en febrero de aquel año. Por tanto, su retirada del territorio ocupado sería el primer paso para garantizar la paz. Pero tras el avance reciente sólo estaría dispuesta a ello si la nueva ayuda a Ucrania se traduce en una contraofensiva exitosa.

Lo siguiente sería negociar. La idea del Kremlin de obligar a los ucranianos a que acepten la tesis de que Ucrania no es un país soberano nunca se traducirá en un diálogo entre ambas partes. Y eso seguirá mientras que la dirigencia rusa se mantenga en que Ucrania no existe o no debe existir. Sin embargo, el desgaste de la guerra hará inevitable una negociación a largo plazo, como han admitido desde Ucrania, y que ambos países restablezcan relaciones. Para ello hará falta otros dirigentes políticos en el Kremlin con verdadera voluntad de diálogo, pero tras la victoria electoral de Putin en marzo no es algo que ocurrirá pronto.

Laura García

Almería, 1992. Graduada en Periodismo y Máster en Política Internacional (UCM). He vivido en Madrid, Dublín y Gotemburgo, actualmente en Granada. He pasado por medios como Cadena Ser, Europa Press y Vanity Fair, así como por diversas áreas de la comunicación. Interesada en geopolítica en un mundo globalizado.