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La rebelión del Grupo Wagner el pasado junio y la reciente muerte de su líder, Yevgueni Prigozhin, demostraron que el régimen y la figura de Vladímir Putin no están a salvo. Los autoritarismos dan impresión de seguridad y estabilidad, pero en el fondo son frágiles. Aunque las élites rusas se reagruparon en torno a Putin durante el alzamiento de Wagner, están fragmentadas. Sólo les une el interés de mantener el statu quo y su poder dentro del sistema. Cuando esto ya no sea posible o rentable, cada uno mirará por su propia supervivencia.
Sin Putin, que ha construido un sistema personalista durante veinte años, se abrirán distintos escenarios. Rusia puede volverse más autoritaria o más democrática, aunque en cualquier caso la autoridad y legitimidad del próximo gobernante serán más débiles al inicio. Para afianzarse en el poder, la nueva cúpula deberá elegir entre reprimir u ofrecer estímulos positivos a la ciudadanía. Esto último puede traducirse en triunfos económicos, como que Occidente empiece a levantar sanciones, aunque sólo lo hará bajo sus propias condiciones.
La guerra continúa, Rusia se aísla
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