Vladímir Putin sale beneficiado de la muerte de Yevgueni Prigozhin. Es lo que afirman hoy muchas columnas en medios internacionales. Una de ellas, del Washington Post, llega a decir que el presidente ruso está “más fuerte que nunca”. Sin embargo, la desaparición del líder de Wagner indica precisamente lo contrario. Llega casi dos meses después de la rebelión que Prigozhin y sus mercenarios lanzaron a finales de junio. Los hombres de Wagner llegaron a las puertas de Moscú pidiendo la cabeza del ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, y aunque no lo lograron, provocaron la mayor crisis interna del Kremlin de las últimas décadas.
Todavía no se han aclarado las circunstancias de la muerte de Prigozhin, aunque cabe pensar en un asesinato y es innegable que habrá contentado a varios de sus enemigos. Va en línea con lo que Putin afirmaba hace unos años: la traición es lo único que no va a perdonar. Pero, pese a que esa violencia pueda parecer un síntoma de fortaleza, también demuestra que el régimen tiene miedo y se ha vuelto más hermético, endogámico e inestable que nunca. Bajo esa aparente sensación de seguridad, Putin podrá aferrarse a su trono, pero no evitará las divisiones internas, la pérdida de influencia exterior ni una debilidad que ya es sistémica.
El Kremlin sigue dividido
La rebelión de Wagner ya demostró que al régimen de Putin se le veían las costuras. Las peleas internas entre sus subordinados no eran nada nuevo, de hecho son casi el funcionamiento de la cúpula de poder rusa: favoreciendo la competición entre facciones, Putin se aseguraba el poder. Sin embargo, con los wagneritas permitió que las disputas internas llegaran demasiado lejos. Con su insurrección, Prigozhin no buscaba desafiar a Putin, sino enfrentarse a sus enemigos en el Ministerio de Defensa: el ministro Serguei Shoigú y el general Valeri Gerasimov. Sin embargo, se encontró avanzando hacia Moscú sin resistenc...