Lo que la muerte de Prigozhin dice sobre el régimen de Putin

El fallecimiento del líder del Grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, es un síntoma más de la debilidad del régimen de Vladímir Putin. Es muy probable que se trate de un asesinato para acabar con un actor incómodo, pero abre la puerta a una mayor inestabilidad, desconfianza interna y pérdida de influencia exterior.
GeopolíticaRusia y espacio postsoviético
Lo que la muerte de Prigozhin dice sobre el régimen de Putin
Fuente: elaboración propia con imagen de Wikimedia

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Vladímir Putin sale beneficiado de la muerte de Yevgueni Prigozhin. Es lo que afirman hoy muchas columnas en medios internacionales. Una de ellas, del Washington Post, llega a decir que el presidente ruso está “más fuerte que nunca”. Sin embargo, la desaparición del líder de Wagner indica precisamente lo contrario. Llega casi dos meses después de la rebelión que Prigozhin y sus mercenarios lanzaron a finales de junio. Los hombres de Wagner llegaron a las puertas de Moscú pidiendo la cabeza del ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, y aunque no lo lograron, provocaron la mayor crisis interna del Kremlin de las últimas décadas. 

Todavía no se han aclarado las circunstancias de la muerte de Prigozhin, aunque cabe pensar en un asesinato y es innegable que habrá contentado a varios de sus enemigos. Va en línea con lo que Putin afirmaba hace unos años: la traición es lo único que no va a perdonar. Pero, pese a que esa violencia pueda parecer un síntoma de fortaleza, también demuestra que el régimen tiene miedo y se ha vuelto más hermético, endogámico e inestable que nunca. Bajo esa aparente sensación de seguridad, Putin podrá aferrarse a su trono, pero no evitará las divisiones internas, la pérdida de influencia exterior ni una debilidad que ya es sistémica. 

El Kremlin sigue dividido

La rebelión de Wagner ya demostró que al régimen de Putin se le veían las costuras. Las peleas internas entre sus subordinados no eran nada nuevo, de hecho son casi el funcionamiento de la cúpula de poder rusa: favoreciendo la competición entre facciones, Putin se aseguraba el poder. Sin embargo, con los wagneritas permitió que las disputas internas llegaran demasiado lejos. Con su insurrección, Prigozhin no buscaba desafiar a Putin, sino enfrentarse a sus enemigos en el Ministerio de Defensa: el ministro Serguei Shoigú y el general Valeri Gerasimov. Sin embargo, se encontró avanzando hacia Moscú sin resistencia, con el apoyo de parte de la población. Su rebelión lanzaba un mensaje inintencionado: cualquier oligarca con un ejército privado lo bastante poderoso podría amenazar la continuidad de Putin. 

Al presidente ruso no le quedó más remedio que reforzar su liderazgo. Sin embargo, las decisiones que tomó no fueron tan drásticas como se esperaba y llegaron a despistar, proyectando una imagen de unidad ilusoria. A pesar de la disolución del Grupo Wagner en Ucrania, la detención de Serguéi Surovikin, uno de los generales más importantes aparentemente cercano al Grupo Wagner, o el destierro de Prigozhin a Bielorrusia, no hubo una purga inmediata. De hecho, Prigozhin asistió en julio a la Cumbre Rusia-África en San Petersburgo y hace unas pocas semanas circularon imágenes de su viaje a un país de África sin identificar para reclutar mercenarios. Esa libertad de movimientos demuestra la influencia de Prigozhin, pero también acentuaba la imagen de debilidad de Putin o de otros de sus adversarios como Shoigu. 

Asumiendo la tesis del asesinato, es muy probable que nunca sepamos quién dio la orden de acabar con Prigozhin, pero su muerte confirma que las divisiones en el Kremlin siguen estando a la orden del día. La muerte de Prigozhin coincide con la destitución oficial de Surovikin, que deja de ser general de las Fuerzas Armadas después de su detención en junio. Si la orden ha pasado por Putin, el presidente ruso habría comenzado una oleada de purgas que ahondarán en la inestabilidad interna. Si Shoigú u otro de los enemigos de Prigozhin han actuado sin contar con el presidente significaría que la competición entre subordinados ha llegado a cotas incontrolables. El resultado es el mismo: el debilitamiento de la cúpula de poder rusa.

El ensimismamiento lleva a la pérdida de influencia

La muerte de Prigozhin también tiene consecuencias a nivel internacional. Si la rebelión de junio ya suscitó la duda de qué iba a ocurrir con el Grupo Wagner, el asesinato de su líder ahonda en esa incógnita. Hasta la fecha, los mercenarios habían abandonado Ucrania, bien dejando el país o bien integrándose en el Ejército ruso, pero mantenían su presencia en África. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, confirmó en junio que los contratos con países como Burkina Faso y Mali no se verían afectados.

Sin Wagner, Rusia se arriesga a perder una de sus principales fuentes de influencia exterior: los mercenarios están presentes en once países a través de millonarios contratos de seguridad y de explotación de recursos naturales. A esto se le suma el contexto de inestabilidad en Níger, en el cual podrían perder la oportunidad de jugar un papel relevante.

El Kremlin tendrá que decidir si asegura la supervivencia de Wagner o no. Para ello puede tomar el control de la organización, lo cual no se augura sencillo: ya hay vídeos de supuestos soldados del grupo amenazando con vengar a su líder. Pero también puede dejar que el Grupo se disgregue, ahondando en la inseguridad de los países donde está presente, o desaparezca, aspirando a sustituirlo a medio plazo con una empresa equivalente alternativa. Ya podría haber candidatos: la empresa de mercenarios Redut, controlada por el Ministerio de Defensa, estaría contratando soldados para misiones en África. De igual forma, supone un problema más para Putin. Una prueba más de que la muerte de Prigozhin no es un escenario cómodo para el régimen. 

Por otro lado, estos problemas internos distraen al Kremlin precisamente cuando más centrado necesita estar en sus objetivos geopolíticos. Si bien Rusia seguirá batallando en Ucrania, manteniendo su misión en Siria o influyendo en Asia Central, lo hace desde una posición más débil que hace dos años. Países como Turquía, China o Estados Unidos o la misma Ucrania están aprovechando cada oportunidad para hacer valer sus intereses. En ese sentido, la muerte de Prigozhin es solo un síntoma más del camino hacia el aislamiento y la pérdida de poder que Rusia inició cuando lanzó la ofensiva contra Kiev.

Priorizar la lealtad a la competencia tiene consecuencias 

La muerte de Prigozhin dice mucho de la forma de actuar y la psique de Putin. En los últimos años el presidente ruso se ha recluido en el poder, rodeándose solo de sus hombres más leales, a los que protege y premia. El analista británico Mark Galeotti sugiere que el aislamiento no es solo físico sino también mental: ya nadie se atreve a contradecir al presidente o a exponer realidades incómodas. Esta lealtad se traduce en ineficacia: quienes permanecen al lado del líder lo harán por aduladores, no por competentes. Prueba de ello son los errores de las primeras semanas de la invasión de Ucrania o la caída en desgracia de Surovikin, uno de los generales más respetados y exitosos en esta guerra.

Pero si Putin premia la lealtad, también castiga la traición. Aunque no todos tienen por qué estar relacionados con el Kremlin, la muerte de oligarcas en extrañas circunstancias, desde caídas de balcones a suicidios colectivos, ha sido habitual en los últimos años. La mano del Kremlin ha sido más evidente en otros casos. Los dos más mediáticos fueron los envenenamientos de los espías desertores Alexander Litvinenko en 2006, o Serguéi Skripal, que consiguió sobrevivir, en 2018. Otro traidor castigado fue el oligarca contrario a Putin Borís Berezovski, que supuestamente se ahorcó en 2013. El opositor Alekséi Navalni también fue envenenado y sobrevivió, pero ahora está en prisión. El asesinato de Prigozhin no solo es un caso más en este historial, sino también una escalada en la violencia con la que se dan estas muertes. 

Tanto el hecho en sí como la violencia con la que se ha producido aumentarán la paranoia dentro del Kremlin. Si ya había pocos oligarcas que se atrevieran a desafiar a Putin en público, ahora se cuidarán todavía más. Aquellos que lo adulan se anclarán a ese modus operandi. El resultado es un Putin todavía más aislado en su burbuja, ajeno a la realidad y más propenso a tomar decisiones sesgadas y perjudiciales para su régimen. El supuesto fortalecimiento interno que denota la caída de Prigozhin es en realidad el mejor síntoma de una debilidad sistémica. A pesar de todas las incógnitas que rodean a este asesinato, queda claro que Rusia continúa su senda de debilitamiento. 

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.