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Rusia y espacio postsoviético en 2020

Rusia y espacio postsoviético en 2020

El próximo año vendrá marcado en Rusia por una mayor concentración de recursos dedicados al mantenimiento de la estabilidad interna, sin por ello descuidar ninguno de los frentes que el Kremlin tiene abiertos en el exterior. Fuera de Rusia, las dinámicas y citas electorales en las distintas regiones que conforman el vasto espacio postsoviético auguran un año con mucho potencial para alterar el panorama político, económico y geopolítico.

Rusia: tensiones internas y reajuste exterior 

A lo largo de 2019, la Federación Rusa ha orientado su política exterior a un acercamiento a Occidente a través de la Francia de Macron y los EE. UU. de Trump. La llegada de Volodímir Zelenski a la presidencia de Ucrania ha permitido un intercambio de prisioneros y que se vuelvan a poner en marcha las negociaciones para resolver el conflicto en el Donbás. A consecuencia de ello, en Europa cada vez se habla más de acabar con las sanciones contra Moscú, siempre y cuando se avance en el proceso de paz con Kiev. Pero el Kremlin también ha tenido que gestionar una escalada de tensión con Georgia a cuenta de las protestas en Tiflis por la visita en junio de un miembro de la Duma rusa al Parlamento georgiano. La caída del Gobierno en Moldavia, también en junio, benefició al presidente prorruso Igor Dodon y fue, por tanto, bien acogida en Moscú. Y, finalmente, la firma del acuerdo de integración económica con Bielorrusia en septiembre ha permitido al Kremlin apuntarse otro tanto.

Para ampliar: “Rusia y el espacio postsoviético en 2019”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018 

Gracias a su política exterior firme y proactiva, que le lleva a actuar de manera unilateral, enviar tropas al exterior, interferir en los asuntos internos de otros Estados o ignorar las advertencias de organismos internacionales, Moscú está logrando importantes victorias diplomáticas en lugares como Siria o Ucrania. Sin embargo, existen razones para pensar que el Kremlin no prevé grandes campañas en 2020 y está tratando de reducir los costes de sus actividades en el exterior. Una de ellas es la creciente oposición interna, que demanda más atención por parte del Gobierno. Otra es la creciente influencia en el Kremlin de figuras consideradas más tecnócratas, como es el caso de Dimitri Kozak, vice primer ministro para asuntos económicos, que comienza a ganar peso en las negociaciones de paz con Kiev en detrimento de Vladislav Surkov, la persona encargada de las campañas de desinformación y de socavar la unidad nacional ucraniana. En la misma línea, Rusia ha reducido su gasto militar y ha dejado de estar entre los cinco países que más destinan a defensa. Moscú argumenta que ya ha conseguido en gran medida una modernización de sus Fuerzas Armadas y, por tanto, no necesita gastar tanto en este sector como en los años anteriores. Las autodenominadas Repúblicas de Abkhazia y Osetia del Sur, escindidas de la vecina Georgia, también están acuciando el decreciente apoyo económico de Moscú, del que tanto dependen.

Dentro de la Federación Rusa, tal como se avanzaba en el análisis de El Orden Mundial sobre Rusia y el espacio postsoviético en 2019, el descontento popular con la situación económica y política se ha hecho notar a lo largo de este año. En junio, el caso Golunov, un periodista de investigación al que agentes colocaron droga dentro de su mochila tras ser detenido, provocó una enorme muestra de solidaridad, obligando al Kremlin a intervenir para liberarlo. Durante el verano, la oposición rusa lanzó un pulso a Putin en las calles de la capital a cuenta de las elecciones a la asamblea municipal, poniendo de manifiesto el descontento de la población y el poder de movilización de figuras como Alexéi Navalny, Lyubol Sobol o Ilya Yashin. Estas y otras figuras opositoras no dejarán pasar ninguna oportunidad en 2020 para mostrar su rechazo en las calles: el aniversario del asesinato de Borís Nemtsov en febrero o las elecciones regionales de septiembre pondrán a prueba una vez más la capacidad del Kremlin para controlar las movilizaciones contra las autoridades, que no son exclusivas de la capital. Aun así, la imagen de Vladímir Putin ha mejorado en lo que va de año hasta situarse en el 68%, si bien se encuentra lejos de la aprobación de que gozó entre 2014 y 2016, cuando la anexión de Crimea puso su popularidad por encima del 80%.

Para ampliar: “Qué fue de la oposición rusa”, Ángel Jiménez en El orden mundial, 2019

Un heterogéneo vecindario

Las negociaciones de paz sobre el Donbás son cada vez más una posibilidad tangible. Tras el intercambio de prisioneros en septiembre y la aceptación de Ucrania de la fórmula Steinmeier en octubre —fórmula que prevé elecciones locales y autonomía para las regiones prorrusas—, el siguiente objetivo era un alto el fuego permanente que facilitara las negociaciones para implementar un plan de paz. Durante la cumbre del Cuarteto de Normandía del 9 de diciembre, Putin y Zelenski acordaron un intercambio total de prisioneros y un alto el fuego permanente que, previsiblemente, entrará en vigor antes de que termine 2019. No obstante, existen aún puntos polémicos que han de ser resueltos para que el fin del conflicto sea posible, tales como una reforma constitucional que contemple el estatus especial del Donbás ocupado o dirimir cuál va a ser la relación económica entre el Donbás y Moscú tras la reintegración con Ucrania, ya que en la región prorrusa actualmente se usa el rublo ruso como divisa.

Mientras que Moscú no ha cambiado sustancialmente su postura en las negociaciones desde 2014, el nuevo Ejecutivo en Ucrania se ha mostrado más partidario del compromiso con los rusos que sus antecesores y ha comenzado a hacer concesiones. No obstante, la retirada de tropas de las zonas de Zolotoy y Petrovsky ha puesto de manifiesto las dificultades del recién llegado presidente Zelenski para controlar a los grupos paramilitares formados al comienzo de la guerra, en ocasiones envueltos en narrativas y simbología de extrema derecha, como el Batallón Azov. A pesar de que surgen nuevas dificultades constantemente, dada la determinación que Zelenski ha mostrado hasta ahora, es muy probable que 2020 traiga nuevos compromisos y cumbres dentro del formato del Cuarteto de Normandía, que incluye a Francia, Alemania, Ucrania y Rusia. En todo caso, los líderes de las autoproclamadas repúblicas del Donbás han dejado claro que la reforma constitucional en Ucrania es una de sus líneas rojas, condición que Moscú suscribe totalmente. Así, tanto las tensiones internas de la política ucraniana como las ambiciosas demandas rusas hacen difícil la resolución del conflicto en 2020. La habilidad negociadora de Zelenski marcará los ritmos en un proceso en el que Moscú hace ya tiempo que estableció la única vía que considera aceptable.  

En el Cáucaso Sur, las elecciones parlamentarias en Georgia, que todavía no tienen fecha pero se celebrarán no más tarde de octubre, son una bomba de relojería con la capacidad de alterar las dinámicas regionales. Sueño Georgiano, partido fundado y controlado por el oligarca Bidzina Ivanishvili, ha adoptado una política pragmática hacia Rusia. Por ejemplo, existe una cooperación implícita en materia de extradición de sospechosos de terrorismo diametralmente opuesta a la estrategia del Movimiento Nacional Unido de Mijeíl Saakashvili, que dominó el Gobierno georgiano de 2008 a 2012 con una clara política antirrusa; entonces, las autoridades de Tiflis llegaron incluso a adiestrar a veteranos de la guerra de Chechenia para regresar a Rusia a cometer actos terroristas. Con estos antecedentes, las urnas tienen el potencial de provocar un cambio de régimen en Georgia, con los riesgos internos que eso supone, y empeorar aún más las relaciones con Moscú, ya de por sí en horas bajas como consecuencia del verano de protestas antirrusas.

Georgia, Ucrania, Siria o el Báltico son zonas de tensión importantes entre la OTAN y Rusia.

En Asia Central, una de las regiones que concentra más recursos energéticos del mundo, la sucesión controlada en Kazajistán, el acuerdo histórico de intercambio de territorio entre Kirguistán y Uzbekistán tras quince años de negociaciones y disputas, y el aumento del mercado interno empujado por la agenda liberalizadora de Uzbekistán han marcado las tendencias generales en 2019. El FMI augura para Asia Central un crecimiento económico estable en 2020, aunque desciende una décima con respecto al 4,2% del 2019. Si este pronóstico se cumple, Uzbekistán seguirá ganando peso en la región a expensas de Kazajistán —el país más importante y aún altamente atractivo para inversores—, contribuyendo de esta manera a un clima más competitivo entre ambos. En Kazajistán, las tensiones entre las élites se han dejado entrever este año: el anterior presidente, Nazarbáyev —que gobernó el país durante tres décadas ininterrumpidas y abandonó el poder voluntariamente en 2019—, logró que el actual, Tokayev, aprobara un decreto que otorgaba a su predecesor la capacidad de vetar los nombramientos a la mayor parte de las posiciones de poder en el país. Este movimiento confirma el conflicto entre las élites cercanas a Nazarbáyev y aquellas cercanas a Tokayev, que podrían poner en riesgo la estabilidad del país en 2020. Asimismo, la situación de la minoría uigur en la provincia china de Sinkiang, perseguida por las autoridades de Pekín, amenaza cada vez más con socavar las valiosas relaciones entre Kazajistán y China.  

Será de máxima importancia en la región el devenir de la Unión Económica Euroasiática (UEE) en 2020. En octubre de 2019, la UEE firmó acuerdos de libre comercio con Singapur y Serbia. Uzbekistán avanza hacia la integración en esta organización, de la que sus vecinos Kazajistán y Kirguistán ya son miembros. Sin embargo, lo que podría dar un nuevo impulso tanto económico como diplomático a la organización en 2020 sería la firma de un acuerdo de libre comercio con India, que daría acceso a los productos de la UEE a un mercado de 1.300 millones de habitantes. Este hipotético acuerdo, actualmente en la mesa de negociación, podrá ganar todavía más importancia si se alcanza un acuerdo de paz en Afganistán. De este modo, Asia Central encontraría una nueva ruta segura hacia los mercados internacionales a través de este país y, de ahí, a los puertos paquistaníes de Gwadar y Karachi, y al iraní de Chabahar.  

Para ampliar: “La Unión Económica Euroasiática o la reconstrucción del espacio postsoviético”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2015 

Durante los próximos doce meses, Moscú espera capitalizar aún más la alianza en Siria con un reforzado Bashar al Asad, avanzar en el matrimonio de conveniencia con Pekín a través de la Organización de Cooperación de Shanghái, y consumar un acercamiento a Occidente que traería el fin de las sanciones y la reincorporación a foros internacionales como el G7. Sin embargo, con las elecciones estadounidenses a la vuelta de la esquina, es poco probable que Trump haga nuevas invitaciones explícitas a Moscú para volver a sentarse a la mesa con los demás líderes mundiales. El clima de confrontación con Occidente y las continuas campañas en el exterior han hecho mella en las arcas públicas rusas. De hecho, en Rusia el gasto clasificado, empleado principalmente por las agencias de seguridad para combatir el terrorismo, desestabilizar a países rivales o apoyar a las Fuerzas Armadas en el exterior, no ha hecho más que aumentar desde 2014.  

La cruenta historia rusa, llena de revoluciones, revueltas y pogromos, demuestra el peligro de descuidar el poder de movilización de actores políticos dentro de sus propias fronteras. Este año se han producido en Moscú las mayores protestas de la oposición desde 2011, en el contexto de constantes escándalos de corrupción que salpican habitualmente a agentes del círculo de poder del Kremlin, el llamado siloviki. Por todo ello, cabe esperar de 2020 una política exterior más austera y menos asertiva, siempre que otras potencias no crucen ciertas líneas rojas. Por ejemplo, la firma en febrero del protocolo de inclusión de Macedonia del Norte en la OTAN ha sido uno de los detonantes de la firma del acuerdo de libre comercio entre la UEE y Serbia, o lo que es lo mismo, una intensificación de las luchas entre los dos bloques por ganar influencia en la región balcánica. Lo que es seguro es que en los próximos doce meses habrá en Rusia mayor vigilancia y quizás mayor represión contra la oposición, y otras medidas de control; también más gestos hacia la población rusa. Todo de cara a ir preparando el terreno para una hipotética transición de poder controlada en 2024, al terminar la que puede ser la última legislatura de Vladímir Putin como presidente de la Federación Rusa.

Para ampliar: “El Consejo de Seguridad y los siloviki en la Federación Rusa”, Javier Espadas en El Orden Mundial, 2019