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El pasado 5 de septiembre se anunciaba la creación del Gobierno de transición que estará al frente de Sudán durante los próximos tres años y que deberá asegurar la puesta en marcha de un régimen democrático en el maltratado país. Este anuncio llegaba como un soplo de aire fresco tras un convulso verano en las calles y los despachos de Jartum, ya que ni los habitantes del país ni la comunidad internacional terminaban de fiarse del Ejército, responsable de facilitar dicha transición después de que en abril forzara la dimisión del presidente Al Bashir, que gobernaba el país de forma autoritaria.
Omar Hasán Ahmad al Bashir, ex brigadier del Ejército sudanés, llegó al poder en 1989 con un golpe de Estado y en plena segunda guerra civil sudanesa (1983-2003), cuando el norte se enfrentaba con el ahora independiente sur. Durante su mandato, la guerra entre el norte y el sur fue sucedida por el sangriento conflicto de Darfur, que dio inicio en el 2003 y que hoy sigue sin resolverse. A éste le siguieron los enfrentamientos con las regiones de Kordofán del Sur, Nilo Azul y Abyei, que, al igual que Darfur y Sudán del Sur, también eran víctimas de la marginación y expoliación por parte del Gobierno central.
La guerra no fue el único mal que acompañó al mandato de Al Bashir. Su Gobierno era favorable a la creación de un Estado basado en la sharía, y llegó a dar cobijo a los terroristas Bin Laden y Carlos el Chacal, ambos buscados internacionalmente. Eso provocó el aislamiento del país y permitió que movimientos terroristas y grupos criminales camparan a sus anchas por el territorio sudanés. Las comunidades cristianas y animistas, así como otras minorías étnicas y religiosas, sufren de manera más rotunda las consecuencias de la guerra y el terrorismo, pero también de la crisis económica. Las sanciones internacionales, las sequías y el abandono, destrucción y reparto desigual de la tierra han llevado a una situación de inflación y déficit de productos básicos prá...
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