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Los británicos acudieron a las urnas este 4 de julio agotados de catorce años de gobierno tory, pero no muy ilusionados por el esperado triunfo arrollador del Partido Laborista. Finalmente el laborismo ha ganado más de cuatrocientos diputados con más del 33% de los votos, aunque el resultado es sólo 1,4 puntos porcentuales mayor que en las pasadas elecciones. Su candidato y nuevo primer ministro, Keir Starmer, carece del carisma de quien lideró la última gran victoria del partido, el ex primer ministro Tony Blair. Al contrario, muchos piensan que es un político más bien aburrido. Pero tienen en común su carácter moderado y haber girado el partido hacia el centro.
No obstante, la crisis del Partido Conservador también ha terminado dándole alas a Reform UK, el partido de derecha populista de Nigel Farage que ha entrado al Parlamento con cuatro diputados. Pese a la debacle conservadora, con la pérdida de más de doscientos escaños, ambas formaciones juntas superan en votos al laborismo. Por lo tanto, las elecciones han reflejado la intención de sacar a los tories del Gobierno tras años de escándalos e inestabilidad, más que una ola izquierdista liderada por los propios laboristas.
El giro laborista hacia el centro
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