¿Ha perdido Alemania su prestigio como potencia en la UE?

La invasión rusa de Ucrania ha puesto a Alemania frente a su espejo. A su dependencia energética con Rusia se suma la comercial con China y sus decisiones por libre en Europa. Ahora su economía e imagen están debilitadas, y otros países de la Unión pueden dar un paso al frente.
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¿Ha perdido Alemania su prestigio como potencia en la UE?
Fuente: elaboración propia con imágenes de Flickr.

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La música en la Unión Europea siempre ha sonado al ritmo que marcaba Alemania, pero los instrumentos han empezado a desafinar. La invasión rusa de Ucrania ha dejado al descubierto las dependencias germanas de una política exterior construida a través de amiguismos, ambigüedades y concesiones, en particular con Rusia. Ese mensaje se instaló en las últimas décadas primero con el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, amigo de Vladímir Putin, después con Angela Merkel, que se presentaba en Moscú hablando ruso, y ahora con el Gobierno progresista de Olaf Scholz, que tiene que apagar fuegos.

Pero el problema va más allá: Alemania depende tanto del gas ruso como de los negocios con China, tropezando dos veces con la misma piedra. Mientras Berlín ahora trata de esquivar una crisis, los riesgos sobre la economía del país hacen temer el efecto contagio en Europa. Y con uno de los motores de la Unión en problemas, los contrapesos dentro de los Veintisiete están cambiando.

Rusia y ahora también China

Putin decidió invadir Ucrania y a Alemania empezaron a vérsele las costuras. Unos días antes, como respuesta a los movimientos rusos, el Gobierno germano había paralizado la certificación del gasoducto Nord Stream 2, estandarte de la dependencia energética. Scholz daba entonces un paso antes inimaginable, pero ahora ha reducido los vínculos energéticos de Alemania con Rusia del 55% al 26%. Sin embargo, los vaivenes del Ejecutivo tanto con las sanciones a Moscú como al envío de armas a Ucrania provocaron incluso que el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se negase a recibir al presidente germano en Kiev en los primeros meses de la guerra.

Esa dependencia alemana tiene a un lado a Rusia, pero en el otro a China. El alto representante europeo, Josep Borrell, avisó que se había acabado la época de relaciones energéticas con Moscú y comerciales con Pekín, incluso pese a que el gigante asiático se ha convertido en el principal socio del bloque. Pero Alemania hizo oídos sordos y en octubre aprobó la entrada de capital chino en el puerto de Hamburgo, el segundo más grande de Europa, donde Pekín controlará el 24,9% de una terminal a través de la empresa Cosco. Iba a ser el 35%, pero a Scholz le pararon los pies porque China habría tenido poder de decisión en los asuntos más relevantes.

La polémica no quedó ahí. Con el asunto del puerto coleando, el canciller alemán se reunió en noviembre en Pekín con el presidente Xi Jinping para pedir igualdad de acceso de las empresas europeas al mercado chino. Fue la primera visita de un líder occidental al país desde la pandemia y tras la ratificación de Xi en el poder en octubre. Scholz, que justificó la visita en el papel de China como socio comercial, también le pidió que intercediera en la guerra en Ucrania, con la que Pekín se ha movido entre la indefinición y el respaldo a Rusia. Así, Berlín trata de redefinir las relaciones con China ante las críticas internas y en Europa. Los focos están en el Ejecutivo semáforo, que tuvo que cerrar la puerta a la venta de chips a China, y cuyo número dos, el verde Robert Habeck, aseguró que el objetivo es “reducir la dependencia” de Pekín.

Alemania piensa más en sí misma

Todo ello repercute en la Unión Europea. Alemania piensa más en sí misma, y su situación puede contagiar al resto de economías del bloque. Tanto en Berlín como en Bruselas ya se habla de recesión. Además, el país ha alcanzado un récord de 10,4% de inflación, pero prefiere caminar por su cuenta en asuntos capitales. Por ejemplo, el Ejecutivo aprobó en octubre un plan unilateral de 200.000 millones de euros para ayudar a familias y empresas en plena crisis, levantando ampollas en Bruselas y el resto de socios.

Ya entonces Scholz se oponía a poner un tope europeo para el precio del gas, igual que Países Bajos, pues considera que sería “contraproducente” y que ahuyentaría a los proveedores. Sin embargo, en noviembre confirmó que fijaría un precio máximo para el gas y la electricidad en hogares y pequeñas y medianas empresas en Alemania. Antes había presionado para sacar adelante el MidCat, el gasoducto que uniría España con el resto de la UE a través de Francia y que serviría para aliviar los problemas energéticos alemanes. Scholz hizo entonces un frente con España y Portugal para apretar a Emmanuel Macron. Al final la solución será el BarMar, otro tubo que estará centrado en el hidrógeno verde.

Alemania parece dejar en un espejismo aquel respaldo de Merkel al fondo común de recuperación durante la pandemia. Las grandes reformas, que no están en su mejor momento, aún pasan por manos germanas, y ahí llegan los bloqueos: sucede con el límite al precio del gas y está empezando a verse con la reforma de las reglas fiscales. La Comisión Europea ha puesto sobre la mesa planes individualizados para el control del déficit y la deuda de los países, alejándose de la vigilancia genérica que se viene dando hasta ahora. Y Alemania ya ha dicho que no le gusta esa flexibilidad: “Una única unión monetaria necesita reglas fiscales únicas”, avisó el ministro liberal de Finanzas.

El este y el sur pueden dar un paso al frente

Esa vía libre de Berlín también afecta al motor histórico de la Unión Europea: el eje franco-alemán. Las relaciones entre Berlín y París no venían en su mejor momento, en gran parte porque Scholz y Macron chocan en temas como la energía, la defensa o reformas como la gobernanza económica. Pese a que han hecho dupla para mantener contactos con Putin y a la reciente declaración conjunta para promover la industria europea, su visión de la Unión a largo plazo es diferente. El canciller alemán aboga por una mayor integración europea y ha llegado a defender la ampliación hacia los Balcanes, algo que el Elíseo todavía ve excesivo en un sistema en el que prima la unanimidad.

Tal ha sido la fricción que en octubre llegaron a suspender una reunión interministerial. Aunque estos roces son cíclicos, pues ahora la declaración reciente apunta a dejar atrás las tensiones, que Alemania y Francia se enfaden entre ellas es un problema para Europa: si el motor no funciona, el coche no avanza. Además, estas diferencias se han dado cuando la ultraderecha se ha hecho con el poder en Italia y el Gobierno ultraconservador polaco marca el ritmo en el discurso europeo frente a Rusia. 

El espacio que dejen Francia y Alemania lo aprovecharán otros. En muchos casos serán menos europeístas. Pero ese cambio de contrapesos también puede ser una oportunidad para países más pequeños, como los Bálticos, o ubicar a los del sur, que tienen mejor posición a nivel energético, en la primera línea de las decisiones. Esto sería otra lección para Alemania, pues España, Portugal, Francia o incluso Italia llaman a soluciones comunes, es decir, a la solidaridad que Berlín no prestó en 2008 a los mal llamados “PIGS”. 

Emilio Ordiz

Entre Asturias y Madrid. Periodista. Máster en Unión Europea. Especializado en el estudio de los populismos y los discursos euroescépticos. Me interesa la integración europea, el Estado de derecho y la geopolítica. Con un ojo puesto en los Balcanes.