La música en la Unión Europea siempre ha sonado al ritmo que marcaba Alemania, pero los instrumentos han empezado a desafinar. La invasión rusa de Ucrania ha dejado al descubierto las dependencias germanas de una política exterior construida a través de amiguismos, ambigüedades y concesiones, en particular con Rusia. Ese mensaje se instaló en las últimas décadas primero con el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, amigo de Vladímir Putin, después con Angela Merkel, que se presentaba en Moscú hablando ruso, y ahora con el Gobierno progresista de Olaf Scholz, que tiene que apagar fuegos.
Pero el problema va más allá: Alemania depende tanto del gas ruso como de los negocios con China, tropezando dos veces con la misma piedra. Mientras Berlín ahora trata de esquivar una crisis, los riesgos sobre la economía del país hacen temer el efecto contagio en Europa. Y con uno de los motores de la Unión en problemas, los contrapesos dentro de los Veintisiete están cambiando.
Rusia y ahora también China
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