La música en la Unión Europea siempre ha sonado al ritmo que marcaba Alemania, pero los instrumentos han empezado a desafinar. La invasión rusa de Ucrania ha dejado al descubierto las dependencias germanas de una política exterior construida a través de amiguismos, ambigüedades y concesiones, en particular con Rusia. Ese mensaje se instaló en las últimas décadas primero con el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, amigo de Vladímir Putin, después con Angela Merkel, que se presentaba en Moscú hablando ruso, y ahora con el Gobierno progresista de Olaf Scholz, que tiene que apagar fuegos.
Pero el problema va más allá: Alemania depende tanto del gas ruso como de los negocios con China, tropezando dos veces con la misma piedra. Mientras Berlín ahora trata de esquivar una crisis, los riesgos sobre la economía del país hacen temer el efecto contagio en Europa. Y con uno de los motores de la Unión en problemas, los contrapesos dentro de los Veintisiete están cambiando.
Rusia y ahora también China
Putin decidió invadir Ucrania y a Alemania empezaron a vérsele las costuras. Unos días antes, como respuesta a los movimientos rusos, el Gobierno germano había paralizado la certificación del gasoducto Nord Stream 2, estandarte de la dependencia energética. Scholz daba entonces un paso antes inimaginable, pero ahora ha reducido los vínculos energéticos de Alemania con Rusia del 55% al 26%. Sin embargo, los vaivenes del Ejecutivo tanto con las sanciones a Moscú como al envío de armas a Ucrania provocaron incluso que el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se negase a recibir al presidente germano en Kiev en los primeros meses de la guerra.
Cómo un acuerdo entre Alemania y la URSS hizo a Europa depender del gas ruso
Esa dependencia alemana tiene a un lado a Rusia, pero en el otro a China. El alto representante europeo, Josep Borrell, avisó que se había acabado la época de relaciones energéticas con Moscú y comerciales con Pekín, incluso pese...