“Triunfar en la vida no es ganar, triunfar en la vida es levantarse cada vez que uno cae”, fue la despedida como senador del expresidente de Uruguay, José Mujica, en octubre de 2020. Pronunció esas palabras en uno de los muchos discursos que le han convertido en una figura carismática y que siempre atraen la atención de los medios. Sus críticas al consumismo, su modo de vida austero y su estilo directo y sencillo han hecho de Mujica un símbolo, un político “diferente”: un presidente filósofo, representante de unos ideales casi inalcanzables. Pero más allá de los discursos humanistas popularizados en la prensa internacional, hubo una gestión con matices y algunos errores, de grandes avances sociales y encabezada por uno de los líderes más importantes de la izquierda latinoamericana de este siglo.
Un presidente diferente
La mitificación de Pepe Mujica se construyó en los medios de comunicación durante los años de su presidencia, entre 2010 y 2015. Su popularidad internacional tuvo que ver, primero, con su estilo de vida. Mujica era visto como un hombre sencillo que renunciaba a la opulencia habitual en la mayoría de políticos. Vestía con ropa sencilla; vivía en una casa vieja a las afueras de la capital, Montevideo, en vez de en la residencia presidencial; renunciaba a la mayor parte de su sueldo; trabajaba en el campo; cultivaba su comida y conducía un antiguo Volkswagen.
Esta imagen de político sencillo, unida a su bagaje filosófico, le convirtieron en una referencia humanista. Su estilo de vida y sus ideas socialistas, en contra del capitalismo desenfrenado y el consumismo masivo, atrajeron a medios de comunicación extranjeros como The New York Times, BBC o El País, que insistían en que Mujica era una rareza dentro de la política. Se le empezó a llamar “el presidente más pobre del mundo” o “un presidente diferente”. No extraña, por tanto, que muchos reportajes sobre él se centraran en su estilo de vida y no tanto en su gestión ejecutiva.
Con todo, en Uruguay ...